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La persecución de Mbaye

A pesar de todas las fronteras que Mame había conseguido cruzar para llegar a España desde Senegal, aún viviendo en Madrid, cada día tenía que saltar una más: la que está instalada en las cabezas de los políticos que hacen las leyes antinmigración. 

Los modelos migratorios laborales de puerta estrecha y las restrictivas condiciones del sistema internacional de asilo reducen las vías legales para la migración a un atolladero del que pocos salen con éxito.

Lo daba a entender Mbaye en su pancarta: no tener papeles no es delito. Y, a pesar de ello, los migrantes en esta situación se sienten criminalizados, tanto por la sociedad, como por el Estado.

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Manifestación en Lavapiés por la muerte del mantero Mame Mbaye

Manifestación en Lavapiés por la muerte del mantero Mame Mbaye

Aunque los detalles de la muerte de Mame Mbaye Ndiaye nos parezcan tan importantes como para debatirlos en Twitter hasta el infinito, en realidad no lo son tanto. Porque, perseguido o no por la policía en la tarde del 15 de de marzo, Mame Mbaye Ndiaye fue perseguido cada día en los más de doce años que llevaba residiendo en España.

A pesar de todas las fronteras que Mame había conseguido cruzar para llegar a España desde Senegal, aún viviendo en Madrid, cada día tenía que saltar una más: la que está instalada en las cabezas de los políticos que hacen las leyes  antinmigración. Es cierto que es una metáfora, pero si quieren puedo darles una que no lo es: cada vez que se hacen identificaciones por perfil racial, se crea un puesto fronterizo en el mismísimo centro de una ciudad. Algo que ha ocurrido con mucha frecuencia en la plaza de Lavapiés, sin ir más lejos.

Ese tipo de lugares de exclusión -lugares de no derechos- es lo que  las investigaciones de la Fundación porCausa denominan no-lugares. De repente, las personas que son retenidas en ese no-lugar se convierten en no-personas, en el sentido de que se les niegan muchos de sus derechos. Así ocurre en los CIE, en Ceuta y Melilla, en los CETI, en los campos de refugiados o en el cuartito del aeropuerto de Barajas convertido en antesala de la expulsión.

Los modelos migratorios laborales de puerta estrecha y las restrictivas condiciones del sistema internacional de asilo reducen las vías legales para la migración a un atolladero del que pocos salen con éxito. Solo una mínima fracción de los que lo solicitan lograrán un visado de trabajo para llegar a Europa legalmente, lo que deja muy pocas opciones a quienes quieren venir a trabajar y a quienes quieren emplearlos aquí.

A falta de una vía segura como son los visados que expiden las embajadas y de otra que no lo es tanto, como las oficinas de asilo en las fronteras, los viajes irregulares marcan la vida de muchas personas migrantes, especialmente las procedentes de África. No solo por el trauma de cruzar el desierto, quizá con traficantes, atravesar el Estrecho en una barca de juguete y saltar una valla peligrosa con cuchillas en el extremo. Una vez en España, en Europa, la vida sin papeles es una no-vida.

Sobrevivir no es delito”, “nadie es ilegal”, “justicia” y “basta ya de acoso policial” eran algunos de los mensajes escritos en la pancarta que Mame Mbaye sostenía en una protesta cuando fue fotografiado, en primera línea de la manifestación, tras la pancarta. Mame era un activista. Militaba en el Sindicato de Manteros y Lateros de Madrid, un colectivo que reclama los derechos de las personas que se dedican a la venta ambulante irregular. Porque, como es lógico, una situación administrativa irregular no puede más que devenir en prácticas laborales también sin regular.

Una de esas fronteras mentales de las que hablábamos más arriba se materializa en la falsa y peligrosa identificación de falta administrativa con criminalidad. Lo daba a entender Mbaye en su pancarta: no tener papeles no es delito. Y, a pesar de ello,  los migrantes en esta situación se sienten criminalizados, tanto por la sociedad, como por el Estado. Lógico, ya que así les hacemos sentir cuando son identificados por la calle, retenidos, encerrados en un CIE, expulsados del país. Esto es el racismo institucional, que se expresa mediante las actuaciones policiales y los abusos de poder. Un producto de una sociedad que con indecencia e insensatez niega los papeles a una persona, como Mbaye, integrada en su comunidad. ¿Qué derecho tienen las instituciones a negar lo que esa comunidad sí le ha otorgado?

En el mapa de la discriminación que cada año dibuja la federación de asociaciones SOS Racismo, las denuncias -que ellos mismos recogen en sus oficinas- calificadas como racismo institucional ocupan el puesto número uno del ranking. Están por delante del racismo social, que es el que provocan los conflictos y las agresiones racistas. Se producen durante los trámites en Extranjería y nacionalidad, así como en el interior de los CIE. Este tipo de discriminación se manifiesta tanto de manera sutil -como la falta de información adecuada-, como de la forma más extrema: la violencia por parte de las fuerzas de seguridad.

Los trabajadores de la manta, es decir, de la venta ilegal en la calle, nunca están tranquilos. Siempre miran a los lados, a lo lejos, con todo preparado para salir corriendo. “Vas con una mochila y te paran porque eres negro”,  nos decía Serigne Mbaye hace cinco años, un amigo de Mbaye con el que compartió viaje en la patera que les llevó a Canarias en 2006. “Todos los días llegamos tarde al trabajo porque te paran. A veces no se cortan nada. Tú preguntas ¿por qué a los demás no? Porque tú eres negro, te dicen claramente”.

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