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GALICIA

Natasha: el calvario de las otras refugiadas

Esta mujer transexual paquistaní abandonó su país rumbo a Europa. No dejó atrás una guerra, pero sí una violenca extrema que siguió durante su periplo hasta Grecia

Ahora espera llegar a España con un visado humanitario que debe conceder el Gobierno

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Natasha, transexual paquistaní refugiada en Grecia

Natasha, transexual paquistaní refugiada en Grecia María Rúa / Miguelanxo Lar

No todas las personas refugiadas en Grecia huyen de la guerra de Siria e Irak. Otras simplemente escapan de la violencia y la persecución diaria con la que conviven en sus países de origen y que en muchas ocasiones les puede costar hasta la propia vida.

Este es el caso de Natasha, una mujer transexual paquistaní que hace mas de un año decidió abandonar Gujranwala, su ciudad natal, y poner rumbo a Europa dejando atrás años de violencia extrema y continuada por su condición de transexual.

Hoy ya a salvo en Grecia y rodeada de voluntarias españolas como Andrea, que lleva en el país heleno desde el pasado mayo y es una de las personas que más ha luchado por su caso, relata su terrible odisea de meses de agresiones sexuales, violaciones, explotación laboral y agresiones físicas a las que fue sometida.

Natasha es también uno de los 22 casos vulnerables que la plataforma ciudadana Bienvenidos Refugiados intenta traer al Estado español a través de visados humanitarios, casos todos ellos documentados con precisión, y que exponen la urgencia de estas personas por recibir tratamiento médico o disfrutar de protección y atención especial para que su integridad física y psicológica no corra peligro. En la actualidad, el Ayuntamiento de Madrid está operando de mediador entre la plataforma y el Ministerio de Asuntos Exteriores para resolver los trámites de los visados y actuar como parte facilitadora en el proceso de acogida, asegurando tener toda la logística preparada para recibirlas tan pronto como la decisión sea firme.

De Pakistán a España

El esmalte rojo cubre las uñas de Natasha a nuestra llegada. También tiene un tatuaje de gena en la mano izquierda y una sonrisa nerviosa que se convierte en carcajada cuando le pedimos grabarla. Es una diva de las de antes. Pausada, con estilo clásico, mirada penetrante y parpadeo pícaro. Nos da un abrazo y comenta: “Estoy nerviosa por el futuro”. Vive en la actualidad en un piso en Tesalónica que comparte con voluntarias de España. Nos ofrece agua y se sienta en un sofá. Sabe que somos periodistas gallegas y que esta entrevista puede ser importante para dar a conocer su caso en el Estado. Lo tiene claro.

“Quiero ir a España. Allí no tendré miedo porque mucha gente quiere a las personas transexuales. Muchas asociaciones me están apoyando”. En todo momento se desprende de su alegría contenida una ilusión puesta en el futuro que la ayude a olvidar el infierno que ha sufrido a lo largo de los años. “En España no me van a matar. No tendré que huir ni me pegarán palizas. Podré ser yo misma”.

Con un poder de seducción arrebatador, sonríe buscando una complicidad que la apoye en su periplo de encontrar un espacio en el mundo lleno de dignidad y normalidad para ser feliz. “Quiero estudiar peluquería y estética pero antes tengo que aprender español. De hecho, ya lo estoy estudiando aquí con mis compañeras para estar preparada”. Las ansias de Natasha por aprender español e inglés contrastan con los limitados recursos y herramientas con los que cuenta. Una de las principales limitaciones es a su incapacidad para leer y escribir ya que es analfabeta. Una de las voluntarias recuerda las inmensas dificultades que tuvieron para entenderse cuando, tras recibir una paliza en el campamento de Idomeni, Natasha llegó a la tienda de Bomberos en Acción para ser tratada. “Sólo hablaba urdu y venía desencajada”, comenta María Vence, periodista y voluntaria gallega en el campamento. “Al principio fue muy difícil conocer su historia porque sólo sabía palabras sueltas en inglés. De hecho, usamos mímica y dibujos para entendernos”. Cinco meses después del desalojo de Idomeni, Natasha puede desarrollar una conversación en inglés y empieza a hablar un poco de español. “Fue sorprendente a su evolución. En muy poco tiempo avanzó muchísimo” afirma Vence.

Con un entorno formado principalmente por voluntarias de España que se volcaron en su caso, Natasha sabe que su única posibilidad para llegar a la península es a través de un visado humanitario. Al no ser siria, no entra en los programas de recolocación de personas refugiadas de la UE. Esto quiere decir que la última decisión está en manos del Ministerio de Asuntos Exteriores que, con carácter discrecional, puede conceder o no este permiso siempre que halla causas acreditadas.

