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Obsolescencia moral

Begoña Huertas

Y dijo Steve Jobs: “Si deseáis siempre el producto más reciente y con más aplicaciones, entonces debéis comprar un iPod al menos una vez al año”. Así es. En el mundo de la informática, no solo es habitual fabricar algo nuevo para crear de rebote algo pasado de moda, también lo es fabricar algo programado para estropearse.

Si todavía no has visto el estupendo documental Comprar, tirar, comprar, dirigido por Cosima Dannoritzer (entrevistada por Lilian Neuman para DK), corre a hacerlo. Lo tienes aquí. Mientras vuelvo a verlo pienso en las cosas que no se estropean y que no pasan de moda: los documentales bien hechos, por ejemplo. En este sentido los reportajes son como una tabla de náufrago en el océano del paso del tiempo (perdón por la metáfora), una tabla desde la que poder acceder a otra: ver documentales compulsivamente te permite empezar en Los secretos de la cobra real, por ejemplo, pasar después por Carl Jung: el mundo interior y acabar en La revolución cuántica. Recorres la historia de la humanidad en una tarde (perdón por la hipérbole).

El caso es que saltando del psicoanálisis a los reptiles de sangre fría llegué —no sé cómo. Esto es la Red— a la película The queen of Versailles, de la directora estadounidense Lauren Greenfield. Se trata de un documental sobre David Siegel, el magnate inmobiliario, y su singular esposa Jackeline Salomon, a los que el crash de 2008 sorprendió construyéndose una casa tipo Versalles (en la que tenían, de 3.000 metros cuadrados, no les cabían ya las nuevas compras). La futura casa se inspiraba en el palacio de Versalles, tendría un ala para los niños, una pista de patinaje sobre hielo, un par de spas, tres piscinas, salón de baile, cinco cocinas.

—Jackie ¿es esta tu habitación?

—No, ese es mi armario.

No es un chiste, es un diálogo entre entrevistadora y entrevistada mientras recorren la casa en construcción.

La película no se diferenciaría de otras grabaciones menores en las que famosos o millonarios enseñan sus posesiones si no fuera porque registra el hundimiento de la pareja tras la debacle económica. Sí, como en toda buena obra de ficción, los protagonistas no son los mismos cuando la historia termina. Aquí, el tipo que fanfarronea ante la cámara de haber contribuido a la elección de George Bush con métodos “quizás ilegales”, termina encerrado en un cuartucho gritando que apaguen las luces para no gastar más dinero. Pero además, desde el principio, la mirada inteligente tras la cámara sabe dónde enfocar o a qué detalle atender. El retrato de los personajes no se construye con los grandes rasgos fácilmente caricaturizables sino con los pequeños detalles y los gestos casi inadvertidos (esa incomodidad del hombre porque los sesenta kilos de su mujer sentada encima le están machacando las piernas). El filme muestra el hundimiento moral, la decrepitud que ningún objeto por muy ostentoso y dorado que sea puede ocultar: en el salón versallesco un lagarto se ha muerto por falta de alimento y empieza a descomponerse, los cadáveres de los peces flotan en el agua sucia de una pecera y los excrementos de perro se encuentran diseminados sobre todas las alfombras carísimas. La suciedad y la desidia van minando a unos personajes que dan vueltas en su propio hastío, en su propia locura. El conjunto es grotesco. El espectador no da crédito, y es tanta la retahíla de despropósitos que cuesta destacar uno.

En el documental Comprar tirar comprar compartíamos con el protagonista la desesperación de quien ha manejado alguna vez una impresora, esos artefactos que antes de obedecer al botón cancelar imprimen dieciocho páginas para luego romperse. En The queen of Versailles estamos a otro nivel. Aquí da igual que las cosas se rompan o no, el mecanismo va más allá de eso, se compra en cualquier caso, de todo, y compulsivamente. La acumulación por la acumulación es una bulimia consumista en la que sin embargo al final no hay arrepentimiento ni expulsión de lo ingerido. Los ricos no tienen remordimientos ni necesitan excusa. Las decenas de pequeñas bicicletas que se acumulan en el garaje porque no sirven a nadie no provocan ni el mínimo pensamiento. La obsolescencia programada es cosa de las clases medias, la excusa que necesita gran parte de los consumidores para no sentirse culpables. Pero en el universo de The queen of Versailles nadie se siente culpable, ¿por qué iban a hacerlo? Compran como respiran, a un ritmo en el que la obsolescencia programada no puede cumplirse. La obsolescencia no está ya en los objetos sino en ellos mismos. El deterioro es el de los personajes y la descomposición es moral.

(El documental, estrenado este verano en USA, ha ganado varios premios, entre ellos el de mejor dirección en el Sundance Film Festival 2012. También fue elegido por The Guardian como uno de los diez mejores films del 2012. A ver si RTVE se anima a emitirlo.)

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