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Ocho mujeres que no encontrarás en los titulares

Luz: investigar para que su historia no se repita

Luz Rello tiene 29 años y en 2013 se convirtió en la primera investigadora española en recibir el premio European Young Researchers' Award por su trabajo en el campo de la dislexia, un galardón que reconoce una larga historia de superación personal repleta de encontronazos con el lenguaje.

“Después de varios años suspendiendo y sentada en una mesa especial para niños fracasados, mi tutora detectó mi dislexia. Comencé a hacer ejercicios de reeducación que me ayudaron mucho, pero eran muy poco motivadores. Ahora que la tecnología está totalmente incoporada en la sociedad, ¿qué mejor forma de corregir estos problemas que de forma interactiva?”, explica Rello con ilusión después de graduarse en Lingüística, hacer un máster en Inteligencia Artificial y meterse de lleno en el desarrollo de una aplicación para móviles y tabletas ('Piruletras') que se utiliza como apoyo en las clases de refuerzo para niños y niñas disléxicos.

En un sector tan masculinizado como la informática, Luz percibe como mujer esa sensación de minoría. “Tengo la impresión de que, cuando se nos premia por algo, pensamos que es de casualidad, que es una equivocación. Tenemos que demostrar constantemente lo que ya hemos conseguido y lo que somos capaces de hacer”.

Fátima: lucha en primera persona contra la ablación

La rebeldía de Fátima Djarra parece casi innata. Su batalla empezó cuando, tras sufrir la ablación con cuatro años, comenzó a preguntarse por qué en su país de origen, Guinea Bissau, casi la mitad de las mujeres tenían que pasar por este calvario. Recuerda cómo en Guinea su grito era mudo porque la ablación sigue siendo un tema tabú. Era el “bicho raro”.

Ahora, con 45 años y las heridas cicatrizadas, Fátima forma parte de Médicos del Mundo y trabaja desde España con la comunidad africana para sensibilizar a las familias y animarlas a romper con el peso de la tradición. El camino no ha sido fácil y el riesgo nunca se extingue por completo. “Lo más peligroso es cuando vuelven a sus países de vacaciones, aunque cada vez son más las mujeres que protegen a sus hijas de la ablación”.

En Pamplona, donde vive desde 2008, Djarra es también una de las 60 mujeres que integran la asociación Flor de África, donde, además de reivindicar sus derechos, luchan para visibilizar la cultura africana. Ella tiene claro cuál es la mejor forma de hacerlo: “Hablar en primera persona y que mi experiencia sirva para ayudar a otros”.

Ascención: una deuda pendiente con el pasado

Cumplió 88 años en medio del Atlántico, en un avión que la llevaba a Buenos Aires a encontrarse con la jueza María Servini. Iba a pedirle lo que lleva pidiendo toda la vida: rescatar los restos de su padre, Timoteo, de la fosa común en la que lo enterraron tras fusilarlo en 1939, poco después de que acabara la Guerra Civil. Ascención, la segunda de siete hermanos, tenía apenas 12 años. Y jamás olvidará “el día en el que vinieron a llevárselo”.

Su madre, María, no pudo siquiera ver a su esposo antes de que lo mataran. Se había llevado a sus hijos del pueblo (Sacedón, Guadalajara) huyendo de las represalias y del rechazo de su propia familia, que la castigó por haberse casado “con un rojo”. Viuda y pobre, se dedicó al estraperlo para dar de comer a sus hijos y pronto acabó en la cárcel. Ascención, con 14 años, sacó toda su fuerza de espíritu para sacar adelante a la familia.

