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REGIÓN DE MURCIA

En los dominios del rey Lobo

Mohamed ibn Mardanis fue un monarca atípico que llevó Murcia a un inédito esplendor en el siglo XII

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Rey Lobo

Rey Lobo Argemiluis (Luis Fernández)

Mohamed ibn Mardanis (1124-1172), conocido como el rey Lobo por su astucia diplomática y militar, convirtió Murcia -entonces Mursiya- en capital de un reino cuyo territorio dominó el sureste peninsular de Cuenca a Almería durante los segundos reinos de taifas. Llevó la ciudad a un esplendor político y comercial inéditos, y logró mantener a raya durante 25 años la feroz expansión almohade. Aunque el esplendor de su mundo fue breve, sus ruinas aún pueden contemplarse en muchos lugares de la ciudad.

Ibn Mardanis nació en Peñíscola en el 1124, en el seno de una familia aristocrática de muladíes (cristianos convertidos al Islam en el siglo VIII). Algunos sostienen incluso que su apellido podría derivarse de Martínez.

Su ascenso político coincide con la decadencia del Imperio Almorávide, entre cuyas cenizas, ayudado por la fortuna y por su arrojo, logró abrirse paso.

La caída en Marruecos de los almorávides frente a los almohades dejó en la península ibérica un vacío de poder que muchos se apresuraron a aprovechar. Mohamed Ibn Mardanis fue uno de ellos.

Tras ser elegido sucesor de su tío Abeniyad en el gobierno de Valencia en 1146, sacó partido de la coyuntura y se autoproclamó emir de un territorio independiente.

Después, trasladó su capital a Murcia.

Paradójicamente, los almohades, cuya pujanza al otro lado del Estrecho hizo posible su osada maniobra, estaban destinados a convertirse en su peor enemigo.

Los almohades

A principios del siglo XII, en el Alto Atlas magrebí, surgió un movimiento reformador y revolucionario que iba a cambiar el panorama político, social y religioso del Occidente islámico: los almohades.

Varias tribus bereberes se unieron en torno a la nueva doctrina, que “pretendía recuperar la pureza original del Islam en lo que consideraban un mundo en decadencia”, relata el historiador Javier Albarrán.

En su radical reacción contra la apertura religiosa almorávide, los almohades negaron cualquier forma de Islam que no fuera la suya.

Para significar esta ruptura, adoptaron nuevos símbolos como las monedas cuadradas.

“El dirham cuadrangular era un eficaz elemento de difusión del mensaje almohade”, afirma Albarrán. “Rompe con lo que consideraban una tradición corrupta. Además, el cuadrado es símbolo de virtualidad. Y el cuatro es número base de la metafísica islámica”.

Una vez dueños del Magreb, la conquista de al-Ándalus era el paso natural, necesario: Había que purificar esa tierra en la que, se decía, los musulmanes, ablandados en su fe, se entregaban al baile y al vino.

 “El yihad contra el infiel era una herramienta de legitimación muy potente, y qué mejor lugar para conducir la guerra santa que al-Ándalus, frente a los cristianos”, explica el historiador.

Pero en su asalto a la península los almohades descubrieron que muchos musulmanes no se someterían pacíficamente al nuevo credo. Uno de ellos fue Mohamed ibn Mardanis, el rey Lobo.

Un rey libertino

La puritana propaganda almohade ha dejado para la historia la imagen de Mohamed ibn Mardanis como un monarca de costumbres relajadas. Lo describen como un libertino apegado a las concubinas, que vestía como los cristianos y que bebía vino. Esto, según dichas crónicas, “trastornaba su entendimiento”.

Cuentan que, al terminar sus fiestas, regalaba con frecuencia a los invitados la vajilla de plata e incluso los tapices que decoraban la estancia.

En cualquier caso, fue un gobernante atípico. De él se decía que prefería construir palacios antes que mezquitas.

“Fue un puente entre dos culturas”, afirman David Omar Sáez Giménez, Juan Jesús Botí Hernández e Isaac Alcántara Bernabé, creadores del blog de divulgación histórica  Ad Absurdum.

“Sólo hay que ver el oratorio de su alcázar que se conserva en la iglesia de San Juan de Dios”, añaden. “Esos colores son muy poco frecuentes en el universo islámico”.

Otra muestra de lo distinto de su mundo la encontramos en una rarísima pieza de artesanía que se conserva en el Museo de Santa Clara: la flautista.

“La mujer que toca el mizmar parece confirmar las fiestas y banquetes que se organizaban en la corte de Ibn Mardanis, y en las que, probablemente, se daba rienda suelta a actitudes artísticas e intelectuales”, declara Javier Albarrán.

“La representación de la figura humana es algo muy raro en el mundo musulmán”, recuerdan desde Ad Absurdum.

