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“No existe el efecto llamada, sino el efecto empuje: la guerra, la persecución, la muerte”

Un grupo de refugiados sirios justo después de llegar al puerto del Pireo (Atenas) con los tres niños / FOTO: Aitor Sáez

Gabriela Sánchez

“Ya no valen las palabras. Europa tiene que actuar”. Lo decía un abanderado Mariano Rajoy a finales de abril. Acababan de morir 700 personas en el mar, la mayoría refugiados. Se escandalizó, como se indignaron una vez más otras autoridades europeas, que reclamaba una solución. La cifra de desplazados forzosos ha alcanzado en 2014 cifras desconocidas hasta el momento: casi 60 millones de personas han huido de la guerra, de la persecución, de la muerte. Entre ellos, aquellos que logran llegar a Europa atravesando el Mediterráneo, el Estrecho, la valla de Melilla. O los que mueren en el intento. También los 4.288 refugiados a los que España ha dicho “no”.

Tras el aumento de naufragios durante los meses de marzo y abril de este año, Europa vivió un déjà vu. Como ocurrió en octubre de 2012, cuando cerca de 300 personas murieron ahogadas muy cerca de la isla italiana de Lampedusa, las autoridades europeas volvieron a avergonzarse por las incesantes vidas perdidas en su intento de alcanzar la UE, ante la imposibilidad de acceder de otro modo a protección internacional en territorio europeo. Tras una serie de reuniones de “urgencia”, la Comisión Europea aprobó un plan de mínimos para acabar con el “drama humanitario en el Mediterráneo”.

Recibió criticas de ONG por no incluir una operación de rescate, por no abrir vías legales de entrada a Europa para refugiados, por enfatizar la necesidad de destruir barcos. Sin embargo, una de las medidas fue bien acogida por organismos internacionales como Acnur, aunque tachada de muy limitada: un sistema de cuotas para distribuir los refugiados sirios y eritreos que, tras arriesgar su vida, llegan a Italia y a Grecia. Cada país acogería a un número determinado de estos de forma obligatoria.

Todos los países europeos (excepto Grecia e Italia) lo han rechazado en bloque.

La Comisión Europea concretó, a través de una serie de parámetros, un número de refugiados para cada estado miembro. A España le tocan 4.288 refugiados. Pero el Gobierno lo ha rechazado con contundencia. Le parece “injusto”. Para argumentar su oposición a acoger a este número de sirios o eritreos, personas de las que está demostrado que huyen de la guerra y la violación de derechos humanos, ha presentado una serie de razonamientos. Muchos de ellos se contradicen con los datos.

El “esfuerzo” de España en la acogida

Tras determinar el número de refugiados llegados a Italia y Grecia del que España debe responsabilizarse, varias autoridades gubernamentales han apelado a la necesidad de dar más importancia al “esfuerzo” realizado por este país en la acogida de refugiados.

“España ya hace un esfuerzo de solidaridad y responsabilidad a diario”, dijo el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, para explicar su rechazo a la obligatoriedad del sistema de reparto. El titular de Exteriores, José Manuel García-Margallo, ha tachado de “injusta” la medida porque, dice, debería tener en cuenta “el esfuerzo que se ha hecho en la integración de 'inmigrantes' (ahora estamos hablando de refugiados) anterior”.

Los datos no sustentan el sacrificio enfatizado por ambos ministros. De la totalidad de solicitudes de asilo recibidas por la UE, España se queda a la cola de los 28 con un 0,9% de peticiones de protección internacional, un total de 5.947, según Acnur. Muy lejos de otros países europeos, como Alemania, con 173.070 peticiones o de Italia que recibió 63.660.

Además, el sistema de acogida en España dejó de cubrir las “necesidades reales” de muchos refugiados hace cerca de dos años, según Acnur. Durante este tiempo, se duplicó el número de demandantes de asilo llegados a España, pero el Gobierno no aumentó los recursos para favorecer su integración. El resultado: el Ejecutivo está dejando en la calle a muchos refugiados a los seis meses de llegar, cuando muchos no han tenido tiempo suficiente para adaptarse.

Llamar “inmigrantes económicos” a refugiados

El discurso del Gobierno está jugando al despiste. En las últimas declaraciones en las que ha enfatizado su oposición a aceptar las cuotas europeas, el Ejecutivo no suele mentar la palabra “refugiados”. Margallo llegó a afirmar que “las personas que están muriendo en embarcaciones” son “fundamentalmente inmigrantes por razones económicas”, no refugiados. Destacó el caso de aquellas procedentes de Eritrea, país con servicio obligatorio e indefinido y donde son comunes las desapariciones y detenciones arbitrarias, según ha documentado la ONU.