Y esa fuerza, esa energía que la ayudó a convertirse en sastre y en criar a sus cuatro hijos, le ha servido también para pelear por saldar sus deudas con el pasado. Hace unos días, una llamada le comunicó que la jueza que lleva la querella argentina contra los crímenes franquistas ha pedido oficialmente la exhumación de los restos de Timoteo Mendieta. Ella, llorando sin parar, reconoció a sus hijos: “Me siento más cerca de mi padre que nunca”. Ahora resta ver cuánto colaborará la Justicia española para que Ascención cumpla su sueño: “Morirme con los huesos de mi padre”. Pero ella, pletórica, va un paso más allá: “Tenemos que sacarlos de la cuneta a todos”.

Pepa: teatro para combatir la exclusión

Nacida en la campiña sevillana, la galardonada directora de teatro Pepa Gamboa ha sabido poner sobre las tablas las dos caras más extremas del mundo gitano, el flamenco y la exclusión social, sin dejar de lado ni el arte ni la dignidad.

Su versión de la lorquiana La casa de Bernarda Alba llevó a las mujeres del poblado chabolista El Vacie al Teatro Español y a los escenarios nacionales e internacionales más prestigiosos, abriéndoles así las puertas del éxito y el mundo laboral. De carácter profundamente innovador, se le considera la renovadora de la escena flamenca con la obra Los zapatos rojos, protagonizada por el bailaor Israel Galván.

Desde José Luis Gómez hasta Paco León, pasando por Ana Fernández o seis niños de zonas marginadas de Sevilla que interpretaron El sueño de una noche de verano ante el quinto Beatle, Paul McCartney, Gamboa sólo exige una cosa a sus actores: que compartan su pasión por el teatro.

María Inés: la agricultura es también cosa de mujeres

“Me enamoré en mi tierra y volví”. Esa es la razón por la que María Inés Casado lleva la mitad de su vida siendo agricultora. Nació en Andújar (Jaén), pero creció en Zaragoza, estudió Dirección de Empresas y trabajaba en un banco. Lo dejó todo para crear una familia en Villanueva de la Reina, un municipio de 3.300 habitantes, con la idea de colaborar en la explotación agrícola de su marido.

Pero una oportunidad laboral para su esposo la llevó asumir el rol imprevisto de agricultora. Aprendió “a regar, a sulfatar, a manejar el tractor”. “Al principio, el tractor me provocaba ataques de ansiedad”, recuerda. Su carácter inquieto y su formación la llevaron a la presidencia de la cooperativa a la que vendía los espárragos, COHORVI. Fue la primera mujer en ese puesto. Mejoró los beneficios de los agricultores y el sistema de gestión hasta el punto de que la cooperativa se integró en otra mayor.

“Cambiamos los estatutos” para que fuera obligatoria la asistencia de los titulares de las fincas. Muchas veces la explotación, por razones fiscales, estaba a nombre de las mujeres, pero la gestión la asumían los hombres. “Aunque sólo vayas a acompañar al marido, ya que estás ahí, escuchas, porque sorda no eres”, explica. Esa decisión cambió muchas cosas. “Creo que muchas mujeres descubrieron que ahí tenían una bolsa de trabajo que no habían visto y empezaron a pensar, si esta puede, yo también”. Su lucha continúa: hoy es la presidenta de ADEMUR, la Asociación de Mujeres Rurales de Jaén.

Graciela: la dignidad de la escoba

Nacida en Aguadas, Colombia, Graciela llegó a España un sábado de 2001 y el lunes ya estaba trabajando como empleada doméstica: “Eran otros tiempos”. En su país era administrativa. Cuando se quedó sin trabajo, decidió aprovechar sus ahorros para viajar. Venía para un año, con la idea de desde aquí llegar a Egipto, su sueño. Pero se fue quedando. “Empiezas a trabajar y vas creando un cordón umbilical, echando raíces”, explica.

