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'Mi maratón contra el cáncer': el duro camino contra un terrible competidor

Mi maratón contra el cáncer es una obra póstuma donde Jesús Martín Tapias refleja el amplio e incierto camino de luchar contra la enfermedad

El libro también tiene un matiz importante de denuncia: el periodista supo que una sencilla prueba podría haberle salvado la vida

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Portada de 'Mi maratón contra el cáncer'

Portada de 'Mi maratón contra el cáncer'

Este martes llega a las librerías Mi maratón contra el cáncer del veterano periodista, recientemente fallecido, Jesús Martín Tapias. En esta obra póstuma, el autor relata la forma en que luchó durante año y medio contra la terrible enfermedad. A pesar de saber desde el principio las escasas opciones que tenía de sobrevivir a un cáncer de colon con metástasis, Martín Tapias afrontó el reto con un optimismo y una determinación que se refleja en cada página del libro.

En la obra quiso comparar la dureza que supone una prueba de más de 42 kilómetros, con el largo, incierto y duro camino que debe recorrer el enfermo de cáncer. Pero el libro tiene también un importante aspecto de denuncia: en su investigación, el periodista supo que una sencilla prueba preventiva podría haberle salvado la vida. Recogiendo datos de la Asociación Española Contra el Cáncer, Tapias revela que, de los 41.000 casos de cáncer de colon que se diagnostican cada año en nuestro país, el 90%, podrían haberse evitado con un simple análisis previo de heces.

La eficacia de esta prueba de detección precoz es tan evidente que el Ministerio de Sanidad la incluyó en la cartera de servicios básicos de la Seguridad Social en 2014, pero, desde entonces, solo cuatro comunidades han implantado este tipo de estudios. 

Imagen de 'Mi maratón contra el cáncer'

Imagen de 'Mi maratón contra el cáncer'

Capítulo: Km 7. «El sufrimiento es opcional»

El hospital de día es un buen ejemplo de humanidad compartida. Allí es donde se desarrollan los entrenamientos de esta carrera cuya meta es curarse, es decir, donde se inocula la quimioterapia. Ante la gravedad de mi enfermedad, me prescriben seis sesiones, las más agresivas contra ella. La doctora Mercedes Rodríguez Garrote, mi oncóloga, otro ejemplo de profesionalidad impregnada de humanidad, confía en que mi fortaleza física me ayude a aguantarlo. Me anima, nos anima, y nos explica con pelos y señales los posibles efectos secundarios que voy a sufrir. No todos, por supuesto, ni siempre al mismo tiempo, pero sin duda es un catálogo de horrores a los que es necesario dar por buenos para llegar a la meta.

La diferencia es que ahora no queda más remedio que afrontarlos. Los otros, los del maratón, son voluntarios. Narra Murakami que «había un corredor que decía que, ya desde que empezaba a correr, y luego durante toda la carrera, no hacía más que rumiar para sus adentros una frase que le había enseñado su hermano, que también era corredor: Pain is inevitable. Suffering is optional (El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional, solo depende de uno mismo)»

La explicación es obvia, y la expone el escritor japonés: «Cuando una persona que está corriendo piensa: "Uf, qué duro, no puedo más", lo de la dureza es un hecho inevitable, pero lo de poder o no poder más, eso queda ya al arbitrio del interesado».

En su opinión, estas palabras resumen de manera clara y concisa lo más importante de un maratón. En la mía, son aplicables, en parte, al proceso de lucha contra la enfermedad. Los días de tratamiento y posteriores, cuando los efectos secundarios de la quimioterapia son más agudos, es imposible evitar pensar lo duro que es. Lo estás sufriendo en carne propia… mareo, cansancio, diarrea o estreñimiento (primero lo uno y luego lo otro o al revés), llagas en la boca, pinchazos en los dedos al tocar cosas frías y ese sabor metálico que modifica el gusto de todas las comidas… Estas son las mías, pero cada cual puede añadir las suyas (apenas he sufrido nauseas, pero me cuentan que es de lo peorcito).

Es duro, sí, pero hay que tomárselo como una bofetada contra la enfermedad, un freno a su avance, una esperanza de curación… Debe ser, en definitiva, una mirada de optimismo hacia el futuro. Y hay métodos para reducir de forma importante esos efectos tan nocivos.

El primero, descansar. Deja tu vida en manos de otros y agradéceselo con tu sonrisa. Relativiza tu vida y recuerda que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Ponte en el lugar de quienes no pueden ir a un hospital, porque no existe o porque no pueden pagarlo. Ya sea en Mali o en Estados Unidos, es algo que ocurre con frecuencia en otros lugares del mundo, pero no en España. Tu hospital será mejor o peor, pero seguro que cuenta con los profesionales y los medios adecuados para ayudarte a salir adelante.

Que tu mente vuele hacia otros lares. Si ver la televisión no te satisface, como es mi caso, y no puedes concentrarte en la lectura, recurre al vídeo. Una buena película puede convertirse en un momento Reiki. Te transporta durante un rato a otros lugares y otras historias. Y haz caso a los siguientes consejos del «monje que vendió su Ferrari», es decir, Robin Sharma:

1.- El dolor es un gran maestro: «Cuando se fuerzan los límites… estás abriendo reservas físicas y mentales que ni siquiera imaginabas tener».

2.- Recurre al «pensamiento opuesto»: «El proceso es muy simple: cuando un pensamiento indeseable ocupe el punto focal de tu mente, sustitúyelo de inmediato por un pensamiento ejemplar. Es como si tu mente fuera un enorme proyector de diapositivas, y cada pensamiento una transparencia. Cuando en la pantalla aparezca una transparencia negativa, sustitúyela por una positiva».

3.- No caigas en miedos innecesarios: «El miedo no es más que un monstruo mental que tú mismo creas, una corriente negativa de conciencia».

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