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Nisreen, la palestina encerrada en Hebrón que busca libertad en sus pinturas

Lali Cambra / Jo Kuper

Médicos Sin Fronteras —
  • Mentes Ocupadas retrata las vidas de personas afectadas por el conflicto palestino-israelí, aquellas que reciben algún tipo de asistencia por parte de los equipos de salud mental de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Hebrón, Nablus, Belén y Ramala. 

En noviembre de 2015, el barrio de Tel Rumeida, en Hebrón, fue declarado “zona militar cerrada”. Todas las familias palestinas que allí vivían tuvieron que registrarse y se les asignó un número. No se permite la entrada a visitantes, familiares, ambulancias o trabajadores, salvo que cuenten con permiso de las autoridades militares. En mayo de 2016, esa orden no se renovó, pero el estricto control continúa.

El marido de Nisreen murió en octubre de 2015, dos meses después de someterse a una operación de corazón y el mismo día en el que para reprimir los enfrentamientos en la ciudad se emplearon grandes cantidades de gas lacrimógeno. Nisreen cuenta que el gas llegaba hasta su barrio. Su marido comenzó a sentirse muy cansado y a toser antes de perder la consciencia.

“La ambulancia no iba a poder llegar a tiempo, así que utilizamos una manta a modo de camilla y, con la ayuda de nuestros vecinos, lo llevamos al hospital”, explica Nisreen. “Pero nos retuvieron otros diez minutos en el puesto de control y murió en el hospital. Intentaron reanimarlo, pero no respondió”.

Su marido, Hashem, trabajaba para la Agencia de las Naciones Unidas para los refugiados de Palestina (UNRWA) y, con el tiempo, se convirtió en guía turístico “para mostrar a los turistas lo difícil que es vivir en estas circunstancias, encerrados, con la calle principal cerrada [...] y teniendo que reforzar las ventanas con barras de metal por las piedras que nos lanzan los colonos israelíes... Hasta entran en nuestra casa”.

Nisreen, que llegó a Hebrón en 1993 tras vivir en Amán como refugiada palestina, siempre había sido artista pero comenzó a pintar más a menudo tras la Intifada del 2000 y, ya en 2006, su afición se convirtió en algo más serio. Pintar era su manera de sentirse libre mientras se veía obligada a permanecer en el interior de su casa para cumplir con los toques de queda y evitar los puestos de control y los acosos.

Con la aportación económica que recibía de turistas que veían sus obras, su trabajo se volvió más estable hasta que, tras la muerte de su marido, acabó por convertirse en una forma de sacar adelante a su familia. “Pinto sobre la situación (que vivimos), sobre la vieja ciudad de Hebrón, sobre los puestos de control militares, el sufrimiento, las alambradas, el hecho de que las entradas a mi casa estén bloqueadas con alambre y no nos permitan acceder a la calle principal... Sobre la realidad de que lo que quieren es que nos quedemos en casa”, dice Nisreen.

Una de sus obras preferidas es una pintura sobre sus árboles. “Los colonos se aprovecharon de que no estábamos en casa. Tan solo estuvimos fuera unas horas, pero trajeron una sierra y talaron todos mis árboles. Sentí una explosión de emociones y me puse a plasmar exactamente cómo habían cortado los árboles. Pero ahora los árboles están volviendo a crecer, han rebrotado desde las raíces. ¿Puedes creerlo? Alá no nos ha abandonado”.

Nisreen pinta principalmente por la noche, cuando los niños están dormidos y puede disfrutar de un poco de paz y tranquilidad. Ha intentado sobrellevar lo mejor posible la tristeza por la muerte de su marido.

“Me he centrado, sobre todo, en el estado emocional de mis hijos y en cómo librarnos de la tristeza que sentimos, de la soledad, del hecho de que los niños estén encerrados y no puedan jugar al aire libre. Y de que no recibamos ninguna visita ni podamos visitar a nadie y volver sanos y salvos como solíamos hacer antes. Nos sentimos inseguros todo el tiempo porque los colonos pueden venir en cualquier momento, golpearnos o dispararnos. No solo los soldados, sino también los colonos. Esa sensación de inseguridad es terrible”.

Nisreen ha recibido el apoyo de psicólogos de MSF y ha intentado animar a sus hijos a pintar para que expresen sus sentimientos y puedan procesarlos. “Como no pueden salir, les he conseguido algunas cosas que puedan utilizar dentro de casa. Por eso tienen un teléfono y un ordenador, pueden jugar con ellos cuando terminan de estudiar. El ambiente ha cambiado, ahora están mejor, emocionalmente hablando”.

Nisreen explica que desde que el barrio fue declarado “zona militar cerrada”, este se ha convertido en un pueblo fantasma. “Nos hemos convertido en prisioneros. Vivimos en una prisión rodeada de puestos de control militares. Quieren transmitirnos el mensaje de ‘¡Si no te gusta, lárgate, vete, vete!’”.

A pesar de que Nisreen no puede salir de casa o de su barrio tanto como le gustaría, sigue conectada al mundo exterior a través de las redes sociales. “A quienes nos conocen les digo que el hecho de que mi marido haya muerto no significa que todo haya terminado. Yo estoy aquí, sus hijos están aquí y aquí es donde nos vamos a quedar. Seguiré aquí a pesar de ser una mujer palestina sola. No voy a moverme de aquí y me haré oír lo más alto que pueda”.

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