Los datos de Acnur contradicen su afirmación. Las personas que están llegando a Italia y Grecia de forma irregular proceden de Siria (33%), Eritrea (11%) , Afganistán (10%) y Somalia (9%). Todas estas nacionalidades se encuentran también entre aquellas que más han solicitado asilo en 2014, según el informe anual de la agencia de la ONU publicado recientemente. Por esta razón, las Naciones Unidas han dado un toque al Gobierno español: “En este país hay una enorme confusión entre inmigración y protección internacional y no sé si es por descuido. El Asilo está ausente en el discurso oficial de la política española”, dijo la representante de Acnur en España este jueves.

La “presión migratoria” que soporta España

“Hay que valorar el esfuerzo que ya se ha hecho en lo que es el control de la inmigración ilegal”, ha defendido Margallo.

La presión migratoria sobre este país no es tal en comparación con el resto de Europa. En 2014 llegaron a la UE 219.000 por mar. De ellas, 4.552 alcanzaron territorio español por esta vía. A Ceuta y Melilla han llegado 7.485 personas. 12.037 en todo el territorio español.

Todas estas cantidades son mínimas en comparación con otros países europeos: en Italia asciende a 170.000, Grecia y Bulgaria suman entre ambos 50.000 y Hungría, en su frontera con Serbia, 22.000, según datos de Frontex recogidos por Europa Press. Expertos en movimientos migratorios recuerdan que la disminución del flujo por una ruta supone el desplazamiento de esta.

El Ejecutivo reitera el auge puntual registrado en 2006, cuando llegaron a las costas españolas 39.180 migrantes. Esta cifra, el pico más alto de llegadas clandestinas a España, se sigue alejando de las 170.000 registradas en Italia en 2014, país al que el Gobierno se niega a ayudar en la acogida de refugiados.

Rechazar acogida y apoyar expulsiones

Tras enfatizar su rechazo a las cuotas europeas de refugiados, el ministro del Interior propuso este miércoles a sus homólogos de la UE un proyecto “para desarrollar diversas acciones concretas como la ejecución de retornos, la organización de misiones de identificación, el desarrollo de programas de retorno voluntario” y la realización “de soluciones técnicas por parte de las administraciones de los países de origen para facilitar la identificación de sus nacionales”. Es decir, deportar más rápido a los inmigrantes. La UE también ha apostado por desarrollar un plan de expulsiones para “hacer hueco” a los refugiados.

Esta posible medida no elimina la necesidad de acoger a los refugiados. Las personas a las que va dirigido el sistema de recolocación son sirios y eritreos, huyen de la guerra y las violaciones de derechos humanos. No son, por tanto, inmigrantes económicos y no pueden ser rechazados, según diferentes tratados europeos como el Convenio de Ginebra.

El efecto llamada

La frase mágica, el recurso para todo. ¿Lanzar una operación de salvamento en el Mediterráneo? ¿Quitar las concertinas? ¿No usar material antidisturbios en las vallas? ¿Acoger a 4.288 refugiados? No, generaría un efecto llamada, dice el Gobierno.

“Nos tememos que esa iniciativa pueda generar un efecto llamada y que, con la mejor intención no solo no contribuir a resolver el problema sino en su caso incrementarlo”, dijo Fernández Díaz esta semana en Luxemburgo.

Según la Agencia Europea de Fronteras, Frontex, “el 80% de las personas que llegan a Europa son potenciales beneficiarias de asilo”. Huyen de la guerra, de la violencia o la persecución. En 2014, sin cuotas de refugiados y sin tan siquiera una operación de salvamento en el mar, las llegadas irregulares han continuado en aumento. El director adjunto de Frontex reconoció a eldiario.es que, aunque criticaron el programa de auxilio Mare Nostrum ante la posibilidad de un “efecto llamada”, el pico registrado tras sus suspensión ha demostrado que no existía tal impacto.

“No existe el efecto llamada, sino el efecto empuje. La guerra, la persecución, la muerte”, aseguran fuentes de Acnur a eldiario.es. A Adman le empuja el Estado Islámico y su imposibilidad de vivir su religión en libertad. A Fatima, la guerra en su país, Siria. A Samuel, “la falta de respeto a poder amar”; poder amar a otro hombre en Camerún.

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