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Los roscos de Prada

Alfredo Prada se ha convertido en el hombre paradoja de Casado: fue admitido en el reino de Génova ni más ni menos que como jefe de la Anticorrupción pepera

El megalómano proyecto de la Ciudad de la Justicia no parecía el más adecuado y presentaba muchas dudas sobre su ubicación, funcionalidad y financiación real

Sólo se construyó un edificio que hoy resulta un muerto en un naufragio en medio de un terreno inmenso: el Anatómico Forense

La presidenta madrileña, Esperanza Aguirre, acompañada por el vicepresidente segundo y consejero de Justicia, Alfredo Prada, preside el acto de colocación de la primera piedra del campus de la justicia. Enero de 2007. / madrid.org. /

Esperanza Aguirre acompañada por Alfredo Prada en el acto de colocación de la primera piedra del campus de la justicia, en enero de 2007. madrid.org

“Si quieres esta vida, estas decisiones son necesarias”

El diablo se viste de Prada

La política líquida tiene estas cosas. Acaba declarando como imputado el antaño todopoderoso vicepresidente de Esperanza Aguirre —el otro, no me lo confundan con Nacho— y ya ni abre sección. Creo que lo han enviado a la local de Madrid. Sucede mucho cuando la investigación de una sinvergonzonería afecta a aquellos que ya se da por amortizados. Eso a pesar de que Alfredo Prada se haya convertido en el hombre paradoja de Casado, ya que fue admitido en el reino de Génova ni más ni menos que como jefe de la Anticorrupción pepera.

Ahora que el tiempo ha soplado sobre el aguirrismo, sin alcanzar debajo de las alfombras, debe quedar claro que el proyecto más faraónico planificado por la Comunidad de Madrid no era una ideación de Prada, ¡cómo iba a serlo!, sino el empeño personal de Esperanza Aguirre, que tal vez así esperaba sobresalir en su pugna interna con el tunelador Gallardón en millones de obra entregados a unos y a otros. En aquella época la lucha era entre Alberto y Esperanza, que esperaban ser, y la gresca entre González y Prada que querían llegar.

Todo fue un despropósito desde el inicio. Era difícil no verlo, pero para muchos era más difícil alzar la voz para decirlo. Ni siquiera los jueces cuyos cargos y representantes tenían mil y una pegas sobre las decisiones que estaba tomando Esperanza Aguirre. No era porque no se necesitara, como sigue urgiendo, una solución para las dispersas, indignas y anacrónicas sedes de los cientos de órganos judiciales de Madrid. Eso era y es imprescindible. Era más bien porque el megalómano proyecto no parecía el más adecuado y presentaba muchas dudas sobre su ubicación, funcionalidad y financiación real.

No había cuesta que Aguirre y De Prada no subieran sobre el papel. Nada que a los madrileños no nos fuera a costar un riñón. La primera duda era la ubicación. Nadie quería mudarse a Valdebebas, pero esto podía haber sido un capricho si no se hubiera planteado el problema de transferir un tráfico diario enorme de personas y concentrarlo en un sólo punto. Por ese motivo, el propio decano de los jueces y otras voces, les sugirieron crear varias "ciudades" de la Justicia, una por orden jurisdiccional. Así, le explicaron una y otra vez a los gobernantes del PP, se evitaría esa concentración que podía desestabilizar los flujos de la ciudad. Vean que los abogados penalistas raramente van a un juzgado civil y viceversa. ¿A qué juntarlos a todos? Sobre el argumento, una apisonadora.

Después, llegó el concurso arquitectónico para el diseño de la Ciudad de la Justicia. También nos costó el dinero. Aún estoy viendo al entonces presidente del Tribunal Superior volver de su participación en el jurado para elegir el proyecto. "Ha salido el de los roscos", me dijo un poco desfondado. El proyecto de los roscos planeaba una serie de edificios, todos de planta circular, que tendrían la mano de un arquitecto famoso cada uno. A Foster, cuyo contrato de 11,6 de millones de euros se analiza ahora en la Audiencia Nacional, le correspondieron el del propio Tribunal Superior de Justicia y el de la Audiencia Provincial. Dos roscos muy vistosos. El desaliento de los jueces que se habían intentado oponer a este proyecto tenía sus razones. Una de ellas, y muy poderosa, que como bien me dijo el presidente Casas "los círculos no se puede ampliar". Ellos sabían que cualquier edificio judicial que se diseñara sin posibilidad de "crecer" reproduciría en poco tiempo los problemas que existen en la actualidad.

En el Tribunal Constitucional lo tienen bien claro. Los roscos no eran útiles pero los grandes arquitectos así lo preferían. La funcionalidad no parecía contar demasiado. Los había peores. Uno quería humanizar la Justicia y planteaba una verdadera ciudad de "casitas" de diferentes alturas y diseños en las que se alojaran los órganos judiciales. Seis juzgados aquí, ocho allá y una sección de la Audiencia por el otro lado. "Ya les he dicho que con ese proyecto yo iba a llegar a trabajar porque tengo conductor pero las probabilidades de que ningún ciudadano llegara nunca a encontrar el juzgado que buscaba eran nulas", me contó el presidente que era un gallego listo y coñón.

Daba igual. Valdebebas y los roscos se convirtieron en el plan del siglo que nos iba a costar 500 millones a los madrileños y Foster iba a construir un tribunal en el que las salas de vistas estaban en la última planta sobresaliendo sobre el tejado. "¿Pero a quién se le ha ocurrido poner las salas en la última planta para que todo el público tenga que usar los ascensores y atravesar todo el edificio para subir?", eso también se oía, mas en la Comunidad nadie tenía orejas para nada. Tampoco estaba clara la financiación, que era propia de la burbuja, ya que se basaba en la venta de los edificios judiciales situados en muy buenas calles de Madrid para seguir construyendo casas de lujo.

Nadie quería mudarse a Valdebebas. Tampoco había mucho entusiasmo ni de sindicatos, ni de asociaciones de operadores jurídicos ni, como queda dicho, de los jefes del cotarro. La verdad, a mí tampoco me hacía gracia tener que mudarme a las afueras a trabajar. Mi presidente me alivió de cargas y no se equivocó un milímetro, y eso que el edificio del TSJM iba a ser construido en la primera fase, "no te preocupes, me jubilaré yo, te irás tu y nadie se habrá mudado a Valdebebas". O era un vidente o tenía muchas horas de vuelo para saber que aquello hacía muchas aguas.

Sólo se construyó un edificio que hoy resulta un muerto en un naufragio en medio de un terreno inmenso. Nunca mejor dicho, es el Anatómico Forense, cuesta un huevo mantenerlo y ¿a quién le vas a vender o qué uso le vas a dar a un edificio lleno de cámaras frigoríficas y sala de disección? Entre tanto hubo muchas comidas, maquetas, libros, presentaciones y fanfarria. Dinero de los madrileños. Una visa que a De Prada le echaba además humo, con 24.000 euros en viajes y comidas. Hoy todo se describe más fácil: malversación, prevaricación, tráfico de influencias, delitos societarios. Eso es lo que investiga el juez. Mientras, la Justicia de Madrid sigue agonizando. Cosas de buenos gestores.

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