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Qué difícil es ser joven: monstruos adolescentes que se convirtieron en grandes artistas

Portada de 'Este joven monstruo' y fotograma del film 'Gummo' de Harmony Korine

Francesc Miró

En 2005, el Kenyon College de Ohio, Estados Unidos, invitó a David Foster Wallace a hacer un discurso a los recién graduados. El escritor decidió narrar una pequeña historia sobre dos peces jóvenes que van nadando tranquilamente cuando se encuentran con un pez mayor que les saluda y les dice: “Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?”. Los jóvenes siguen nadando sin prestar demasiada atención hasta que uno de ellos se para y le pregunta al otro: “¿qué cojones es el agua?”.

“Todo esto va de cómo llegar a los treinta, o puede que hasta los cincuenta, sin tener ganas de volarse la tapa de los sesos”, dijo Foster Wallace. El auditorio no le seguía así que puntualizó: “El sentido de lo de los peces es que las realidades más obvias e importantes a menudo son las que más cuesta ver y sobre las que cuesta hablar”. Según él, crecer y madurar, abandonar la imprudencia juvenil, era adquirir consciencia de estas verdades. Descubrir eso que nos envuelve de una manera tan clara pero a su vez tan oculta, que nos tenemos que repetir una y otra vez: “El agua es eso”.

Charlie Fox, periodista y crítico cultural británico nacido en 1991, plantea en su primer libro Este joven monstruo, la búsqueda de este significado obvio e invisible tal como si hubiese asistido a la charla del autor de La broma infinita. Su libro es una genial montaña rusa literaria, publicada por Alpha Decay, que analiza la construcción cultural del concepto de monstruo y su semejanza con todo adolescente. Hablamos de criaturas que se sienten diferentes y viven llenas de miedos sobre lo que son y no son capaces de hacer. La juventud y la monstruosidad van de la mano en esta profunda y divertida reflexión sobre el poder redentor del arte a través de las tempranas biografías de grandes artistas. Creativos que superaron su pubescencia porque tenían algo a lo que aferrarse.

Niños irrompibles, cineastas eternos

Cuando tenía tres años, Joseph Frank Keaton fue engullido por un tornado que lo alzó y lo llevó en volandas hasta el otro lado de su vecindario. En la debacle atmosférica murieron tres personas aunque él quedó intacto. Aquello pasó antes de que Frank L. Baum escribiese la llegada de Dorothy a Oz en idénticas circunstancias, por cierto. El hecho es que desde entonces, el hijo de Myra y Joe Keaton pareció vivir de milagro. Se caía por las escaleras, era aplastado por armarios y se golpeaba con todo tipo de objetos… pero nunca le pasaba nada.

A los trece, la particular habilidad del niño le había granjeado el apodo de Buster -mote que se refería a una estrepitosa caída-, y la participación en el espectáculo de variedades de su padre. Su progenitor vio en el niño un compañero de escenario al que golpear con martillos, arrojar contra decorados, patear y hacer rodar por escaleras ante las sonoras carcajadas del público. El número era como un Tom y Jerry en vivo y en directo.

Algo que tenía mosqueadas a las asociaciones de protección infantil de la época, que perseguían a la familia y encerraban al hombre siempre que podían. Por maltrato infantil, obviamente. Pero para disgusto de la ley, cuando llevaban a Buster a la revisión médica que atestiguase el maltrato, no había ni rastro de daño alguno.

Un día dijo basta. Durante una función, su padre había saltado del escenario para perseguir a un promotor que le debía dinero y el joven tuvo que improvisar el espectáculo entero, pasando un bochorno supremo que le haría cantar, recitar y bailar de tal manera que se dio cuenta de que no tenía porque depender de nadie. Entonces decidió mudarse a Nueva York, donde un estudio le había propuesto actuar en el cine. Tenía solo dieciocho años.

Su juventud pasó así, a porrazos, sin oportunidad para trabajar en nada que no fuese un show, ni estudiar o formarse en nada que no fuesen las variedades. Era un monstruo irrompible y sus aptitudes, sin embargo, le convirtieron en la gran estrella del cine mudo que hoy conocemos. En un gigante cómico de una fuerza sobrenatural, que siempre se mantenía impertérrito aunque decorados y trenes cayesen a su alrededor. Sigue siendo el más grande artista del slapstick habido y por haber.

Muchachas introvertidas, fotógrafas geniales

Antes de ser una de las fotógrafas más famosas de la historia, Diane fue una niña particularmente introvertida obsesionada con los libros de Alicia de Lewis Carroll. De adolescente, vivió rodeada de lujo pero sola. Sus padres, élite económica del Nueva York de los 30, celebraban fiestas en su casa diariamente, llenando su salón de desconocidos que miraban a Diane y su hermano Howard como molestos muebles.

Por las noches, su padre se escapaba con modelos y se dejaba un dineral jugando a póquer, hasta que las primeras luces de la mañana le devolvían a su hogar, borracho y furioso. Cuando tenía 18 años, Diane Nemerov se casó con el fotógrafo Allan Arbus y escapó de su casa. Una de sus primeras fotos, de hecho, fue la que le hizo al cadáver de su padre en su funeral.

