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El objetivo de la socialdemocracia: progreso sostenible

El éxito de la socialdemocracia, en términos de prosperidad compartida, es el punto de partida a partir del cual Francesc Trillas reivindica este modelo político como el más idóneo para hacer frente a los retos económicos y políticos de la sociedad globalizada

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Los socialdemócratas alemanes rechazan formar un tripartito de izquierdas

El candidato del SPD alemán Peer Steinbrück y el líder del partido, Sigmar Gabriel, en las pasadas elecciones.

En un momento de incertidumbre política y económica, especialmente en Europa, es útil reivindicar la tradición política que ha proporcionado un mayor bienestar a más personas por un periodo de tiempo más largo: la socialdemocracia. Esta reivindicación está incluida en un trabajo reciente realizado por mí mismo junto a Carles Rivera y Javier Asensio para la Fundación Rafael Campalans y la Secretaría de Economía del PSC. Las experiencias de Gobierno socialdemócratas en los países del norte y centro de Europa son las más exitosas de la historia en términos de prosperidad compartida. De acuerdo con las palabras del historiador Tony Judt en su último libro, The memory Chalet, la socialdemocracia no es sólo una lista de políticas del Gobierno, sino también un conjunto de valores que son los mejores para navegar por una sociedad globalizada e incierta. Parece una paradoja que las organizaciones socialdemócratas tengan dificultades electorales en muchos países, a la vez que las alternativas (el capitalismo desrregulado, el comunismo) han suspendido claramente el test de la práctica de Gobierno.

La reivindicación de la socialdemocracia también se encuentra en los documentos aprobados por la Conferencia Política del PSOE del pasado fin de semana, con una apuesta clara por el reformismo igualitarista, que debe ser motivo de celebración. A mi juicio, esta apuesta debería complementarse con una reflexión autocrítica sobre por qué el socialismo español fue incapaz en su última etapa de Gobierno de plantear y dar continuidad a un proyecto de progreso sostenible al no frenar la “enfermedad holandesa” asociada al boom de la construcción, apostar por decisiones fiscales regresivas y verse obligado a abrazar acríticamente las propuestas que venían impuestas desde fuera por los mercados financieros (que eran los causantes en primer lugar de la crisis financiera global).

El modelo socialdemócrata de prosperidad compartida significa que los altos impuestos con un Estado universal de bienestar se combinan con un Gobierno limpio, un crecimiento ambientalmente sostenible, una educación pública excelente y una voluntad de introducir reformas cuando hay crisis, manteniendo los aspectos esenciales del modelo. Estas características son compatibles con mercados abiertos y la existencia de grandes y eficientes empresas privadas (pero no, con la colusión entre ellas y de la clase política con sus dirigentes). Los países que se han mantenido fieles a este modelo son hoy en día los más estables y prósperos del mundo. No son el paraíso, no están libres de problemas, pero cualquier persona que dedique su tiempo a dar sugerencias sobre la manera de salir de una crisis debe partir de este punto de referencia.

La preocupación por el igualitarismo no sólo debe ser por una medida estática de equidad en el ingreso. Debe ser una preocupación por la herencia de las desigualdades, la falta de movilidad social y la muy alta correlación entre los ingresos de los padres y la renta de los hijos. También debe ser una preocupación por la desigualdad en el acceso al poder y en el acceso a posiciones contractuales discretas (débil o fuerte, “principal” o agente) que vienen determinadas por el acceso a la riqueza.

Esto significa que los socialdemócratas no deben ser vistos, como los están, del lado de los poderosos, sino como los que dan esperanza a los más vulnerables. Pero esta esperanza ha de ser sostenible en el tiempo (por ejemplo, evitando la "enfermedad holandesa", mencionada anteriormente, cuando hay aumentos repentinos en el valor de los recursos naturales u otros activos), debería traducirse en políticas programáticas que den lugar a inversiones a largo plazo en capital humano y físico, y en  innovaciones que conduzcan a mejoras en productividad.

Los socialdemócratas reconocen el poder de los mercados para producir eficiencia e innovación en muchos casos. Pero también reconocen los límites de los mercados en muchos casos en los que la toma de decisiones individuales no internaliza muchos efectos sobre los demás, y en los que los resultados no son justos desde el punto de vista de la justicia social. La acción colectiva debe entonces complementar a los mercados en la solución de los problemas de propiedad común, que son omnipresentes en la economía mundial y en las industrias que son intensivas en información (un bien colectivo).