“En la actualidad necesitamos hacer presión para que el Ministerio entienda la situación de vulnerabilidad en la que se encuentra Natasha”, afirma la activista. “Quedarse en Grecia no es una opción para ella ya que el Estado está colapsado y no recibiría ningún tipo de ayuda habitacional, económica o educativa que se ajuste as sus necesidades. Natasha necesita aprender a leer y escribir pero también necesita prestaciones que asuman su condición de víctima de abusos y violencia reiterada. Además, su condición de transexual hace que Grecia no sea un país seguro por el alto grado de transfobia. En el país heleno acabaría en la exclusión y la marginalidad de nuevo, y eso es lo que queremos evitar”. En el supuesto de tener asilo en Grecia, Natasha recibiría un pasaporte de hombre y no sería reconocida como mujer. Su condición de transgénero no contaría con ningún tipo de protección legal especial.

Apoyo social en España

Mientras tanto, numerosas asociaciones feministas y LGTBIQ+ del Estado español se comprometieron a gestionar la estancia de Natasha por lo menos, durante los dos próximos años . De hecho, en la actualidad toda la ayuda económica que recibe proviene de la iniciativa privada española, entendiendo por ello personas voluntarias y organizaciones.

Con estos recursos, Natasha puede costearse los gastos del piso en el que vive, la alimentación, el asesoramiento jurídico y la atención médica. A esto se suman iniciativas puntuales de colectivos sociales que realizan eventos para recaudar fondos para la joven.

Concretamente, las organizaciones Fundación Daniela, Acathi e Felgtb manifestaron su intención de prestar apoyo y acompañamiento psicológico, integración social e integración laboral para Natasha, mientras que el Observatorio Ético Internacional (Obeti) le ofrece la cobertura total de los gastos derivados de su alimentación y vivienda al menos, el primer año.

El Ayuntamiento de Madrid también ha mostrado su apoyo a Natasha después de que la pasada semana solicitara a Exteriores la concesión de visados humanitarios para los 22 casos vulnerables de personas refugiadas que necesitan atención urgente, en los que está incluída.

Desde Bienvenidos Refugiados, plataforma coordinadora de la solicitud de los visados humanitarios para los 22 casos vulnerables, confían en que Natasha llegue cuanto antes ya que, el permiso especial que le permite estar en Grecia de manera legal en este momento, expira el próximo mes de diciembre. Natasha confía en que su visado llegará porque además, casi todo su círculo afectivo y de seguridad en la actualidad está conformado por personas españolas. “Se portaron muy bien conmigo y soy muy feliz con ellas. Sé que en España todo va a ser más fácil y voy a tener apoyo y ayuda”.

La odisea de Natasha

“Mi madre me pidió que me marchara. Tenía miedo a que me acabaran matando en una de las muchas palizas que he recibido por ser transexual”. Así recuerda Natasha, con una mezcla entre tristeza y rabia el día que decidió abandonar Pakistán para poner rumbo a Europa. A mujer de 21 años de edad proviene de una familia de cuatro hermanas y cuatro hermanos extremadamente pobre en la provincia de Punjabi. Con siete años de edad empezó a utilizar vestimentas femeninas, lo que la llevou a recibir burlas y ataques constantes de sus hermanos y su padre. “Sólo mi madre y mi hermana me defendían a pesar de que tampoco les gustaba que me vistiera así. En Pakistán las mujeres no tienen poder, por eso si me ayudaban también les pegaban a ellas”.

Natasha siempre fue muy consciente de las implicaciones que tenía a nivel público y social declararse transgénero en Pakistán e intentar vivir de acorde a su verdadera identidad de género. Con los años las agresiones pasaron de la esfera privada a la pública y fue relegada a desarrollar trabajos asociados al rol tradicional de la mujer. “Primero trabajé limpiando casas. Yo hacía mi trabajo pero muchas veces el hombre de la casa intentaba abusar sexualmente de mi. Después empecé a bailar. Eso me encantaba, pero el problema fueron de nuevo los hombres. Querían abusar de mi. Era un objeto”.

En este punto, Natasha ya había comenzado su hormonación y tenía una apariencia femenina. Poco después inició una relación con un chico, hecho que fue determinante para que buena parte de su familia la rechazara incondicionalmente. Natasha y su novio fueron descubiertos en dos ocasiones. “La primera vez mis hermanos y mi padre me pegaron una paliza terrible” cuenta Natasha. “Me dijeron que no me querían en casa, que me fuera porque estaba avergonzando a la familia. Mi madre fue la única que me ayudó. Me dejaba dormir en casa a escondidas”. A ojos de la sociedad pakistaní, y a pesar de que se burlaban de ella por transexual, Natasha no era una mujer. Por eso, para la familia y para los vecinos la chica estaba manteniendo una relación homosexual y en Pakistán la homosexualidad está penada con prisión. “La segunda vez que nos descubrieron, la familia de mi novio llamó a la policía y me llevaron solo a mi a la cárcel. Allí me pegaron palizas, me torturaron y se burlaron de mi” recuerda Natasha. En esta ocasión la joven pudo salir de prisión gracias a un soborno con el que colaboró su hermana. A partir de este momento, el acoso público, las burlas por su condición de género y las palizas se incrementaron estrepitosamente hasta el punto de intentar acabar con su vida en dos ocasiones. Este fue el momento en el que su madre le pidió por favor que se marchara. “Si sigues aquí te van a matar. Vete hija. Yo ya no te puedo protejer más” recuerda Natasha entre lágrimas las últimas palabras da su madre.

