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Las trabajadoras y la cooperación

La única manera de que una conversación sea comunicativamente eficaz es, por tanto, que nuestro interlocutor no se empeñe en coger el rábano por las hojas y que ponga de su parte para que podamos entendernos

Una empresa aceitera de Córdoba paga atrasos solo a sus trabajadores hombres

Una empresa aceitera de Córdoba paga atrasos solo a sus trabajadores hombres EFE

Hace unas semanas, saltaba a los medios el caso de una empresa aceitera de Córdoba que se negaba a pagar atrasos a sus trabajadoras tras una subida salarial por convenio, alegando que el convenio colectivo "habla de trabajadores pero no de trabajadoras". Tras la denuncia de los sindicatos y el revuelo mediático generado, la empresa se ha comprometido a abonar los atrasos pendientes. El episodio, no obstante, ha suscitado cierta discordia en torno a la necesidad de usar el lenguaje inclusivo y ha dado pie a dos interpretaciones lingüísticas mutuamente excluyentes: por un lado, quienes creen ver en este caso la confirmación definitiva de que el desdoblamiento de género es imprescindible para evitar discriminaciones; por otro, quienes piensan que este caso demuestra que el lenguaje inclusivo es una frivolidad redundante porque en la práctica el masculino sigue siendo el genérico, y así lo entiende cualquier hablante.

Ambas explicaciones resultan un tanto insatisfactorias. Si defendemos que el desdoblamiento de género (“trabajadores y trabajadoras”) es imprescindible porque el término “trabajadores” no incluye a las trabajadoras, de alguna manera estamos dándole la razón a la empresa: indirectamente estamos dando a entender que la discriminación salarial fue lingüísticamente adecuada (aunque fuera éticamente reprobable) porque solo afectaba a los trabajadores varones. Por otro lado, negar todo posible valor al desdoblamiento de género a raíz de la evidente mala fe de una empresa parece excesivo. Entonces, ¿qué falla? La explicación de por qué la excusa de la empresa aceitera para no pagar a sus trabajadoras no es válida hay que buscarla en las máximas cooperativas de Grice.

Las máximas cooperativas de Grice son una serie de principios enunciados por el filósofo Paul Grice que describen el pacto tácito que existe entre los participantes de una conversación y que permite que la comunicación llegue a buen puerto. Básicamente, lo que vienen a decir estas máximas es que, para que una conversación sea eficaz, los hablantes presuponemos que todo lo que nuestro interlocutor nos dice es verdad, que la cantidad que nos da de información es la adecuada para poder entendernos (no más, no menos), que todo lo que nos dice, lo dice porque es relevante y que la manera que tiene de decírnoslo es la idónea (es decir, que no está siendo deliberadamente oscuro o ambiguo para confundirnos). En términos generales, lo que las máximas de Grice enuncian es que en una conversación los participantes ponen de su parte para que la comunicación fluya o, como se dice en términos lingüísticos, que los participantes son cooperativos.

El motivo por el que estos principios son fundamentales en la conversación reside en que, cuando nos expresamos, casi nada de lo que decimos es unívoco o plenamente explícito, sino que está cuajado de ambigüedad, de polisemia o de información implícita que se presupone. La única manera de que una conversación sea comunicativamente eficaz es, por tanto, que nuestro interlocutor no se empeñe en coger el rábano por las hojas y que ponga de su parte para que podamos entendernos.   

Las máximas cooperativas de Grice son lo que explica la frustración que sentimos cuando nuestro interlocutor intenta hacerse el graciosillo y responde con un escueto (e inadecuado) ‘sí’ a la pregunta ‘¿Tienes hora?’; o la risa tonta que nos da cuando en un paquete de nueces se avisa de que (¡oh, sorpresa!) ‘puede contener nueces’. No podemos afirmar que sea mentira lo que estas frases dicen, pero de alguna manera resultan comunicativamente inadecuadas (en un caso por defecto, en otro, por exceso).

Las máximas de Grice, no obstante, no deben entenderse como una serie de prohibiciones o reglas admonitorias sobre cómo se ha de hablar. Es más, son muchas las ocasiones en las que, como emisores, nos saltamos voluntariamente estos principios para maximizar otras prioridades expresivas. Cuando somos sarcásticos, por ejemplo, solemos decir verbalmente lo contrario a lo que estamos queriendo comunicar (incumpliendo así una de las máximas de Grice: “¡Oh, qué ilusión que es lunes!”) y es precisamente esa violación consciente de los principios de Grice la que dota de una fuerza expresiva mayor a un enunciado sarcástico. Pero, para que nuestro sarcasmo sea eficaz, debemos acompañarlo de un tono o un contexto suficientemente evidentes como para que nuestro interlocutor, haciendo un esfuerzo cooperativo, sepa detectar nuestro sarcasmo (de otro modo, simplemente le estaríamos mintiendo). Es decir, incluso cuando vamos a saltarnos a la torera una de las máximas de Grice, debe haber cooperación lingüística entre interlocutores.    

La violación evidente de las máximas de Grice es la que también suele estar detrás de buena parte del humor. Muchos chistes dialogados parten de una ambigüedad lingüística y de un interlocutor que no es cooperativo y que coge por el lado que no es lo que el emisor ha dicho. Así, frases que nunca generarían malentendidos entre hablantes competentes dan pie a situaciones que nos hacen gracia porque, como hablantes cooperativos que somos, se salen de lo que esperamos:

Lo que ha ocurrido con la empresa aceitera no es la prueba definitiva de que el lenguaje inclusivo es una memez ni tampoco la demostración de que solo el desdoblamiento constante del género puede evitar este tipo de discriminaciones. Básicamente, lo que la empresa ha hecho a la hora de interpretar el convenio es no ser cooperativa de forma deliberada. Para cualquier hablante competente con dos dedos de frente, la subida en el convenio incluía indudablemente al total de los trabajadores. Pero la empresa decidió pasarse por el forro las máximas cooperativas de Grice que rigen toda comunicación para hacer una interpretación tramposa y fraudulenta del convenio colectivo y encima querer hacer pasar su interpretación (claramente malintencionada) por correcta. Probablemente, los que dieron semejante excusa creían estar dejando en evidencia a quienes defienden el lenguaje inclusivo (‘jaque mate, feministas’), cuando lo único que demuestra es la incompetencia (no solo lingüística) de quienes tomaron esta decisión.

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