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Ciegos que se ponen ídem

Los retrones consumen sustancias ilegales en una proporción similar a la que existe en la población general..., como no podía ser de otra manera

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Cogollito —Por Bob Doran@flickr

Cogollito. / Por Bob Doran@flickr

Como los autores de este blog nunca hemos probado las drogas ni las probaremos jamás, hemos invitado hoy a esta sección de "otras voces" a un ciego con experiencia en estas lides para que nos cuente cómo se compagina la retronez y los estupefacientes esos que están destruyendo la juventud española y su otrora recta moral nacionalcatólica.

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El ciudadano medio biempensante y políticamente correcto, quizás piense que los retrones ni beben, ni fuman, ni foll... tienen relaciones sexuales. Pues bien, sólo hay que visitar una fiesta de retrones visuales (y he visitado alguna que otra) para darse cuenta de que al menos lo de beber es falso.

Asimismo, visitando una actividad similar que incluya pernocta, descubriremos que la castidad no es un valor en alza entre el colectivo. Y no quiero decir con esto que las fiestas de ciegos sean orgías desenfrenadas, sino que, simplemente, en la misma proporción que en cualquier fiesta, cuando se reúnen varios retrones visuales para divertirse, hay borrachos y borrachas, mojigatos y mojigatas, calientabraguetas y babosos. Ni más ni menos.

Por supuesto, y de acuerdo con la misma norma general, hay ciegos que fuman y no sólo tabaco. Hay ciegos que consumen cocaína e imagino que lo mismo con todas las sustancias. En una proporción similar a la que lo puede hacer la población no retrona..., y encima contando con la sobreprotección familiar, que a veces termina siendo contraproducente.

A este respecto, voy a contar una anécdota personal para que ustedes, lectores y lectoras, se pongan en situación.

Hace unos dos años, vivía yo en un barrio humilde del sur de la capital del reino. Hacía una buena noche y decidí bajar a cepillar a mi perro guía a un banco de la calle. Como ya era más de la una de la madrugada, me lié un cigarrillo de esos que ahora van a ser legales en Uruguay, para hacer más amena la tarea.

Llevaba un rato adecentando y poniendo guapo a mi compañero peludo, cuando desde un coche se me da el alto y se me dice textualmente:

—Quieto ahí y no disimules, que lo hemos olido.

Evidentemente, era la policía, pero para quien no ve los uniformes ni el coche y tiene la imaginacion enriquecida por el THC, todo es bastante más surrealista.

Oigo pasos de dos individuos acercándose y, cuando llegan a mi altura, uno se dirige a mí:

—Estabas fumando. —Ése era el listo.

El otro añade:

—A ver, vacíate los bolsillos. —Llaves de casa, móvil, mechero y cepillo del perro, nada más.

—¿No tienes más que eso? —Imagino que el agente señalaba mi medio cigarrillo tirado ya en el suelo, pero yo eso lo tengo que imaginar.

A todo esto, mi perro, mucho más diplomático que yo, ya estaba saludando al otro policía. Con tanta suerte que debió de ver la medalla que lo identifica como perro guía o el arnés colgado del respaldo del banco.

—Que es ciego... —le advierte al compañero que me hizo la anterior pregunta.

Silencio, recomposición de la postura.

—¿Eres ciego? —pregunta el otro para corroborar la observación de su compañero.

—Sí —respondo yo, simplemente. Aunque bien podría haber dicho: "¿Eres tú policía?", pero las buenas respuestas quedan para los libros y los blogs.

—¿Ciego y te colocas? ¿Y serás capaz de volver a casa?

—Sí, agente, vivo aquí al lado —(y no es la primera vez que salgo de noche).

—Bueno, pues tira eso y no andes por estas calles a estas horas que hay mucha gentuza... Y no fumes eso... Buenas noches.

—Buenas noches.

Éste fue, palabra más, palabra menos, el intercambio que tuve yo con dos agentes de la ley. Porque lo eran, ¿verdad? En ningún momento se identificaron como policías, así que yo tuve que deducir todo. Podríamos pensar que nadie da el alto si no es policía, ni te reprende de esa forma, ni va en parejas de hombres altos poco dialogantes... Pero yo también pensaba que los policías deberían haberse dado cuenta de mi circunstancia desde el principio y, desde luego, dirigirse a mí con otras formas. Al menos los policías que resuelven asesinatos en las novelas lo hacen así.

Despues de la charla, mi perro me miraba como preguntándose: "¿Quiénes eran esos tíos? ¿Por qué has dejado de cepillarme?".

—Esos eran dos policías y, por su culpa, papi tiro su cigarro al suelo y ahora no lo puede encontrar. Ya podían adiestrarte en la escuela para buscar las pertenencias de papi, porque esos dos me han jodido la noche.

Así que volví a mi casa, sin mi cigarro y sin una denuncia por posesion de marihuana que, sinceramente, no me apetecía mucho. Parece que a la policía le cuesta asociar retrón y delito... Y que siga así por mucho tiempo.

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