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Las puertas y las oportunidades

No podemos dividir el mundo entre quienes lo entienden de un lado y quienes lo entienden de otro. Es una categoría que implantó Bush y que permeó nuestro mundo y pareció partirlo en dos

El Gobierno colombiano suspende de nuevo diálogos con un grupo de campesinos

EFE

Decía Gandhi que la paz no es un objetivo sino un camino. Y este camino que nos proponía recorrer nos parece más arduo, a menudo, cuantas más herramientas tenemos para transitarlo. Como si con las herramientas adquiriéramos también la incapacidad para reconocerlas y celebrarlas. O peor aún: como si con las herramientas llegará nuestro derecho a menospreciarlas. No pretendo banalizar la importancia de los problemas sociales del primer mundo, los hay y muchos, pero siempre que hablo de las dificultades y los riesgos de tratar de adquirir herramientas para una mejor construcción social en el tercer mundo hay quien incluso se avergüenza de quejarse desde un país como este. No deberíamos. La culpa es con frecuencia ignorancia y es, sobre todo, soberbia. No sirve.

Lo que sirve siempre es prestar atención. Escucha reparadora, la llaman desde Colombia las activistas y los activistas que trabajan por la paz y el bien común. Es sencillo: sólo se trata de acercarse a una víctima de la violencia social extrema o la exclusión y preguntarle: ¿Cómo está, qué necesita? Ofrecer un café y sentarse a escuchar, a una persona, una comunidad o un país. Una oportunidad que nos perdemos una vez y otra. Es increíble que no nos demos cuenta, es increíble que no entendamos que todas y cada una de las personas que viven en contacto permanente con lo que resulta fundamental saben cosas fundamentales. Y que muchas veces bastaría con aprender a hacerles las preguntas adecuadas en lugar de escuchar avergonzados cómo viven, sonreírles por la calle con conmiseración o atemorizarnos ante su pobreza. No podemos dividir el mundo entre quienes lo entienden de un lado y quienes lo entienden de otro.

Esta es una categoría que implantó George Bush inmediatamente después de que cayeran, derribaran o lucraran con la caída de las Torres Gemelas. Cuando salió frente a todas las cámaras de televisión del mundo para hacernos una pregunta… bueno, inmediatamente no. Tardó unas horas en las que pareció no pensar en nada mientras en una escuela primaria una maestra leía, a su lado, un cuento. Walter Benjamin hubiera dicho que tal vez porque, como él, había entendido que la literatura es una forma de sanar el cuerpo. Pero no. Porque cuando salió de aquel trance, subió al Air Force One y viajó a algún lugar que nos dijeron que era seguro para dirigirse a su nación y al mundo, nos preguntó mirándonos a los ojos: Es momento de elegir, ¿están conmigo o están contra mí? La respuesta masiva fue vergonzante: Contigo. Porque ninguna de nosotras, ninguno de nosotros quería quedarse en un costado del mundo amenazado por un gobierno tan impune y poderoso. Y aquella división, que no era la que bautizaron desde los países ricos como Guerra del Mal y que tampoco tiene que ver con la simpleza de las derechas y las izquierdas, aquella división, digo, permeó nuestro mundo hasta hoy y pareció partirlo en dos. De este lado, los que nos quedamos donde creíamos estar más seguros, parece que elegimos fijarnos desde entonces en un solo costado del mundo. Del otro, a veces parece que también. Y así nos hemos ido alejando. Pobreza de riqueza, tercer mundo del primero, occidente de oriente y de las comunidades indígenas de todo el planeta.

No sólo porque tengamos recursos diferentes, sino porque valoramos, sobre todo porque valoramos los recursos de maneras muy distintas. Aquí parecemos habernos acostumbrado a defender lo que no tenemos y olvidar lo que sí hemos conseguido. Como si lo diéramos por hecho, aunque los derechos de los que gozamos no sean radicalmente nuestros. Han caído en este lado. Desde el otro, tantas oportunidades, tantas herramientas y tantos recursos parecen inconcebibles. O como me lo resumió el otro día mi amigo Félix desde Managua: Yo imagino el primer mundo como un lugar con muchas puertas. Las tenemos, muchísimas. ¿Dejamos de quejarnos por su color, medida, tamaño, alineación exacta y las abrimos? ¿De acusar a quien haya modificado algún detalle? ¿Esperamos a que haya otras puertas en otros lugares del mundo para perfeccionar las nuestras? ¿Trabajamos de manera conjunta para mejorarlas? ¿Usamos las herramientas que sí tenemos para que cierren y abran con precisión? Hagámoslo, dale. Es más justo. Y quizás así nos despejemos un poco y veamos todo lo que sí. Y tal vez, tal vez y con suerte, podamos también enfocarnos en lo que no para tratar de construirlo. Tenemos con qué. Y sabemos hacerlo. Juntas, juntos.

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