“La obra de Arbus tiene un punto parricida, y sus fotos, en las que el glamour siempre es sórdido y los intentos de embellecimiento siempre hacer más horribles a los personajes, son una forma de renegar de su padre”, escribe Charlie Fox en Este joven monstruo.

Durante los años 40, Diane Arbus hizo carrera en la fotografía de moda, trabajando para Vogue, Harper’s Bazaar y Esquire. En esos años, se obsesionó con una película que iba a ver una y otra vez: La parada de los monstruos de Tod Browning, despertó en ella una imperiosa necesidad de retratar lo diferente, lo estéticamente perverso. “Los monstruos embriagan”, llegaría a decir. Tras años de fotografiar el lujo, empezó una carrera en solitario en la que haría famosos a enanos, gigantes, siameses y personas con cuerpos distintos a la heteronorma.

Diane y su hermano Howard -cuál Cersei y Jamie Lannister-, mantuvieron toda su vida una relación incestuosa que la atormentó hasta el final. “Quizás esto explique la fascinación de Arbus por los dobles, pues el incesto es también la unión de dos partes casi idénticas”, arroja Fox. El último encuentro de los hermanos tuvo lugar unas semanas antes de que ella ingiriese barbitúricos y se cortase las venas hasta acabar con su vida, el verano de 1971. Antes de eso, sin embargo, se había convertido en la mirada de la cara B de su generación, de las personas olvidadas por el mundo de la moda y la fotografía. Fue la voz de los freaks, y dedicó su vida a un arte que la hacía huir de sus demonios, fuesen los que fuesen.

Jóvenes delincuentes, miradas únicas

“Fui el último chaval de Oklahoma que superó la pubertad”, declaró Clark en un 1995 en una entrevista del New York Times. “Tartamudeaba mucho, casi no podía ni hablar. Mi padre dejó de hablarme. Así que empecé a tomar drogas. Tomé anfetaminas todos los días desde los dieciséis a los dieciocho. Mis padres ni lo notaron”.

Cuenta Charlie Fox que un día un joven Larry Clark tuvo un visión. Estaba viendo un programa de variedades de la televisión norteamericana llamado Donahue, que se mantuvo 26 años en la antena de muchos salones de clase media, en el que entrevistaban a un joven descrito por un rótulo como 'delincuente juvenil'. El rostro del joven, su aspecto, su forma de vestir y su predisposición a la frase descarada le fascinaron sobremanera.

Desde entonces, Clark fue asiduo a interpretar las leyes a su manera, saltándoselas a la torera siempre y cuanto fuese por una buena causa: alcohol, drogas o sexo. El fotógrafo y cineasta, pasó su adolescencia entre rejas y en la calle. Nunca en su casa. Le encerraron por pertenencia de drogas, por hurto continuado e incluso por posesión ilegal de armas de fuego.

Sin embargo, “la obra de Clark va de jóvenes que hacen sus diabólicas travesuras con una energía particular: jóvenes drogándose, jóvenes desnudos, jóvenes adoradores de Satanás…”, explica Fox. Sus colecciones de fotografías The Perfect Childhood, Tulsa y Teenage Lust son influencias imprescindibles y abiertamente reconocidas por Scorsese, Coppola o Gus Van Sant, que no podría haber rodado Elephant sin ella. El propio Clark ha dirigido pocas películas que hoy no sean consideradas de culto, véase Kids, Al final del Edén o Ken Park.

Pero sin una cámara, es fácil imaginar el porvenir que hubiese tenido aquel joven drogadicto. Tal vez hubiese dado con sus huesos en la cárcel, o puede que alguna de las múltiples drogas le hubiese consumido a él y no viceversa. No fue así porque Clark apretó el obturador de una cámara de fotos.

Juventud, monstruoso tesoro

Sirviéndose de estas y otras muchas biografías, Este joven monstruo traza un recorrido que une carreras dispares extrañamente unificadas. Todos los jóvenes del estudio de Charlie Fox, vivieron sus abriles en ambientes terribles que fraguaron su personalidad. Y cada uno, a su manera, se agarraron a algo que hizo que su vida valiese la pena.

“Transformarse, pues de eso va ser monstruo, alterar nuestro cuerpo y a la vez cambiar la cultura que nos rodea, es una forma de catarsis, así como una estrategia para repudiar un cuerpo que se nos antoja fuera de control”, escribe Fox. Los adolescentes, como los monstruos, “dan problemas, subvierten definiciones, cambian la idea que tenemos de nosotros mismos. Todo eso es valiente, y además se parece a la tarea del arte”.

Todos ellos descubrieron ese algo esencial a medida que crecían. Vieron aquello que, como decía Foster Wallace, era tan obvio como invisible. Pero en su caso, a diferencia de lo que les pasaba a los peces de la metáfora, lo que les rodeaba no era agua, era arte.

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