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La otra tradición

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Fueron abogados de izquierda quienes durante los años sesenta y setenta lucharon por crear una cultura militante por la defensa de los derechos. Hoy, este importante hecho ha quedado en el olvido.

Hace unos días se publicó una edición especial de la revista Kritische Justiz con reseñas sobre algunos juristas alemanes que lucharon por la defensa de los derechos, como lo fueron los escritores Franz Kafka y Kurt Tucholsky, quienes habían estudiado Derecho. Aparecen también algunas pioneras en la lucha por los derechos de las mujeres, como Margarete Berent y Marie Munk. Todos representan lo que el subtítulo denomina “La otra tradición”, en cuanto son abogados y abogadas que se “pusieron del lado de los perseguidos” y de aquellos que sufrieron injusticias a causa de la supuesta “justicia” reinante en ese tiempo.

Los mencionados en el artículo encarnan la antítesis del “temible jurista”. Un concepto plasmado por Ingo Müller en su libro del mismo nombre donde describe a este tipo de juristas como personas que solo están a servicio del poder autoritario y totalitario. También incluye en esta categoría a muchos juristas nazis que, hasta bien entrados los años setenta, desempeñaron funciones decisivas en el aparato judicial de la República Federal de Alemania (RFA).

Junto a Hannes Honecker, de la asociación de abogados Republikanischer Anwältinnen- und Anwälteverein (RAV), tuve el privilegio de trabajar la edición especial de Kritische Justiz Eine andere Tradition (en español, “La otra tradición”). Ahí tuvimos la oportunidad de entrevistar a abogados muy experimentados e igualmente militantes, como Hans-Christian Ströbele, Rupert von Plottnitz y Heinrich Hannover. Con todos ellos sostuvimos largas conversaciones sobre sus actividades en las primeras décadas de la RFA.

Heinrich Hannover relató su trabajo como defensor de comunistas y la profunda impresión que le causó ver que en los años 50 la justicia alemana acusaba a gente “que ya se había manifestado contra Hitler, que había estado encerrada y maltratada en campos de concentración y cárceles sólo a causa de sus convicciones políticas”.

Hans-Christian Ströbele, por su parte, habló de la indignación que sintió cuando el Tribunal Regional Superior de Berlín indultó, en 1968, al único juez acusado de pertenecer al Tribunal Popular de la Alemania nazi.

Y Rupert von Plottnitz describió el dilema que al que se enfrentaban los abogados defensores en los procesos a la Fracción del Ejército Rojo alemán, cuando “con el fin de resguardar lo más posible los intereses de sus clientes (...) se podía llegar incluso a enfrentamientos verbales con el tribunal”. Además del dilema que vivían los clientes, quienes consideraban que el Estado de Derecho existente era más bien un proyecto ficticio al servicio del encubrimiento de conductas represivas y de control.

Conversar con estos tres abogados nos hizo ver claramente cuán difícil fue su posición en estos juicios políticos. Sobre todo, el desafío de utilizar la Ordenanza Procesal Penal en el interés de sus representados, especialmente teniendo en cuenta que la fiscalía de la RFA había quedado diezmada después de haber asesinado o expulsado a judíos y compañeros de izquierda. Todos estos abogados y abogadas, que son nuestro modelo a seguir, no podían “venderse” a una especie de servicio público para la derecha. Tampoco se pusieron del lado de lo que “convencionalmente se entendía como el derecho”, porque esto únicamente les habría llevado a iniciar, otra vez, un proceso “a la manera convencional”.

Para nosotros los jóvenes (y también aquellos ya no tan jóvenes) abogados y defensores de los derechos, Ströbele, von Plottnitz y Hannover son gestores de una nueva generación de luchadores por esta “cultura de la defensa militante de los derechos de los años sesenta y setenta”.

¿Por qué repito esto hoy? Porque en la actual biografía Ströbele, de Stefan Reinecke, ya no se tiene en cuenta este contexto histórico ni el impacto que tuvo esta generación de abogados. De hecho, en una de las valoraciones psicológicas el autor señala que Ströbele sentía fascinación -común entre los abogados- por esos clientes militantes y que fuman porros, porque “estos hicieron lo que él nunca se atrevió a hacer, rebelarse”. Para nosotros, sin embargo, la construcción de un colectivo de abogados socialistas como el que montó Ströbele y el hecho de volver a encontrar en Alemania gente comprometida con la defensa de derechos políticos sí que fue una rebelión, pero no sólo eso. Fue también una ruptura definitiva con el concepto de abogado convencional: autoritario y sumiso a la autoridad.

Los periodistas que han escrito reseñas de dicha biografía no entienden el importante papel de Ströbele en la creación de una cultura (jurídica) militante siendo defensor de los prisioneros de la Fracción del Ejército Rojo alemán o de los ocupas. Basta con ver cómo la mayor parte de la opinión pública lo criticó por ejercer su papel y trabajo de abogado.

Reinicke reconoce, al menos, el importante rol que cumplió como abogado penal, pero asimismo lamenta que “la mayor parte de los defensores (....) utilizan el deber de guardar secreto profesional de los abogados, con el fin de sacarse de encima cualquier pregunta incómoda”. Naturalmente, el exabogado y luego neonazi Horst Mahler y los miembros de la Fracción del Ejército Rojo fueron debidamente criticados en su momento. Los demás abogados, desde nuestro punto de vista - como abogados de hoy- no merecen críticas. Es más, las acusaciones tan solo demuestran una total incomprensión de la tarea que desempeñan los abogados defensores. Es hora de que se reconozca esta cara de la historia y los antagonistas en los procesos penales. Estos abogados no solo estaban sirviendo a sus clientes, sino que además luchaban por una sociedad con una nueva cultura jurídica y política.

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