El Estado debe ser adaptado al tamaño real de los mercados. Cada vez más, los mercados de trabajo, de producto y de capital son internacionales, mientras que los instrumentos del Estado siguen siendo nacionales. Hay una discrepancia de tamaños que se debe corregir, ya sea por contracción de los mercados o por ampliación de los Estados. Pero nos enfrentamos al “trilema” de Rodrik: no podemos tener democracia, integración de los mercados y pervivencia de los Estados-nación al mismo tiempo. En Europa, prescindir de los Estados-nación en una rápida transición hacia una Europa federal parece posible y necesario. La socialdemocracia debe mostrar un compromiso claro en este sentido, acompañándolo de una opción clara a favor de un mercado europeo y de un Estado de bienestar europeo con una política democrática europea.

Esta nueva política también ha de ser capaz de comunicarse mejor con los votantes viejos y nuevos mediante la transmisión de emociones y valores de solidaridad y fraternidad. Por supuesto, la política europea no debe ser una excusa para no seguir adelante con políticas a nivel nacional y local, donde las restricciones interjurisdiccionales no sean vinculantes, y hay muchas oportunidades para ello en la educación, las políticas industriales y laborales, entre otras.

Los socialdemócratas no serán percibidos al lado de los que tienen menos poder, a menos que parezcan serios en su trabajo a favor de la regeneración democrática. Partidos políticos más democráticos y modernos y sistemas electorales más transparentes deben formar parte de cualquier plataforma para encontrar un camino intermedio creíble entre la tecnocracia y el populismo. Una regeneración democrática para combatir el populismo y la tecnocracia no es sólo buena política, sino también buena economía: sólo mediante la creación de nuevos instrumentos políticos que se perciban como un bien colectivo a favor de la mayoría, los ciudadanos favorecerán la democracia, y la estabilidad política y programática.

Muchos de los problemas de eficiencia y equidad a los que se enfrenta la sociedad, incluyendo el cambio climático, la pobreza o la inestabilidad financiera mundial, sólo pueden resolverse con una mejor intervención del Estado. Se necesitarán elevados impuestos para que el riesgo involucrado en los mercados integrados sea aceptable. Como se puede ver en el siguiente gráfico, el nivel de ingresos impositivos sobre el PIB en algunos países europeos, como España, es claramente insuficiente en comparación con los países que han aplicado modelos socialdemócratas más ambiciosos.

Los socialdemócratas deben tratar de trasladar la curva de Laffer a la derecha, en el sentido de hacer que las altas tasas de impuestos sean económicamente sostenibles. Esto se puede lograr mediante persuasión cultural que facilite el cumplimiento tributario, armonización impositiva entre jurisdicciones y reducción de otras distorsiones en la economía que aumentan los costes en términos de eficiencia de la tributación.

Ingresos Impositivos 2011

Un crecimiento económico más equitativo y respetuoso con el medio ambiente será más sostenible que aquel que se basa en una economía de laissez faire. Pero el foco no ha de estar en el crecimiento sostenible en sí, sino en el progreso sostenible, para lo cual el crecimiento es probablemente una condición necesaria pero no suficiente. El progreso debe ser sostenible desde el punto de vista político y ambiental. Las políticas no deberían ser recetas a corto plazo para ganar las próximas elecciones, sino estrategias a medio y largo plazo que sean verificables y compatibles con decir la verdad a la gente cuando ciertos logros no sean accesibles o deban posponerse.

Sólo se logrará el progreso sostenible con una estrategia global para luchar contra el desempleo en un contexto globalizado. Esto significa que las políticas de inmigración deben ser coordinadas a nivel internacional con objetivos de medio a largo plazo en términos de flujos y el desarrollo económico de los países de origen. Los mercados de trabajo más flexibles deben combinarse con instituciones que proporcionen seguridad a los trabajadores y que permitan la participación de los trabajadores en la gestión y el control de las empresas. Las empresas han de ser conscientes de su dimensión social y comprometerse a alcanzar objetivos más amplios que la maximización del beneficio, siguiendo las sugerencias de Mayer. Esto contribuirá en gran medida a cometidos tales como la eliminación de la corrupción, la lucha contra el cambio climático, la mejora de las colaboraciones público-privadas o la regulación pública.

Una población de más edad y la enfermedad de costes de Baumol en el sector público sugieren la necesidad de más recursos para objetivos públicos. Más recursos sólo se pueden encontrar si la productividad del conjunto de la economía sigue aumentando a niveles significativos. Una tercera revolución industrial basada en energías limpias con una fuerte intervención de un Estado renovado (como se argumenta en Répenser l'État de Aghion, siendo consistente con las reflexiones de Robert C. Allen en Global Economic History: a very short introduction, según las cuales el desarrollo económico suele ir asociado a la intervención del Estado) puede hacer posible Estados de bienestar universales, no necesariamente gratuitos, junto con una garantía de ingresos mínimos. Este debe ser el horizonte de una socialdemocracia comprometida con el progreso sostenible.

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