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Ay, Albert

Destruir para rehacer es un negocio, una locura de la derecha, un mordisco del capitalismo extremo y una estupidez

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Albert Rivera negociará los PGE para 2018, pero mantendrá sus exigencias de regeneración e impulsará una reforma laboral

Quién te ha visto y quién te ve. No quiero hacer leña del árbol caído, pero sí pensar que hay modos que al final fracasan. Que la gente es mucho más inteligente de lo que a veces parecen pensar ciertos políticos y políticas. Que se imponen el sentido común y la convivencia. Que la ciudadanía somos una muestra de que a pesar de todo, de todo, tendemos todos a la vida: a cuidarnos las unas a los otros y salvar la sociedad que habitamos. Si no fuera así, todo habría desaparecido hace tiempo. Que los depredadores encuentran siempre su límite. Y que todas las personas que reman a favor del bien común acaban siendo mayoría. No es ingenuidad, es una evidencia: seguimos vivas, vivos. Y no, no estoy exagerando. Destruir para rehacer es un negocio, una locura de la derecha, un mordisco del capitalismo extremo y una estupidez. Pero no es un movimiento que nos salve. Y sabemos que salvarnos es hacer lo que es mejor para todas, para todos.

Crear cizaña es la antítesis. Tratar a las personas como si no supieran trabajar por ese bien común es la antítesis. Chillar, gritar, aparentar, amenazar, hacerse el indignado, escandalizarse y escandalizar, aprovechar cualquier derrota ajena para subir escalones, no compadecerse ni acompañar, herir (gratuitamente herir), odiar, es la antítesis. En tu partido sois muchos, muchas. Y estoy segura (y me consta) que hay en sus filas gente honesta, rigurosa y convencida de que está trabajando por algo con lo que yo no empatizo pero que comprendo que haya quien lo defienda (sí, lo comprendemos, no nos ofende que no pensemos igual). Del mismo modo, todas las personas que os votan son diversas. Siempre he defendido no crear perfiles exangües de candidatos, candidatas ni votantes. No me parece absurdo votar a Ciudadanos aunque yo no lo haría. Y quiero a muchas personas que han confiado en vosotras, en vosotros. He leído algunos de vuestros programas e incluso he encontrado en ellos cosas con las que coincido y que celebraría que se implantaran. No, no me parecéis unos locos de la derecha ni unos intransigentes sin criterio. O, cuando menos, no todas y todos vosotros.

Pero lo que más se te ha criticado a ti y a Inés Arrimadas es cada vez más extensible a tu partido. Parece que celebréis la confrontación, la exasperación, la falta de respeto y los modos tajantes tan poco civilizados en tantos sentidos. Tan incongruentes con el comportamiento demócrata, incluyente y transversal. Tan, tan agotador.

Te lo contaré con una anécdota personal que, curiosamente, te compete. Yo fui víctima del bullying y voy muy a menudo a hablar con alumnas y alumnos de diversas escuelas. Víctimas y acosadores. Y también con familias, comunidad educativa y agentes involucrados en la detección y prevención del bullying. Por alguna razón, que supongo tiene que ver con la cantidad de veces que hemos votado en estos últimos años en Catalunya y en el resto del Estado español, hoy en las escuelas se habla mucho de la clase política. Y aunque no deje de sorprenderme muchas personas me preguntan qué políticas o políticos creo que han hecho o padecido bullying. Siempre respondo que es imposible saberlo, que padecer o cometer bullying no es un destino, que las niñas, niños y adolescentes que han hecho daño a otros y otras en las escuelas no tienen por qué mantener este comportamiento el resto de sus vidas. Y quienes lo hemos padecido, tampoco. Y te parecerá absurdo (a mí siempre me lo parece, aunque curioso), pero todo el mundo me acaba preguntando por ti. Si creo que hacías bullying en la escuela. Y siempre digo que no tengo ni una sola pista para poder contestar a algo así. Entonces me dicen que tal vez lo padeciste, que por eso ahora estás "devolviendo el golpe". Y de nuevo les digo que sigo sin tener un solo motivo para creer algo así. Pero me lo han preguntado tanto, tu actitud pública ha sido tan acosadora e intimidante, que muchas personas están convencidas que algo tuviste que ver con el acoso escolar. Me ha sucedido tanto y he defendido tanto que tu juventud, de la que no sé absolutamente nada, no tiene nada que ver con tu presente, del que solo sé lo que es público, que tengo la sensación de haber hablado de ti muchas veces. Hasta que finalmente encontré gente que había estudiado contigo y personas relacionadas con tu etapa escolar que me confirmaron que no, que ni hacías ni padecías bullying.

Dicho esto (y lo celebro), he pensado entonces por qué tanta gente me pregunta por ti. Por qué confunden tu actitud con el acoso, por qué les pareces más bullicioso que resolutivo, más broncas que conciliador, más bully que político. Así que he pensado en decírtelo. Decirte que: ay Albert, lo que parecía una actitud que vendía y generaba titulares se está convirtiendo en una percepción no solo sobre ti y en segundo lugar sobre Inés Arrimadas, sino ahora ya sobre tu partido y todas las decisiones que has tomado pensando no en el bien común sino en esta necesidad de destacar. Conozco a los acosadores, muy de cerca, y los he estudiado durante años. Sé que finalmente se avergüenzan y la sociedad no los alaba. Y eso es exactamente lo que le está ocurriendo a tu partido. Y ya era hora. Porque todas las personas que conozco que os votan tampoco se sienten representadas por esta nueva manera de atacar en lugar de conciliar, de arañar antes de respirar.

Ay, Albert. Creo que sería momento que escucharas qué tienen que decir sobre todo esto las personas que te han votado y las que no, preocuparte por esta percepción que generas, dejar de generar conflictos donde no los hay y escuchar, callar, respetar. Es la única manera en que se detiene la violencia relacionada con el acoso. Y es la única manera en que alguien puede demostrar genuinamente que sí, que forma parte de un grupo, aula, sociedad o partido. ¿Serás suficientemente político para hacerlo? ¿O seguirás, seguiréis, en esta especie de huida hacia adelante desesperada y sin sentido? Ay Albert, piénsalo dos veces.

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