Precisamente, la flautista de Santa Clara fue hallada en el castillejo de Monteagudo, escenario principal de la sofisticación y el lujo en el reinado de Ibn Mardanis.

El rey Lobo hizo levantar dicho edificio en plena huerta, como finca de recreo y lugar de recepción de los emisarios extranjeros.

Por él pasaban dignatarios y comerciantes. Pero también artistas, poetas, músicos.

Pero mientras la música sonaba bajo las cúpulas policromadas de sus mansiones, a tan sólo unos centenares de kilómetros, el Imperio Almohade, rabiosamente contrario a la representación de la figura humana, purificaba las mezquitas destruyendo su decoración.

Eran dos concepciones de la vida y de la política que iban a colisionar. Y los almohades codiciaban las ricas tierras que Ibn Mardanis gobernaba.

Vista desde las ruinas del castillejo de Monteagudo

Vista desde las ruinas del castillejo de Monteagudo Noelia López

Guerra y diplomacia

En su desembarco en al-Ándalus, los almohades consiguieron someter rápidamente Tarifa, Algeciras, el Algarve, Jerez, Badajoz.

En 1148, plantaron su estandarte blanco -símbolo de pureza religiosa- en Sevilla.

En apenas unas décadas, alzaron un imperio que iba de Libia a las Baleares y el actual Portugal.

En el proceso, se llevaron a cabo purgas de desafectos que supusieron la ejecución de 30.000 personas sólo en la península.

Mientras, Ibn Mardanis consolidaba su territorio.

Cuando las huestes almohades, formadas por bereberes, árabes, esclavos negros y arqueros turcos, entraron en Almería en el 1157, el rey Lobo vio sus territorios definitivamente amenazados.

Dispuesto a mantener la independencia a toda costa, fundamentó su estrategia en dos pilares: la diplomacia y la guerra.

Con ellos lideró la resistencia antialmohade durante más de dos décadas.

Se apresuró a establecer alianzas con los reyes cristianos del norte. Compró su apoyo militar. Se convirtió en protegido de la Corona de Castilla, que alentó su resistencia frente al poder almohade.

Según Javier Albarrán, tales políticas “le permitieron mantener estables sus fronteras norteñas y frenar el avance almohade en el suroeste”.

Armó un poderoso ejército que aunaba musulmanes y mercenarios cristianos. Estos últimos, famosos por su efectividad como tropa pesada, componían su guardia de corps.

“El uso de tropas cristianas por parte de musulmanes para hacer frente a otros musulmanes se constata desde el siglo XI, con la crisis del califato”, explica el historiador.

Los almohades, con cierta hipocresía propagandística, afirmaban que la presencia de cristianos en el ejército del rey Lobo era otra “desviación de la pureza”, y lo acusaban de mantener “amistad y compañerismo” con los cristianos.

Cierto o no, Ibn Mardanis logró con ellos tomar Albacete, Jaén, Úbeda, Baeza, Écija y Guadix. Amenazó Córdoba y puso cerco a Sevilla, la capital almohade en al-Ándalus. Llegó incluso a tomar Granada durante un breve periodo de tiempo.

Para defender sus dominios, creó un férreo sistema de fortificaciones: Tres castillos protegían la huerta por el norte y otros dos, el de la Asomada y el Portazgo en el Puerto de la Cadena, por el sur. Con el castillo de Blanca dominó la Vega Alta y el Valle de Ricote. Alzó también un alcázar en la costa del Mar Menor.

Pero, sin duda, la perla de la arquitectura defensiva del rey Lobo fue la muralla de Murcia: Un formidable conjunto con lienzos de quince metros de alto, reforzados con foso, antemuralla y 95 torreones para preservar la capital del reino.

Ningún enemigo logró jamás franquearla mientras se mantuvo en uso, hasta el siglo XV.

Hoy, unos cuantos tramos sobreviven y pueden visitarse, como el de Verónicas o el de Santa Eulalia. Otros aparecen desperdigados en parkings e incluso bares.

Esplendor

Al abrigo de esas defensas, la ciudad floreció como nunca lo había hecho.

El rey Lobo puso a Mursiya en el mapa político. La moneda de la taifa se convirtió en la divisa internacional más apreciadas en Europa.

“Las cecas de Valencia y Murcia acuñaron muchísima moneda que, bajo el apelativo de morabetinos lupinos, seguía siendo importante todavía en el siglo XIV”, declara Javier Albarrán.

La prosperidad se fundamentó en la huerta, los textiles y la artesanía. La fama de la cerámica murciana llegó a las repúblicas italianas, adonde se exportaba.

Se introdujo también el cultivo de la seda. Proliferaron el ocio y la cultura.

La capital de la taifa vio incrementada su población a 28.000 habitantes.

