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Las otras cuestas de enero

"Nuestra protagonista lleva tiempo organizando con otros familiares de internos el viaje. Tienen pensado viajar en autobús y después coger todos juntos un taxi desde el pueblo hasta la cárcel. Pero como ella solamente puede pagar la parte correspondiente a la ida, la vuelta la hará a pie, al fin y al cabo, se dice, son sólo 8 kilómetros".

"Las Administraciones construyen centros penitenciarios alejados de los núcleos urbanos y se excusan en la poca rentabilidad del servicio de transporte para no ofrecerlo".

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Esta historia tiene lugar en el mes de enero. En esa maravillosa época del año llena de buenas intenciones, propósitos de mejora, rebajas, regalos caros e ilusiones baratas. Claro que esa idílica perspectiva no la disfrutan todos.… no al menos la mujer que protagoniza nuestra historia.

Estrella es una madre andaluza de casi 70 años, de pequeña estatura, delgada, alegre y vital, a pesar de la mala vida que le dio su marido hace muchos años, esa mala vida que ninguna mujer debería nunca tener que soportar, y que le dejó alguna que otra secuela física. Pero la sonrisa nunca se borra de su cara porque aquello queda ya muy lejos. Él terminó pagando por sus delitos y salir de aquel calvario hizo que no volviera a perderla nunca más.

Vive en un pequeño piso en un barrio de las afueras de una ciudad del sur. Estrella trabajó toda su vida limpiando casas, verdeando en campos ajenos o haciendo cualquier cosa que le pudiera reportar algo de dinero para mantenerse a ella y su hijo. Ahora, sin trabajo desde hace años, tiene una pensión que no llega a los 300 euros, la mitad de los cuales se le van en pagar una deuda por un incendio que sufrió su casa. Su comida favorita de cada día es una sopa y algo de pasta; y sólo gracias a la ayuda que consigue de un banco de alimentos, de vez en cuando puede permitirse tomar algo diferente. Esos días sí que son fiesta. Con poco más de cien euros al mes, pagar la luz y el agua a veces se le hace muy difícil, por lo que de vez en cuando regresa a aquellas épocas de la niñez en las que las velas iluminaban muchos hogares cuando el sol se apagaba.

La vida de Estrella fue más bien una vida "estrellada", como ella suele decir de vez en cuando tapándose disimuladamente con los dedos su eterna sonrisa de dientes rotos. Su hijo es uno de tantos jóvenes que cayó en la mentira de las drogas y como consecuencia de su adicción ha hecho de la cárcel su segunda casa. Allí pasa ahora una temporada desde hace unos años, en una prisión a unos 80 Kilómetros del domicilio de su madre.

Estrella es de esas madres coraje capaz de ahorrar, a costa de comer sopa cada día, para poder comprar a principio de mes en el mercadillo un chaleco a su hijo y regalárselo en navidades (muchas veces la calefacción no funciona dentro de la prisión), y para ahorrar lo suficiente para poder visitarlo. Es su hijo a quien quiere, a pesar de todo, y al que siempre ayudará para conseguir que algún día tenga una vida digna y normalizada.

Sin servicio público

Este mes de enero frío y desapacible quiere darle una sorpresa, porque hace algunos meses que no puede visitarlo. No hay ningún servicio público de trasporte desde su cuidad a la prisión y su maltrecha economía no puede hacer milagros. Existe un autobús que llega hasta el pueblo en cuyo término municipal se encuentra el centro penitenciario, pero nada que le acerque los 8 kilómetros que separan el pueblo del Centro.

Nuestra protagonista lleva tiempo organizando con otros familiares de internos el viaje. Tienen pensado viajar en autobús y después coger todos juntos un taxi desde el pueblo hasta la cárcel. Pero como ella solamente puede pagar la parte correspondiente a la ida, la vuelta la hará a pie, al fin y al cabo, se dice, son sólo 8 kilómetros; y quizás con suerte alguien al verla caminando trabajosamente por la cuneta se apiade de una mujer anciana y la recoja por la carretera.