Para tener recursos económicos y partir hacia Europa, la madre y la hermana Natasha decidieron pedir dinero a un prestamista sin comunicárselo al resto de la familia y poniendo su única vivienda familiar como aval. “Todas pensamos que una vez en Europa, yo podría ganar dinero suficiente para pagar el préstamo pero no fue así”. De hecho, meses más tarde el tratante al ver que el dinero no se estaba devolviendo, le comunicó el hecho a toda la familia y exigió que se le entregara la vivienda. El padre de Natasha intentó negociar con él y para eso le ofreció a una de sus hijas, en concreto a la hermana que siempre ayudaba a Natasaha, para que se casara con el y así saldar la deuda.

Los meses que vinieron después fueron un auténtico infierno. Aunque Natasha decidió parar su hormonación y adoptar una imagen masculina para hacer la ruta, esto no fue suficiente para frenar la barbarie. Tras realizar e trayecto entre Pakistán y Turquía en dos meses, la joven empezó a trabajar en una fábrica textil en Istambul durante tres meses. “Mi jefe no me pagaba. Yo no estaba bien y decidí marcharme. Él no me quería dejar ir y nos peleamos. En ese momento rompió mi documento de identidad y me dijo que si non me marchaba con las manos vacías llamaría a la policía” aclara Natasha.

Tras el periplo turco, la mujer pakistaní negoció con una mafia un pasaje en una barca para la isla de Lesbos por 700 euros. Nuevamente la madre le tuvo que enviar dinero para hacerlo pensando que esta vez Europa estaba muy cerca y su situación mejoraría de inmediato. En la travesía de 9 kilómetros hasta la isla de Lesbos murieron varias personas, entre ellas, dos amigos de Natasha.

Una vez en Atenas, trabajó durante meses para un hombre pakistaní en la recogida de naranja. “Fue terrible. El dueño me pegaba y abusaba sexualmente de mi. Dormíamos muchas personas en la misma habitación. Cuando se dieron cuenta de que era transexual empezaron a agredirme e intentar abusar de mi. Yo les decía que me dejaran pero era imposible”. En este momento, Natasha decidió continuar hacia el norte para cruzar la frontera entre Grecia y Macedonia para poner rumbo a Centro Europa pero fue imposible. Pasó 2 meses en Idomeni intentando cruzar. Allí se rodeó de personas de su comunidad. Le robaron el dinero que tenía guardado para pagar a la mafia y conseguir cruzar, pero también fue víctima de agresiones físicas constantes e intentos de violación. “Yo ya no sabía que hacer. Ya no tenía fuerzas. No aguantaba más”. Tras recibir una brutal paliza que la dejó destrozada, un amigo suyo la acercó a la carpa de Bomberos en Acción, siempre refiriéndose a ella como si fuera un hombre. En este instante fue cuando el personal sanitario se percató de que era una mujer transexual, y debido a su situación vulnerable, decidieron poner en conocimiento de las voluntarias independientes del campamento su situación.

“He tenido mucha suerte. Llegaron las voluntarias españolas y me dijeron que me protejerían. Me mandaron llevar mi tienda con las suyas para tenerme controlada” comenta Natasha. Ciertamente gracias a muchas voluntarias del estado como María o Andrea, Natasha puede hoy contar su historia. “Cuando la conocimos nos dimos cuenta de que era uno de los casos más vulnerables del campamento. Teníamos claro que era un caso por el que había que apostar porque sus circunstancias eran cada vez más adversas” comenta Vence.

Durante el desalojo de Idomeni fueron las propias voluntarias las que decidieron evacuar a Natasha sin demora, ya que temían que una vez en manos de las autoridades griegas, fuera llevada a una prisión masculina y seguidamente deportada de manera automática por ser pakistaní.

Afortunadamente, Natasha es hoy una superviviente de sus circunstancias pero sobre todo, de una sociedad heteropatriarcal, xenófoba y transfóbica que aplasta todo aquello que no cumple sus estándars. Natasha rebelde y subversiva, espera en Tesalónika la llamada que le confirme que puede venir al estado español, pero sobre todo espera con extrema inquietud la oportunidad de iniciar una nueva vida: la vida de una mujer transgénero, pobre, analfabeta y pakistaní llena de ilusiones y esperanza puesta en el futuro.

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