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Alguien tiene que decirlo

Si creen que el electorado de izquierda se va a movilizar masivamente para decidir quién tuvo más culpa en el no acuerdo, conocen más bien poco a sus votantes. Según el CIS, la participación caería entre cuatro y cinco puntos

Escuchar a los mismos que en abril fiaban la derrota de la derecha a su división a tres bandas entusiasmarse con las posibilidades de una victoria de la izquierda si también se divide a tres bandas, solo puede conducir a la desesperanza matemática

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Pablo Iglesias y Pedro Sánchez

Pablo Iglesias y Pedro Sánchez

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias pueden estar completamente seguros de una cosa: sus electores no votaron esto que está pasando, menos aún lo que amenaza con pasar. Menos esta certeza absoluta, todo lo demás es relativo. A partir de ahí, deberían pensar con cuidado sus pasos.

¿Tiene razón Pedro Sánchez al reclamar que el presidente tiene derecho a elegir a los miembros de su gabinete y que han de ser personas de su confianza, que entiendan las renuncias y compromisos que se contraen al formar parte de un gobierno? Sin duda. ¿Tiene razón Pablo Iglesias al demandar que en un gobierno de coalición no debe haber vetos y ambas partes deben tener un margen de autonomía suficiente para tomar sus decisiones? Por supuesto que sí. Pero esto no va de tener razón, va de llegar a acuerdos y compromisos entre razones diferentes. Además, ninguno de esos argumentos constituye realmente un problema que ya se esté produciendo en la realidad del Gobierno. Solo son excusas.

Si ambos creen que ir a una repetición de elecciones ofrece un resultado preferible a comprometerse con el otro y llegar a un acuerdo que no satisfaga a ninguno pero cumpla las expectativas de sus votantes, alguien tiene que decirles que se equivocan y que cometerían un error de dimensiones catastróficas. 

Si creen que el electorado de izquierda se va a movilizar masivamente para decidir quién tuvo más culpa en el no acuerdo, conocen más bien poco a sus votantes. Según el CIS, la participación caería entre cuatro y cinco puntos. Y eso sin ni siquiera haber convocado los comicios, sin que se haya generalizado la agresividad infantil que ya soportas en la redes cuando no gritas como un 'fanboy' a favor de uno o de otro. Imagínense el hartazgo de ese votante tras tres meses de aguantar que unos le llamen marqués de Galapagar y otros le acusen de lameculos del IBEX35.

No sería tampoco problema menor el relato para competir en una campaña donde nadie en la izquierda podría pedir el voto para parar a la derecha porque, en realidad, la izquierda ya se habría parado ella solita. Escuchar a los mismos que en abril fiaban la derrota de la derecha a su división a tres bandas entusiasmarse ahora con las posibilidades de una victoria de la izquierda si también se divide a tres bandas, solo puede conducir a la desesperanza matemática. 

Que los socialistas se consuelen ahora soñando con la posibilidad de que puedan forzar una abstención de la derecha en septiembre solo demuestra una cosa: en España, la izquierda se traga cándidamente cualquier cosa que le lanza la derecha para tenerla entretenida mientras ella se ocupa de las cosas realmente importantes; incluso esta fantasía abstencionista, que solo tiene como objetivo intoxicar el acuerdo de la izquierda y asegurar una repetición electoral donde la derecha sería la única beneficiaria. Alguien tenía que decirlo.

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