Todo este sacrificio, los sinsabores y el hambre se olvidan en un segundo al poder ver la cara y abrazar a su hijo Esteban, más recuperado y con algunos kilos más que cuando entró medio zombi en la prisión, que ese día le devuelve a su hijo por una hora. Ella siempre estará para ayudarlo.

Fotomontaje de APDHA.

Fotomontaje de APDHA.

Estrella y su eterna sonrisa vienen de vuelta. Caminan los ocho kilómetros a oscuras por una carretera sin iluminación; sus casi 70 años pesan mucho en sus débiles piernas y tarda demasiado en llegar al pueblo. Tanto, que pierde el último autobús que le podía acercar a su ciudad. Sin dinero para tomar un taxi, sin dinero para poder pagar una pensión, agotada y con el estómago vacío desde el día anterior, Estrella, feliz a pesar de todo por haber podido llevar el regalo a su hijo, piensa en una solución para pasar la noche y esperar al primer autobús que la devolviera a su casa.

Se acercó al hospital comarcal, fingió estar esperando a algún familiar ingresado y se sentó sin disimulo en la butaca incómoda de la sala de espera. Al momento cerró los ojos pensando en la triste vida de su hijo Esteban y el poco cariño que ella podía llevarle cada varios meses. Y se durmió enseguida, soñando con el día en que algún político con escrúpulos y algo de vergüenza inaugure un autobús municipal que pueda traerla de casa cada vez que quiera ir a visitar a su hijo, y regresarla…

Estrella, esta valiente mujer andaluza, y su historia son reales. Son muchas las familias que pasan por vicisitudes parecidas. Las Administraciones construyen centros penitenciarios alejados de los núcleos urbanos y se excusan en la poca rentabilidad del servicio de transporte para no ofrecerlo, de hecho hay algunos centros a los que no llega ningún servicio público. Las personas con pocos recursos que tienen familiares en prisiones como las de Alcalá de Guadaíra o Morón de la Frontera deben abonar cantidades inasumibles en taxis (entre 50 y 80 €) para poder visitarlos, ya que no existe otra manera de llegar. Y en otros casos, como en Córdoba, Granada o  El Puerto, el servicio con la prisión es tan escaso y descoordinado que no puede ser utilizado por muchos familiares.

"Ni ayudas para los desplazamientos, ni interés político"

De esta manera, las familias con menos recursos económicos no pueden visitar a sus familiares presos o lo hacen de manera muy esporádica. Esta situación provoca no solamente grandes quebrantos en las precarias economías sino un sufrimiento añadido por la falta de relación con el familiar preso. Resulta tremendamente injusto, por ejemplo, que hijos pequeños se vean impedidos de relacionarse con sus padres, por falta de recursos económicos, no existiendo ni ayudas para los desplazamientos, ni interés político por prestar un servicio público suficiente de trasporte a las prisiones andaluzas.

Hay que tener en cuenta que 4/5 partes de las personas presas provienen de barriadas periféricas y ambientes de marginación y la gran mayoría de las familias son pobres. Se produce una ruptura de relaciones familiares y además dificulta la reinserción de la persona presa, la aísla de su entorno, de sus hijos y familias y la convierte en una extraña que tendrá mucho más difícil integrarse en la sociedad a su puesta en libertad.

El 15 de junio de 2010, el Parlamento Andaluz aprobó una Proposición No de Ley exigiendo al Gobierno Andaluz la resolución de esta problemática. Desde entonces la situación sólo ha empeorado e incluso se han eliminado las escasas líneas de trasporte existentes en algunas prisiones. Los servicios públicos deben tener una orientación de servicio al ciudadano y no de rentabilidad económica o beneficio. ¿Qué es un estado social si no?

La cuesta de enero no es igual para todos. Para algunos las cuestas son más altas, más difíciles y para los servicios públicos, más invisibles.

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