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En el País de las Maravillas

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Me manda eldiario.es a ver el debate. ¿A verlo desde dónde? Pues desde el debate en sí. ¿O qué os pensáis? ¿Qué este diario no tiene caché?

Entre eso y VOX no había color, así que dije sí rápido, antes de que cambiaran de opinión. “Ver debatir a Pedro Sánchez y a Mariano Rajoy en directo, qué cosas me pasan”, pensé.

Al entrar en el edificio de la Ciudad de la Imagen, donde se emitía, todo me resultó supercuqui:

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En la imagen, un todavía lúcido Campos Vidal

Mariano y Pedro llegaron puntuales, primero el “socialista” y luego el presidente. Las cámaras se turnaron para abalanzarse sobre ellos. Los candidatos posaron, sonrieron y luego fueron escoltados hasta un pasillo por el que accederían al plató del debate.

-¿Eres de prensa? - me corta el paso un chico de seguridad.

-Sí.

-Pues por allí. - dijo estirando el brazo y mostrando poca paciencia.

Así que seguí su dedo, en dirección contraria al camino que habían tomado los candidatos. Topé con un cartel con una flecha que decía “PRENSA”. Luego otro y luego otro. Una nueva flecha me sugería subir unas escaleras, donde me esperaba otro cartel y otra flecha. Luego un pasillo, otro cartel con otra flecha: “PRENSA”. “Por favor, esto es un yincana”, pensé, con la impresión de que me estaba alejando del plató, pero como no soy buena orientándome, me dije que quizás era otro camino alternativo que daba más vueltas pero llegabas al mismo sitio.

Pero donde llego es aquí:

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Sala para prensa con plasmas

"¿PERDONA?”

Giré sobre mis talones y deshice el camino hasta que vi a otro seguridad.

-Hola, mira, que yo venía a ver el debate.

El hombre mira mi acreditación que pone “PRENSA”.

-Hay plasmas ahí arriba, siguiendo las flechas.

-No, si ya, pero que yo quiero ver el debate en persona.

-¡Jajaja!

-Pero cómo que jajaja.

-Pues que prensa no puede acceder.

-¿Y qué sentido tiene eso?

El tipo señaló su propia identificación que pone “SEGURIDAD” y dijo “¿te parece que eso lo he decidido yo?”.

Bueno, pues este señor ya me había caído mal, así que pregunté a otro. Otro que también se ríe cuando le digo que quiero ver el debate. Le pregunté entonces negociadora si, quizás, durante la pausa podremos acceder al plató. Más risas.

-¡Pero si eres de prensa!- rió.

Volví a recorrer el camino de flechas. Me sentía como Alicia en el País de las Maravillas, siguiendo letreros y hablando con gente que reía de cosas aleatorias.

Cuando me senté, ya resignada, frente a uno de los plasmas que habían colocado para nuestro exclusivo deleite, vi a periodistas entrar y salir con comida y cervezas. “¡Ay, que hay cerveza! Ay, que esta vez sí, ¡aprende, Espe!” Y además, gratis. Había hasta un camarero poniendo cañas en una minibarra que habían habilitado en uno de los pasillos, junto a mesitas con quesos y embutidos. Yo me pedí una cerveza y lamenté muchísimo que no hubiera un plasma allí, ya quería ver el debate al lado de aquel camarero y de aquella barra.

-No nos dejan ver el debate en el plató.- le lloro al camarero.

-Hace falta un pase especial, dicen.

-¿Y cómo de especial tiene que ser?

-No sé, el tuyo es sólo de prensa, ¿no?

-Ya estamos. -me quejo- Me siento muy paria.

-Te pongo otra -se apiada de mí el camarero.

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cerveza tirada regular

El debate comenzó, yo me volví con los hacinados a la sala de prensa, donde se mandaron callar unos a otros hasta que todos guardaron silencio. Parecían muy profesionales. No se merecían esto, pero pensé que quizás les había pasado como a mí, que en cuanto vieron la birra gratis pensaron que, bueno, podría ser peor.

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No es un taller clandestino de Bangladés, es la sala de prensa del debate

En el plasma, primero saluda Pedro Sánchez. Luego le tocó el turno a Mariano Rajoy, que dijo: “buenash nochesh”. Los allí reunidos, en silencio durante el inicio, estallaron en una carcajada. Y no fue la única, entre el clic-clic-clic del tecleo de los portátiles se escapaban risitas cada vez que alguno de los dos candidatos decía cualquier barbaridad. Sobre todo con Rajoy, Rajoy lo triunfó especialmente, la verdad. Yo fui tomando notas de la conversación de besugos que mantuvieron los dos candidatos:

-Porque hace cuatro años…

-Pues anda que hace ocho...

-Dieciséis mil millones de euros…

-Trece millones de personas...

-Cosas, muchas cosas.

-Recortes…

-¿Qué recortes?

-ERE

-Bárcenas

-Indecente

-Ruiz

Cuando repasé mis notas me compadecí de mis compañeros, los pobres tenían que darle forma y contenido a aquello, fuera lo que fuera. También me daba mucha pena Campos Vidal, porque no parecía que estuviera muy bien de ánimo, pero me dije que al menos él estaba sentado en una butaca y no en una silla de preescolar que cojeaba, como muchos de nosotros.

Después de dos horas interminables, los ánimos habían caído en picado. La cerveza se había acabado, y Pimpinela no nos había dado ni un respiro. Miré a los asistentes allí apilados entre ellos escribiendo en sus portátiles como buenamente podían, y entonces más que de Lewis Carroll pensé que parecíamos una novela de Charles Dickens. Sólo nos faltaba la tos tuberculosa. Yo, de hecho, hacía ya un rato que quería llorar.

Dos horas de reloj viendo a dos personas enfadadísimas, insultadísimas. Todo parecía imperdonable, inadecuadísimo, una locura. Me dije que si los ciudadanos tuviéramos el mismo poco aguante que ellos para humillaciones e insultos, ya hace años que se hubiera librado la III Guerra Mundial.

Me dije que en cualquier momento igual despertaba de la pesadilla, como Alicia, pero no. Lo que pasó fue que tras una hora de espera y dos horas de tortura, los candidatos, uno detrás del otro salieron sonriendo por el pasillo por el que habían entrado. Ni rastro del monumental enfado, de la supuesta humillación imperdonable, ni de la vergüenza que parecían darse mutuamente. Salieron por donde habían venido, y hasta más ver. Y hasta más gobernar. Y hasta el próximo "debate".

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