“Envías dinero, las cosas se van complicando y dejas de pensar en ti misma –continúa–, y además tienes poca información y nada de tiempo para averiguar si puedes homologar tus estudios o cuáles son tus derechos”. Hasta que un día una paisana la llevó a la asociación Servicio Doméstico Activo (Sedoac), y acabó convirtiéndose en su presidenta. Allí vivió en 2011 la aprobación del decreto que regula el “servicio del hogar familiar” y la entrada en vigor del Convenio sobre el trabajo doméstico de la OIT, que otorga a estos trabajadores los mismos derechos que al resto. “Fue un gran avance, con muchas lagunas a su vez”, sintetiza.

Graciela ya es española. Y tiene suerte, dice: trabaja como interna en el barrio de Canillejas para una mujer de 90 años que le permite gestionar asuntos de la organización. Habla de su lucha “por dignificar el trabajo doméstico” y por conseguir su asimilación al régimen general de la Seguridad Social –“una utopía, tal y como están las cosas”– y cuenta historias de abusos, precariedad “y casi esclavitud” en el ámbito de los cuidados, “asignado por el patriarcado a la mujer” y, por ello, “socialmente muy poco valorado”.

Su buen humor a prueba de crisis y soledades le permite hablar con alegría de una vida en España a la que, sin embargo, pone fecha de caducidad. “Yo tengo el plan de retornar. Toda persona que emigra quiere volver a su casa”.

Mercedes: cuando volar es vocación desde la cuna

Mercedes se ha perdido muchas navidades, cumpleaños y fiestas con su familia. Tiene un hijo de tres años al que puede ver cuando, como él dice, “mamá no está volando”. Es comandante de una compañía aérea en la que ellas son minoría: de los más de 400 pilotos, sólo 15 son mujeres.

Vive pegada a una maleta desde hace más de una década y se nota que es una apasionada de su profesión, que lo suyo es vocación casi desde la cuna, a pesar de que en su entorno nunca hubo ningún piloto. Tras un escarceo fracasado con el mundo de la Farmacia, estudió a caballo entre España y Estados Unidos, donde “las horas de vuelo eran más baratas”. En 2005, después de dos años como auxiliar de vuelo, se convirtió en piloto.

Asegura que nunca se ha sentido discriminada en su profesión por ser mujer. “Me han abroncado y felicitado como a cualquier otro compañero, sin diferencias. Nunca he pensado que lo malo o bueno que me ha ocurrido ha estado determinado por mi sexo”. Trabajar en equipo es para ella “la clave para que todo funcione”. “Si la limpieza, el combustible o el cáterin no llegan, no salimos. Por eso nos cuidamos mucho entre nosotros y también intentamos hacerlo con los pasajeros”. Porque la responsabilidad, reconoce Mercedes, siempre pesa: “Pienso en las familias que están subidas en el avión y me acuerdo de la mía”.

Isabel: el compromiso con las aulas más difíciles

Hace 14 años Isabel Vizcaíno se pasó a la escuela pública. Después de ocho de docencia en la concertada, esta maestra cacereña afincada en Madrid trabaja en lo que ella llama “un mundo fascinante”. Ese planeta del que habla es el colegio Manuel Núñez de Arenas, un centro de difícil desempeño situado en el barrio de Entrevías (Madrid) que tiene un 80% de población gitana en sus pupitres.

“Aquí la lucha es permanente, hay que insistir en que es importante que vengan al cole, que aprendan... porque el entorno familiar en la mayoría de los casos no es el más favorable”. Pero si el esfuerzo es mayor, también lo es la recompensa: “Estos pequeños son los más cariñosos y creativos que he conocido nunca”.

Y esa luz que desprenden sus alumnos es también la que está en el origen de la Asociación PSII, una organización que Isabel preside y que nació hace dos años al calor de los recortes en educación. Su último proyecto está enfocado a rehabilitar el entorno del colegio y ya están en marcha los desayunos saludables, una forma de educar a los niños en una alimentación equilibrada. “Los chicos y chicas de este cole pasan por dificultades muy serias. Hay mucho que hacer, no hace falta irse lejos para ayudar a los que más lo necesitan”.

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