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No todo va a ser follar

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¿Y quién te había dicho que la vida iba a ser fácil? ¿Pensabas que lo real era la adolescencia eterna? ¿Pasar de la Tarjeta Joven hasta los cuarenta a la prejubilación a los cincuenta y cinco? ¿Vivir de los padres hasta poder vivir de los hijos? ¿Instalarte en la eterna primavera de El Corte Inglés? No, colega, ya has visto que no era tan sencillo. Todo lo erigido puede fácilmente caerse y lo normal es que lo haga si nadie se esfuerza en impedirlo. Hay que valorar lo conseguido como si fuera un tesoro y hay que saber de dónde vienes para saber a dónde no quieres ir.

Quienes te dicen que esta sociedad es una mierda, que todo es muy complicado, que habría que volver a la comunión con la naturaleza, no saben de lo que hablan. La vida 'natural' es una esclavitud. Esclavitud al tiempo atmosférico, al trabajo de sol a sol, al eterno ritual de las costumbres inamovibles, al cotilleo, a la caspa, a la religión de botijo, al vino de mesón. Volver al campo no es ir de fin de semana al agroturismo para salir a pasear con chándal y comer luego verduritas y tomar zumo de pomelo; es volver a la azada y al surco, a la vaca y a su estiércol, a la estupidez de las ovejas y a la conversación de las gallinas. Es una vida para gente de carácter, fuerte, asentada en la tierra como los robles, trabajadora como una mula, inexpugnable a los reveses de la fortuna y de la soledad. Tú no eres así.

Naciste en un mundo precario y aprendiste a comer de todo, por eso sabes que no es lo mismo degustar chuleta que filete de corazón. Estudiaste lo suficiente como para poder elegir y renunciaste a apretar tuercas o rellenar formularios. Querías otra cosa porque creías que te lo merecías. Porque eres así, arrogante sin premeditación, hábil sin esfuerzo, listo sin astucia, simpático sin excesos, esforzado sin riesgo, trabajador sin ambición. Lo que ocurre es que eres —y perdona si te ofendo—  del montón.

Estudiaste lo suficiente como para poder elegir y renunciaste a apretar tuercas o rellenar formularios. Querías otra cosa porque creías que te lo merecías. Porque eres así, arrogante sin premeditación, hábil sin esfuerzo, listo sin astucia, simpático sin excesos, esforzado sin riesgo, trabajador sin ambición. Lo que ocurre es que eres del montón.

Mira a tu alrededor: hay millones como tú. Alguna vez te dijeron que todos somos únicos e irreemplazables, pero es mentira. Las ciudades bullen repletas de humanos intercambiables a los que sólo distinguen sus propias familias, y no siempre. Todos los días un cura ofrece un funeral por alguien imprescindible que pronto será olvidado. Las mentiras piadosas sirven para reconfortar en el dolor, pero son letales en la vida diaria.

Has renunciado a las certezas de la religión, a la histeria de la política, a los espejismos de la cultura, a las mentiras sanguinarias de la revolución, al esfuerzo del compromiso y sobrevives desorientado en una sociedad que sólo reclama tu participación a la hora de consumir. Huyes del fango de la revuelta como huiste del sacrificio de la responsabilidad y haces cada vez más estrecho el campo de juego fingiendo ser el aristócrata de una nobleza que jamás ha existido.

Deberías despertar de una vez. Tu confortable mundo de irresponsabilidad e inocencia se está disolviendo como un azucarillo y todas esas gentes a las que considerabas muertos vivientes tienen más posibilidades que tú de salvarse del desastre. Su compromiso, en algunos casos trivial, es el de quienes no han delegado toda su responsabilidad en otros, el de quienes construyen aunque sea mal, el de quienes ponen parches ahora porque es preferible eso a esperar sentado el advenimiento de la Utopía, el de quienes prefieren ensuciarse equivocándose a no equivocarse jamás por no hacer nunca nada. 

Levanta el culo y espabila. Elegir es renunciar y renunciar es sacrificar algo. Demuestra lo que vales, hazte oír, colabora en arreglar lo tuyo que es lo nuestro, ofrece conversación o da ideas, crea belleza, canta, toca la armónica o corre esa maldita carrera que siempre ibas a correr. Echa una mano. Discute. Llega a acuerdos. Construye. Pero deja de una maldita vez de dar la brasa y vender soluciones absolutas que nadie compra. O lo resolvemos entre todos o no lo resuelve nadie. Y ponte manos a la obra ya, colega, que como dice Javier Krahe, no todo va ser follar.

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