Este esplendor queda reflejado en los palacios y jardines que Ibn Mardanis hizo construir.

Creó el arrabal de la Arrixaca, surtido con las aguas de la acequia mayor Aljufía.

“Hoy se habla de la España de los reinos de taifas como algo malo, pero… ¿malo para quién?”, se preguntan en Ad Absurdum. “Para Murcia, con el rey Lobo, desde luego no. La ciudad tuvo en este periodo su máximo esplendor”.

Precisamente en la Arrixaca, Ibn Mardanis mandó hacer un elegante palacio -al Dar al Sugra- sobre el que actualmente está el monasterio de Santa Clara. El edificio religioso guarda todavía preciosos rasgos del original, como la alberca, que nos remiten al esplendor de la mansión en tiempos del rey Lobo.

“Los restos arquitectónicos que se conservan nos hablan de un rico programa iconográfico de legitimación del poder del soberano”, apunta Javier Albarrán.

Fue una etapa de gran desarrollo de las técnicas decorativas, de la que nos han llegado numerosas pinturas murales y yesos tallados.

También se conservan adarajas pintadas con representaciones antropomorfas.

“Se mantiene un estilo andalusí frente al más austero impuesto por los almohades”, detalla el historiador.

Pero la fiesta tenía un alto precio: Para pagar sus ejércitos, palacios, castillos y la paz con los reyes cristianos, el rey Lobo sometió a sus súbditos a elevados impuestos.

Centenares de kilos de oro viajaron al norte a lo largo de más de dos décadas.

Muralla de Verónicas

Muralla de Verónicas Noelia López / Murcia

La caída

El año 1165 marca el comienzo del fin de Mohamed ibn Mardanis, precisamente cuando está en el cénit de su poder.

Con los triunfos llegó la confianza. A su arrojada acometida contra los almohades, que lo llevó a adentrarse hasta Córdoba y asediarla, el enemigo respondió despachando a Mursiya un poderoso ejército reforzado con tropas de más allá del Estrecho.

Ibn Mardanis sufrió frente a esta fuerza su primera gran derrota, en Alhama. Sus tropas tuvieron que abandonar el valle del Guadalentín y buscar refugio en la capital.

Las murallas de Mursiya probaron entonces su inexpugnabilidad: Protegieron a los restos del vencido ejército y a la población civil.

Pero los almohades no desaprovecharon la ocasión de infligir daño a su viejo y odiado enemigo: Destruyeron y saquearon la huerta a placer.

La suntuosa finca de recreo del castillejo de Monteagudo, escenario de tantas fiestas, donde tantas noches sonó la música y se escuchó la poesía, fue demolida piedra a piedra con inquina.

”Si el castillejo está como está, es porque los almohades lo hicieron bicarbonato… aparte de porque en los sesenta se construyó allí una balsa de riego”, afirman desde Ad Absurdum. “Para los almohades, en su puritanismo, aquello era una casa de putas, con colorines y patios. No dudaron en hacerlo polvo”.

Aunque el rey Lobo aún consiguió mantener su taifa en pie siete años más, la adversidad ya nunca lo abandonó.

La que sus enemigos proclamaban como libertina vida, el exceso de lujo, la entrega del señorío de Albarracín a un caballero cristiano… Todas estas cosas acrecentaron el descontento de una población agobiada por los impuestos y por lo que muchos consideraban una excesiva presencia cristiana.

Algunos de sus súbditos emigraron a tierras enemigas.

Pero sin duda el revés clave fue la traición de su suegro y aliado, Ibn Hamushk, quien se sometió a los almohades en el 1167.

Ibn Mardanis reaccionó emprendiendo nuevas campañas para anexionarse los territorios del padre de su esposa, a la cual abandonó. El rey Lobo estaba cada vez más solo.

En 1171, el Imperio Almohade lanzó la ofensiva definitiva contra su debilitado enemigo.

Una tras otra, las poblaciones se rindieron a los conquistadores. Los locales adoptaban su doctrina y se expulsaba a los cristianos.

De nuevo las murallas de Mursiya fueron el último refugio del rey. De nuevo, los almohades se estrellaron contra ellas.

Pero a Mohamed Ibn Mardanis no le quedaban fuerzas para rehacerse de nuevo. Solo, sin aliados, encerrado en una ciudad férreamente sitiada, se sintió morir.

En el lecho de muerte, aconsejó a su hijo Hilal que se declarase vasallo de los almohades y abrazase su credo. Así sus sucesores pudieron conservar el gobierno de la ciudad y prolongar una era de prosperidad que aún duraría.

Esto el rey Lobo ya no lo vio. Murió en marzo de 1172, con 48 años, asediado y vencido. Pero sin llegar a rendirse jamás.

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