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Hasta la coronilla del virus

El miedo es libre, repetirán muchos. El miedo será libre pero quienes lo sienten no pueden serlo. Ni libres ni racionales. El miedo nos vuelve prehistóricos por mucha mascarilla que nos pongamos

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Aumentan a 9 los muertos por coronavirus de China, con 440 casos confirmados

“Como un virus

que se extiende

why se contagia de tumor a suspiro

como un hongo

crece sin mi permiso

why desarmado dejo que me envenene”

Virus. Héroes del Silencio

Si el virus entrara en mi organismo, yo sí correría riesgo de cascarla.

Necesito tener mi sistema inmune bajo para evitar que un cierto tipo de leucocito me mate. Claro que para conseguir eso, desgraciadamente, tengo todos ellos en niveles anormalmente bajos. Disfruto, es coña, desde hace doce años una enfermedad rara autoinmune de riesgo vital. Ya saben.

Lo digo sólo para que interpreten bien todo lo que voy a decirles a continuación. No se trata de que no sea consciente del riesgo sino, por el contrario, de que sí lo soy. Soy consciente de quiénes corremos riesgo y también de que estamos seguros en este momento. Por eso estoy hasta la coronilla de la inflamación del riesgo, de la viralización de los bulos y de la hipertrofia informativa. Yo sí podría tener severas complicaciones y hasta morir por el coronavirus, no así la inmensa mayoría de mis lectores o de mis vecinos o conciudadanos, y eso no me impide reflexionar con frialdad sobre la estúpida psicosis que parece haber cundido en algunos.

Yo podría morir, un anciano podría morir, un enfermo oncológico podría morir, un asmático grave podría morir... para qué seguir si ya lo saben. Los demás, no. Los demás que sepamos sólo se arriesgarían -y fíjense el tiempo verbal que uso- a pasar unos cuantos días chungos. Muchos de los que andan haciendo o diciendo gilipolleces, la mayoría, se podrían convertir en vectores de riesgo para mi y para todos los grupos de riesgo pero sin correrlo ellos mismos. Entiendan, como entiendo yo, que no es buena idea dejar que un virus para el que no tenemos vacuna, campe a sus anchas. No se puede consentir porque los grupos de riesgo estarían vendidos y porque económicamente las pérdidas producidas por un número elevado de ciudadanos que se tuvieran que quedar en la cama varios días sería grande. Punto y no hay más.

Lo cierto es que en el centro de Madrid no quedan mascarillas ni gel desinfectante. Esto es extrapolable al resto del territorio. No los hay ni para aquellos que los necesitamos el resto del año. La estupidez y la frivolidad de muchos va a terminar por perjudicar a personas reales, pero no por culpa del coronavirus de marras, sino porque van a privarles de cosas que nosotros normalemente ya necesitamos. Los que están comprando, no. Ahora mismo nadie necesita en Madrid ni en ninguna otra parte de España mascarillas. Esas que, estoy segura, no se ponen cuando es necesario, o sea, cuando son ellos los que tienen carga viral y deberían ocuparse de no expandirla.

El número de los tontos es asimilable al de los granos de arena de una playa. Sólo hay que echar un vistazo a las cuestiones que la OMS se ha visto obligada a desmentir en su página. Desde que la cocaína no cura el virus -¡hay listos para todo!- a que la orina infantil no frena el contagio o que frotarse con aceite de sésamo, cloro o alcohol el cuerpo no arregla nada. ¡Las generaciones de la instrucción obligatoria! ¡Jesús, María eta José! Y no, insisten, el coronavirus no puede trasladarse a largas distancias por el aire. ¿Volando? ¿Con capa de super virus? Sería chulo si fuera El Mundo Today pero cuando el organismo internacional lo incluye en su web es porque la extensión de la credulidad en tales supercherías, que el más mínimo sentido crítico y conocimiento práctico anularía, está bastante extendido.

El miedo es libre, repetirán muchos. El miedo será libre pero quienes lo sienten no pueden serlo. Ni libres ni racionales. El miedo nos vuelve prehistóricos por mucha mascarilla que nos pongamos. Es esta la sociedad de las emociones, que no son lo mismo que los sentimientos. No creo que nadie esté angustiado realmente, eso es un sentimiento, sino que hay masas que se dejan llevar por las emociones que les impactan desde las redes sociales, o las cadenas de mensajes o los comentarios sin fundamento de los vecinos o familiares. Vivimos a golpe de emoción y eso no es una fortaleza sino una debilidad.

Luego está el goteo. Un afectado,dos afectados, tres afectados. A falta de fallecimientos patrios los importamos de Italia o Francia. Un muerto, dos muertos, tres muertos. La información es necesaria y el periodismo debe darla, desde luego, pero cumpliendo más que nunca los protocolos profesionales y éticos. Informar es dar datos pero también contextualizarlos y, fíjense bien, valorar y ponderar su importancia para decidir el espacio o el tiempo que es conveniente otorgarles. Esa jerarquización de la información es quizá una de las tareas más propias y más importantes que debe realizar un periodista.

En la campaña anterior de gripe común - para la que existe vacuna pero cuyos síntomas son muy similares- murieron en España cerca de 7.000 personas de grupos de riesgo y en la inmediatamente anterior 15.000. ¿Se imaginan ese desgranar de víctimas mortales una a una en cada informativo, en cada programa, en cada tuit, que efecto tendría? Sin embargo, siendo la cifra importante no causa alarma, incluso hay problemas para que la gente se vacune, porque no se siente el temor y porque se tiene la conciencia de que a uno no le va a tocar y si le toca, las probabilidades de que le provoque la muerte son muy bajas, por no decir inexistentes. Por eso echo de menos que insistamos en el porcentaje de curación del nuevo coronavirus que es inmensamente alto. Cualquiera que no pertenezca a un grupo de riesgo tiene ahora mismo casi nulas probabilidades de contraerlo y, desde luego, más nulas de morir por ello.

¿Le quedan mascarillas?

Luego están los conspiranoicos-paranoicos. Esos de la información que nos ocultan o del virus de laboratorio creado y soltado con no se qué extraños fines. Que digo yo que para hacer guerra biológica ya sería mejor diseminar un virus mortífero y fatal y no uno que más del 98% de los casos no hace nada más que incomodar. Se suman a los que tiemblan por cualquier cosa que se les aproxime -ya está aquí, ya ha llegado- pero a los que les resulta indiferente el ébola, hasta que no hay que traer a Madrid a una misionera a la que, según muchos indeseables, había que haber dejado morir fuera. A esos a los que no les importó el repunte de la tuberculosis durante la crisis o que no vacunan a sus hijos del sarampión y ponen en riesgo a todos los demás también.

Estemos tranquilos y esperemos las instrucciones de las autoridades sanitarias. Si estas llegan, cumplámoslas. No molestemos ni importunemos y, sobre todo, no impelamos a los que tienen responsabilidad a hacer cosas para calmar una ansiedad absurda.

Estoy hasta la coronilla del virus de la irracionalidad.

Si lo ven pregúntenle a sus dueños si se han lavado las manos, cuantas veces y si lo han hecho bien. Observen a ver si estornudan o tosen sobre el codo cuando les toca. Hasta ahora son las únicas indicaciones que nos han dado y son de amplio espectro. Sencillas, operativas y racionales. Seguro que no les valen a los asustaditos.

De los que estoy hasta la coronilla es de ellos.

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