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Camps, el ángel caído

La parte menos conocida de aquel 20 de julio de 2011 es lo que ocurrió durante las horas previas a su dimisión, cuando Camps dudaba entre dos salidas igual de malas: declararse culpable o abandonar el poder

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Hay una escena digna de una obra de Shakespeare, o de ‘El Padrino’, que explica muy bien cómo funciona el PP, quién es Francisco Camps y cuál es la verdadera esencia del poder y la política. Fue hace ya dos años, el 20 de julio de 2011, el día en que Camps presentó su dimisión apenas unos meses después de ganar las elecciones por mayoría absoluta. Esta es la historia de lo que pasó entre bambalinas.

Tal vez no lo recuerden. Camps estuvo toda la mañana encerrado en su despacho, decidiendo si acudiría o no al juzgado para autoinculparse y pagar una multa para evitar el juicio por los trajes regalados por la Gürtel. Dos de los cuatro imputados en ese juicio –Victor Campos y Rafael Betoret– se declararon culpables esa misma mañana; era lo que habían acordado en el PP, pero Camps seguía dudando hasta el último minuto. Llegó a llamar a las 14:20 al juzgado para pedir que ampliasen el horario de apertura y le diesen algo más de tiempo para decidirse, pero al final no acudió. No quiso declararse culpable y pocas horas después, esa misma tarde, presentó su dimisión. “Voluntariamente ofrezco mi sacrificio para que Mariano Rajoy sea el próximo presidente del Gobierno”, dejó dicho en su epitafio, en sus últimas palabras en la política.

La parte menos conocida de aquel 20 de julio de 2011 es lo que ocurrió durante las horas previas a su dimisión, cuando Camps dudaba entre dos salidas igual de malas: declararse culpable o abandonar el poder. El presidente valenciano estaba reunido con dos personas de su máxima confianza: Juan Cotino y su amigo Federido Trillo. 

Trillo y Camps eran íntimos. Ambos compartían –al igual que Cotino– la pertenencia al Opus Dei. En la época en la que Camps estuvo en Madrid como secretario de Estado en el Gobierno de Aznar, habían compartido algunos ejercicios espirituales. Más allá de la fe religiosa, Trillo había sido el hombre designado por Rajoy para coordinar la defensa del PP ante el caso Gürtel; incluso llegó a visitar en dos ocasiones al jefe del sastre de Camps tras estallar el escándalo de los trajes. Trillo era el estratega, y también el enviado desde Génova 13 a Valencia para solucionar el escándalo político.

Trillo, desde Madrid, traía un recado de los chicos. Rajoy no estaba dispuesto a que el juicio a Camps empañase la campaña de las elecciones generales. El caso de los trajes se había convertido en una china en el zapato del PP en un momento en el que la mayoría absoluta estaba a la vuelta de la esquina. Trillo presionaba a Camps. Le pedía que se autoinculpase para zanjar el tema y amortiguar el escándalo con la ayuda del verano.

Camps dudaba. No tenía claro que esa salida no fuese, en cualquier caso, su final político y pidió hablar con Mariano Rajoy por teléfono. Lo hizo. Y en ese momento se dio cuenta, por la frialdad con la que le recibió Mariano al otro lado de la línea, que era ya un cadáver político: que el PP no le iba a apoyar aunque se declarase culpable y evitase el juicio; que ya era demasiado tarde para buscar otra salida –con dos de los otros imputados asumiendo su culpabilidad– y que más tarde o más temprano su dimisión era prácticamente inevitable. "Es una decisión que solo puedes tomar tú", le dijo Rajoy. Y después colgó.

Imaginen el cuadro. La tensión entre Trillo, Camps y Cotino. Esa sensación del puñal en la espalda, del presidente valenciano que se acaba de dar cuenta en ese preciso instante de que su amigo Federico no está allí para ayudarle a salir del atolladero, sino para colocar la soga alrededor de su cuello. Que Rajoy, al que había ayudado a mantenerse al frente del PP tras su derrota de 2008 y la embestida de Esperanza Aguirre, le había dado la espalda. Que su carrera política había terminado.

En ese momento, Juan Cotino rompió el silencio: “Vamos a orar”.

Y los tres se arrodillaron ante un crucifijo y empezaron a rezar entre murmullos.

El resto es historia.

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