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Corderos con los que sí celebrar la paz y el amor

No podemos celebrar la paz, el amor, la solidaridad y la esperanza que inspiran la época navideña con cadáveres en nuestro plato

Víctor, Bela y otros animales rescatados no serán el menú navideño al que estaban destinados y sí encarnan esos valores con los que construir un mundo mejor

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Víctor, un cordero rescatado que vive a salvo en El Valle Encantado. Foto: El Valle Encantado

Víctor, un cordero rescatado que vive a salvo en El Valle Encantado. Foto: El Valle Encantado

Víctor es suave, le gusta que le acaricien, a veces incluso parece que sonríe cuando está a gusto. Duerme feliz en una manta cálida para eludir el frío, y a pesar de todo lo que le ha ocurrido en su corta vida crece y disfruta día a día, aprendiendo cómo es su mundo a su alrededor. Le queda mucho por descubrir y por disfrutar. Es solo un cachorro, y a diferencia de la inmensa mayoría de los que son como él, no acabará despedazado en un plato.

Víctor es un cordero. Formaba parte de un rebaño que debía acabar como comidas y cenas navideñas, pero él fue rescatado y vive a salvo en El Valle Encantado. Llegó con solo unos días de vida, débil y muerto de miedo. Igual llegó a Wings of Heart Pablo, otro cordero que crece feliz junto a Galicia, una cabrita a la que dejaron morir abandonada, y a Vito, un pavo. En El Hogar Animal Sanctuary ha nacido hace poco Catia, una oveja que podrá disfrutar de su madre sin que las separen para sacar el máximo rendimiento de ambas. En Gaia han salido adelante Lucrecia, Ivano, Carla, Tomás, Iris y Ada, rescatados de una granja en Barcelona que alguien abandonó con todos los animales dentro. Cuando llegaron los activistas solo quedaban cadáveres y algunos pocos corderos y cabras desvalidos, que sin ayuda habrían muerto también en pocas horas. De hecho, Empar no sobrevivió, para ella ya era tarde. Bela fue rescatada por una activista, y es otra superviviente. Son solo algunos ejemplos.

Víctor, Pablo, Galicia, Vito, Catia, Lucrecia, Ivano, Carla, Tomás, Iris, Ada y Bela han desafiado a su destino y viven rodeados de cariño a pesar de que pertenecer a su especie, ser corderos, ovejas, pavos, cerdos… los condena a nacer y a vivir en un infierno con una única finalidad: ser “carne”, ese término indefinido que nos permite olvidar los animales que fueron y ver solo comida en nuestro plato. Ese término que nos salva de darnos cuenta de que sufren y disfrutan exactamente igual que un perro o un gato. Ese término que nos permite engañarnos a nosotros mismos para seguir comiéndonos a quien, en caso de despertar nuestra conciencia, sentiríamos la necesidad de cuidar y proteger.

Todos ellos estaban destinados a ser parte de una matanza cotidiana que se perpetra cada día en el mundo (345 millones de animales asesinados cada día, uno detrás de otro, sin contar a los peces y otras criaturas marinas) y que se intensifica cada año por estas fechas para celebrar la Navidad, una época de paz, de amor, de solidaridad, de esperanza. No, no es una broma macabra, es la cruda realidad de una sociedad en la que se vende amor en los anuncios, solidaridad en mil campañas y esperanza en que el mundo sea mañana un poco mejor que hoy aunque cada uno de nuestros hábitos contribuya, nos demos cuenta o no, a avanzar justo en sentido contrario.

Bela, rescatada por una activista.

Bela, rescatada por una activista.

Lo que sea que celebremos en Navidad, no es paz, ni amor, ni solidaridad, ni esperanza si hay cadáveres en nuestra mesa. No podemos celebrar la paz con un alegato a la violencia como es sufragar con nuestro menú lo que sucede en los mataderos. Porque la publicidad no es real. Los animales no viven felices hasta que mueren de repente y sin dolor. La industria alimentaria es una de las patas más sólidas del capitalismo más salvaje, y los animales son el eslabón más débil de la cadena de explotación. Atrevernos a mirar la realidad es el primer paso para afrontarla. Asumir que no es sostenible, ni ética, ni económica, ni social ni medioambientalmente, es el paso imprescindible para que podamos construir de verdad un mundo más pacífico, más amigable, más solidario, con un futuro que sí sea mejor.

No podemos celebrar el amor dando la espalda a nuestra humanidad más básica, negando la empatía a animales cuya vida y muerte nos importa menos que nuestro paladar. No podemos celebrar la solidaridad contribuyendo a la mayor masacre que se perpetra en nuestros días no solo contra esos animales, que también, sino contra nuestros propios congéneres a los que el engranaje de la industria alimentaria priva de alimentos esenciales para hacer piensos con los que cebar a animales que son tratados como meros recursos, piezas de ese engranaje. No podemos celebrar la esperanza poniendo pilas enteras de arena a la montaña del cambio climático. No podemos, sencillamente, celebrar la Navidad participando en una orgía de sangre, sufrimiento y muerte. Porque esa es la realidad que hay detrás de cada plato de “carne”, de cada trozo de animal que saboreamos.

Víctor, Pablo, Galicia, Vito, Catia, Lucrecia, Ivano, Carla, Tomás, Iris, Ada y Bela son puro amor. Mirarlos a los ojos despierta lo más humano que hay en nosotros, nuestra capacidad de empatizar y de tomar decisiones coherentes con el mundo que queremos crear a nuestro alrededor. Ellos sí son embajadores de la paz, de la solidaridad y de la esperanza. Ellos nos hacen despertar, ellos sí son nuestra celebración de la Navidad.

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