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El futuro de los BRICS

La pregunta pertinente es si el grupo de los BRICS, en estas circunstancias tan adversas, tiene posibilidades de afianzarse y de jugar el papel geoeconómico que hace más de una década se le pronosticaba

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Cuando Goldman Sachs acuñó el término BRIC en 2001, refiriéndose a las economías emergentes de Brasil, Rusia, India y China, estas vivían un intenso proceso de dinamismo económico y sus expectativas eran que este se iba a mantener a largo plazo. Los cálculos que hacía la propia Goldman Sachs era que estos países se iban a convertir en potencias mundiales y, para 2050, del G-6 de 2003 (EE.UU, Japón, Alemania, Francia, Italia y Reino Unido), solo los dos primeros estarían entre las seis más grandes economías del mundo. Su puesto lo ocuparían, China que sería la mayor economía del mundo, India que ocuparía el tercer lugar, Brasil (5º) y Rusia (6º).

Como se sabe, posteriormente, en febrero de 2011, a instancias especialmente de China, que tenía interés en incluir a un país africano en el grupo, la denominación se amplió a BRICS, incorporando la S de Sudáfrica. Y así ha quedado configurado el grupo hasta hoy.

Algunos de estos países soportan ahora procesos muy agudos de crisis, especialmente Brasil  y Rusia. China muestra signos de enfriamiento, con un crecimiento estimado en 2015 del 6,9%, la cifra más baja de los últimos años. Sudáfrica está estancada con crecimientos de poco más del 1% e India es el único que resiste con un crecimiento del 7,3%. La pregunta pertinente es si el grupo de los BRICS, en estas circunstancias tan adversas, tiene posibilidades de afianzarse y de jugar el papel geoeconómico que hace más de una década se le pronosticaba.

En contra de la opinión de muchos expertos y medios de comunicación, que han expresado sus dudas y escepticismo sobre el futuro de esta alianza, mi sentir es que estos cinco países van a seguir alcanzando posiciones comunes en muchos asuntos de interés global y se van a consolidar y reforzar como un importante grupo de presión en el futuro.

Para justificar esta posición recurriremos primero a los datos, luego a los hechos y finalmente a las conjeturas.

Empecemos por los datos. Estos cinco países disponen de una muy relevante dimensión política, económica, además de recursos naturales estratégicos. Por ejemplo, una gran población: China con 1.364 millones de personas, India 1.295 millones, Brasil 206 millones y Rusia 143 millones. En Sudáfrica viven 54 millones de personas. En total, el 42,5 % de la población del mundo, según datos 2014 del Banco Mundial.

Su peso económico es también enorme. Los BRICS representan  el 26 % del territorio mundial, han alcanzado casi el 30 % del PIB mundial y el 17 % del comercio.

Pero más importante aún, tienen una agenda política internacional con intereses comunes y de indudable trascendencia internacional. La reforma de la ONU y otras instituciones multilaterales, como FMI o Banco Mundial, la posición sobre el calentamiento global o su posicionamiento ante conflictos como los de Irán o Afganistán.

Es cierto que no todos son semejanzas, ni complementariedades. Muchos autores han hecho énfasis en lo que les separa y diferencia. Sistemas políticos muy variados, con fragante menosprecio -en casos como China y Rusia- por los derechos humanos. Posiciones no coincidentes en asuntos de política agrícola, donde Brasil es defensor del proteccionismo agrario. Itinerarios industriales muy diversos. Regímenes cambiarios diferentes. En fin, estructuras económicas y productivas heterogéneas. Brasil basada en recursos naturales y materia primas. Rusia con hidrocarburos y gas. China como proveedor de productos cada vez más sofisticados e inversor internacional e India como proveedor de servicios tecnológicos. Como puede verse, especialización exportadora diferente y dudosa coherencia comercial.

Pero sigamos con los hechos. Estos países se reúnen anualmente. Llevan celebradas siete cumbres. La primera en 2009 en Ekaterimburgo (Rusia). La séptima en Ufa, también en Rusia, en julio de 2015. Cierto con mucha retórica, pero también con resultados concretos. Por ejemplo, la creación del Nuevo Banco de Desarrollo  – no confundir con el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras- con un capital de 100 millones de dólares y la creación del Acuerdo de Reservas de Contingencia, un pool de reservas de otros 100 millones de dólares para aliviar sus problemas de balanza de pagos. Como puede verse, el grupo BRICS es ya una realidad económica y política.

Y ahora vayamos con las conjeturas.

Estados Unidos están afianzando su posición de potencia líder mundial. Su economía es muy potente. Un crecimiento del 2,6 % en 2015, una tasa de paro del 5% (técnicamente pleno empleo), 14 millones de puestos de trabajo creados durante la administración Obama  y liderazgo financiero y tecnológico. Las 10 empresas más importantes del mundo por su valor en bolsa son de Estados Unidos, cinco de ellas tecnológicas. En 1993, en este mismo ranking,  de las 10 primeras empresas, siete eran japonesas, hoy prácticamente desparecidas del mapa. El vicepresidente Biden decía hace poco que nunca se había sentido tan optimista sobre el futuro del país.

El Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica afianza a EE.UU. en el Pacífico, el centro económico del futuro, de cuyo acuerdo está excluido China. Además, el fracking, independientemente de vicisitudes coyunturales del precio del petróleo, le ha dado autonomía energética. Y no hablemos de  su capacidad militar después de las dos guerras de Iraq.

