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Eva Yerbabuena se lleva la primera ovación de la Bienal

La bailaora se despide del Teatro de la Maestranza con el público al completo puesto en pie y las palmas a compás

La veterana artista brilla en la última media hora del espectáculo, ‘Apariencias’, cuando al fin se mete en las costuras del baile más tradicional

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Eva Yerbabuena imparte un seminario basado en la improvisación en la interpretación coreográfica

Eva Yerbabuena

Quiso Eva Yerbabuena este lunes rendirse a la danza contemporánea, a una estética conceptual; quiso distanciarse de la raíz subiéndose por las ramas de los nuevos lenguajes; quiso pintar un cuadro de Mondrian, con un vestuario inicial que remitía a la geometría de las obras más célebres del holandés, transitando entre el simbolismo y la abstracción…. Pero terminó por claudicar, por meterse en la verea del flamenco más pasional, el que entendió perfectamente su público y donde esperaba encontrarla: en la soleá (Eva Yerbabuena es la Soleá con mayúsculas) y en un fin de fiesta por bulerías donde se dio por bueno todo lo dibujado anteriormente en ese lienzo de vanguardia.

Si el fin justifica los medios, en esta ocasión en la que Eva Yerbabuena, Premio Nacional de Danza, presentaba en la Bienal de Sevilla su última apuesta escénica, ‘Apariencias’, pudiera decirse que el fin (el del espectáculo) justificó los medios, los inicios y los prolegómenos. Un final en el que la granadina exprimió los cantes de José Valencia, Alfredo Tejada y un espontáneo Enrique el Extremeño, en unas soleás que disfrutó, donde se relamía, se gustaba, se contorneaba por fin, fuera de guión. Donde, a fin de cuentas, mostraba toda su grandeza.

Y es que, paradójicamente, ‘Apariencias’ es un espectáculo con el que Eva, según confesión propia, no ha tenido miedo de “dejar de ser flamenca”. Quizás por eso, en ese intento por despojarse inicialmente de su identidad jonda, empezó muy oscura, con un esqueleto presidiendo el escenario -¿para qué ese tenebrismo?-, bailando la tragedia de la petenera y con una corriente de frío recorriendo el patio de butacas. Aun así, no se le pueden poner muchos peros a su ejecución. Precisa, sin barroquismos. Pero con demasiada distancia del público, de los músicos…

 

DEL PREGÓN A LA SOLEÁ

Sin embargo, fue después de un interesantísimo baile de máscaras donde brilló el cuerpo de baile masculino –cuánta personalidad la de Fernando Jiménez, que ya nos pareció muy interesante la pasada Bienal en la propuesta de Rocío Molina-, cuando Eva Yerbabuena empezó a cambiar de registro, rojo amapola, bailándole unos pregones inmensos a José Valencia que presagiaban el acabose final.

Se rindió finalmente la artista a ese baile por Soleá que tiene ya su sitio en la historia reciente del flamenco, para acabar majestuosamente acompañada por siete voces que fueron siete encantamientos, en un fin de fiesta de los que se recordarán una vez que termine esta Bienal. Nadie estaba preparado para ver aparecer en el escenario y reunirse en perfecta camaradería a Segundo Falcón, David Lagos, Enrique el Extremeño, Jeromo Segura y Moi de Morón, que se unieron en un acertado golpe de efecto a José Valencia y Tejada. Estuvo soberbia en el registro más clásico, pero también el más difícil, donde hay que sobresalir en los matices, en el intangible de calidad que separa a los bailaores sin más de los grandes creadores. Se metieron por bulerías conocidos boleros, canción española… Y el público, que ya había despertado, hizo temblar el teatro. Fue la primera gran ovación de esta Bienal. El final lo eclipsó todo, hasta bellísimos apuntes previos, como la incorporación de la hipnótica melodía negra de Alana Sinkey o los hilos invisibles de Paco Jarana en la dirección musical.

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