Esto significa que para hacer frente a EE.UU. se van a necesitar contrapoderes. Evidentemente China es la otra potencia que se vislumbrA en el horizonte a muy largo plazo. No creo que a las autoridades chinas -una cultura que asocia el concepto tiempo a cambio y proceso-   les asuste pensar a 50, 100 e incluso 200 años, cuando se está hablando de la decadencia y ascenso de nuevas potencias mundiales. Pero en esta tesitura a China le interesa participar en un bloque que actúa como contrapeso y más en un momento en el que su economía muestra signos de debilidad.

El Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica afianza a EE.UU. en el Pacífico, el centro económico del futuro

China tiene todavía muchos problemas que resolver. Sus reservas se han reducido un 20% desde junio de 2014. Además tiene una población envejecida, un PIB por habitante muy bajo, todavía no ha afianzado su clase media y está en plena burbuja inmobiliaria. Tiene un exceso de capacidad industrial, que añadido a la devaluación de su moneda, está creando enormes problemas a la industria mundial que puede acabar volviéndose en su contra.

Pero esencialmente China tiene que abordar un cambio de modelo económico. Inexorablemente se tiene que producir un desplazamiento de las exportaciones baratas y de la inversión (extranjera e interna) en infraestructuras a un nuevo modelo basado en el consumo interno y las exportaciones de productos de mayor valor añadido. Un modelo más sostenible pero con  tasas de crecimiento de su PIB previsiblemente más reducidas. En fin, un modelo  más homologable al de los países avanzados.

Por otro lado, Rusia está atravesando momentos difíciles con la caída del precio del petróleo y las sanciones internacionales por el conflicto de Crimea, pero su economía es potente. Sigue teniendo un tejido industrial tecnológicamente poderoso y su capacidad militar es considerable, como lo está demostrando en Siria. Rusia está intentado recuperar su papel de potencia global.

India aspira a convertirse en el gran proveedor de servicios tecnológicos del mundo, pero sus ambiciones de hegemonía política son regionales por lo que de nuevo sus intereses solo chocan parcialmente –una vez solventados los problemas fronterizos- con la de los otros actores, especialmente China. Tiene algunas ventajas importantes frente a China: una población joven, técnicos muy formados que se desenvuelven en inglés, una normativa y requerimientos importados del Reino Unido y una política internacional cada vez más ambiciosa, por ejemplo, al igual que está haciendo China, posicionándose en mercados con mucho porvenir como es el caso de Irán.

La incorporación de Sudáfrica en el grupo obedece más a razones políticas que económicas. Este país juega un rol importante como líder regional en las instituciones del continente. No obstante, su contribución al grupo desde una perspectiva económica tampoco es desdeñable. Sudáfrica representa el 6% de la población, el 25% del PIB y el 45% de la producción minera del continente. Es el país más industrializado de África, tiene un mercado financiero integrado en el mercado de capitales mundial, está geográficamente muy bien situado y, en fin, es  uno de los destinos más atractivos para invertir. Eso sí con tasas de crecimiento impropias de los países emergentes, una tasa de paro del entorno del 25%, una inflación del orden del 5 % y unas infraestructuras de transporte y energéticas deficientes.

Finalmente, Brasil está atravesando grandes dificultades políticas y económicas. Como explicaba recientemente Antón Pradera, presidente de Cie Automotive, este país ha vivido unos años de bonanza económica basados en una combinación de crecimientos de la productividad y de los salarios. Cuando la productividad comienza a crecer por debajo de los salarios se producen tensiones inflacionista, alimentadas por los superávits exteriores. Esto empobrece a una clase media recién salida de la miseria (una cifra nada baladí de 40 millones de personas), que en junio de 2013 ya salió a la calle a protestar por la subida de los precios del transporte, y que Dilma Rousseff acalló entonces  prometiendo reformas institucionales. Algo que no ha podido cumplir posteriormente cuando le ha explotado en sus manos el escándalo de Petrobas, ampliado además con el impacto de la caída del precio del petróleo y del resto de las materias primas y la depreciación del real. Ni la actual presidenta, ni la oposición van a tener el liderazgo suficiente para abordar las reformas necesarias, en términos de desregulación y apertura económica, para hacer frente a los problemas de productividad y competitividad del país. Con estas difíciles perspectivas, Brasil no tiene nada que perder en este grupo y sí mucho que ganar. Su presencia en la alianza BRICS le puede ayudar a hacer frente a sus problemas y a mantener y reforzar su liderazgo regional.

En definitiva, los cinco países pertenecientes al grupo BRICS han formado un grupo coherente con una agenda común en materias muy diversas y que incluso va a permitirles hacer frente a una coyuntura financiera adversa. Les une la búsqueda de un poder multilateral más compartido y han encontrado una fórmula muy flexible de alianza. “Coalición blanda” lo llamaban en un informe del Banco de España de 2011.

Como hemos visto muchos intereses comunes – y pocas áreas de conflicto- que pueden combinar cada uno con su propia agenda. China para utilizarlo como instrumento frente a la hegemonía estadounidense. Rusia para recomponer el antiguo ámbito de influencia política soviético. India con su propia agenda económica y política regional. Y Brasil y Sudáfrica encantados de pertenecer a esta elite mundial.

Después de todas esas disquisiciones uno se pregunta, ¿y dónde está la agenda exterior –política y económica- de la UE?

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