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Siete nombres, cuatro cuerpos

Los restos de las cuatro personas encontradas en la excavación de dos fosas en Abenójar. En el frontal de las cajas, como les es habitual, la ARMH ha pegado un grabado de Castelao, de su serie Atila en Galicia: "No enterran corpos, enterran semente". Foto: Óscar Rodríguez / ARMH

Elena Cabrera

Abenójar (Ciudad Real) —

¿Cómo describir Abenójar? “Como un gran redondel, un círculo rodeado de montañas” escribe el exiliado, natural de este pueblo de Ciudad Real, Nicolás González Navas en sus memorias. Campesino, militante socialista, presidente del Comité de Defensa de su pueblo al estallar la Guerra Civil, miliciano, herido en la Batalla del Jarama, soldado en la Batalla del Ebro, huido a Francia, a Martinica, a Venezuela, donde muere.

Sus vecinos del gran redondel le recordaban en la tarde del 3 de mayo en el Salón de Usos Múltiples, celebrando la publicación del libro que hasta ahora se había propagado en fotocopias. Lo hacían después de un día muy largo, donde los abenojenses vivieron y recordaron, a la vez, una sucesión de presentes que acercaban la rebelión obrera de 1934 a la revolución memorialista de 2014, que transparentaban la represión en los tres años siguientes al fin de la guerra (del 39 al 41) debajo de lo sucedido en el año 2012, cuando un equipo de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) se presentó en el pueblo a buscar una fosa y, para su sorpresa, decenas de vecinos agarraron picos y palas y lo sudaron todo bajo el sol de junio sacando tierra y tierra y tierra.

René Pacheco, arqueólogo forense de la ARMH, desenterraba en aquel verano. Y en la mañana de este 3 de mayo se enfrenta a un auditorio de 200 o 300 personas que escuchan atentamente sus explicaciones técnicas, aunque sencillas de comprender, delante de un Power Point. “Si hay algún acto democrático seguramente está dentro de este pabellón”, dice, y la voz le tiembla, pese a que no es la primera vez que participa en un acto de devolución de restos exhumados a los familiares. Le impresionan los rostros de octogenarios emocionados que le escuchan, porque constata, mientras habla de huesos, que ha llegado a tiempo.

Son siete los nombres que constan en el Registro Civil de los hombres asesinados entre septiembre de 1939 y junio de 1941 pero sólo son cuatro los esqueletos hallados: el Individuo A, y los cuerpos 1, 2 y 3. Aún así, los nombres de Juan Pérez Arrellano, Avelino García Romero, Manuel Marmolejo Pérez, Isabelo Nieto Fabián, Sixto Fernández Castillo, Daniel Yepes Padilla y Teófilo Soriano Anguita aparecen en la lápida de los nichos que el Ayuntamiento ha reservado para ellos, bajo la inscripción “a las víctimas de la represión franquista que dieron su vida por defender la legalidad, la libertad y la justicia social”.

“Si tuviéramos que esperar a que se hicieran las identificaciones -explica Pacheco durante la procesión que nos lleva del salón de actos al cementerio- muchas de estas personas no vivirían para verlo, y es importante darles esto”. Es una ceremonia de fin de duelo, laica, civil, cargada de simbología que ayuda a restaurar la memoria de los vencidos y cura las heridas de la humillación de los derrotados.

Lo dijo René Pacheco en su exposición y lo escuchó el presidente de la Diputación de Ciudad Real, Nemesio de Lara (PSOE): “hasta aquí podemos llegar”. Siete nombres, cuatro cuerpos y la pieza para resolver el rompecabezas se llama ADN, y para eso no hay dinero. Desde que el Estado dejó de trasvasar ayudas económicas a las asociaciones memorialistas para que estas hicieran el trabajo del que la administración se desentendía, las investigaciones se realizan desde el voluntariado y las pequeñas aportaciones de los asociados.

Pero lo que no puede financiarse así son los costosos exámenes de coincidencia genética que podrían casar la identidad de esos individuos con su linaje familiar. De Lara tomó nota y, a las puertas del cementerio, explicó a la ARMH que buscaría alguna manera para desbloquear esos fondos. 2.000 euros serían suficientes. En Ponferrada quedan unas muestras de cada uno a la espera de, cuando sea posible, realizar esos análisis.

Docenas de personas, incluso los más mayores, caminan por las calles de Abenójar siguiendo a los portadores de las cajas con los restos exhumados en 2012 y que habían permanecido desde entonces en el laboratorio de la ARMH en Ponferrada. Sobre cada uno de estos contenedores, cargados a mano por los familiares, han colocado banderas republicanas. La comitiva llega al Ayuntamiento, se guarda un minuto de silencio. Desde las puertas de los bares, algunos portales o bancos de plazoletas hay otros abenojenses que miran con seriedad, los más mayores, e indiferencia, los más jóvenes, esta deriva custodiada por varias cámaras de vídeo y grabadoras de audio. “Somos los únicos testigos y por eso tenemos que documentarlo todo por si algún día la justicia de este país decide actuar” explicó Pacheco un rato antes.

Jorge Moreno, joven antropólogo de la UNED, abenojense también, es el alentador de esta jornada de memoria histórica donde el acto de devolución de restos y reinhumación confluye con el renombramiento de un parque en homenaje al alcalde republicano José Cardos y la presentación de Nubes de libertad, el libro de memorias de Nicolás González Navas que Moreno ha ayudado también a rescatar, junto a Julián López y Adela García. El minuto de silencio se rompe con un aplauso y Jorge pega un grito para tirar del enorme grupo hacia adelante. Se prosigue ascendiendo cuestas hacia el cementerio. La Guardia Civil corta momentáneamente el tráfico de la carretera. Una vez en el camposanto, frente a los vanos de los nichos, suena una trompeta, se introducen las cajas en un hueco y los asistentes observan cada palada de cemento que los enterradores aplican para sellar el doble nicho con una lápida. Hay espacio para los tres que faltan.

Avelino ha cargado con una de las cajas. Podrían ser los restos de su abuelo, o no, pero le da igual. En un conmovedor vídeo de cinco minutos rodado al pie de una de las dos fosas exhumadas en Abenójar, Avelino señala hacia los huesos que están apareciendo y dice “al final, si te fijas bien, la única diferencia que puede haber entre ese cráneo y el de mi abuelo es un nombre, porque la injusticia es la misma” y añade “para mí ese cráneo y el otro y el otro son mi abuelo, igual, de alguna manera son mi abuelo”.

Avelino García Romero, abuelo de Avelino, no es el único que hoy ha vuelto a recorrer las calles de Abenójar. Santos, tío de Avelino, ha regresado a un pueblo al que no volvía desde hace décadas. Tantas que no puede recordarlo. Tiene 85 años y vive en Palma de Mallorca. No le queda nadie en el pueblo: “todos están muertos o matados”. Su tío, su padre, sus hermanos, como tantos hombres de la zona, se dedicaban al pastoreo. A Santos con apenas 18 años, a su cuñado, a su padre, se los llevó la Guardia Civil y saltaron de calabozos a prisiones hasta llegar a Madrid, a la cárcel de Carabanchel.

Allí intentaron inyectar el terror en Santos haciéndole simulacros de fusilamiento durante horas, con la cara contra la pared. No tenía ningún miedo a morir, cuenta ahora, recordando que deseaba que le mataran de una vez, preguntándose si moriría por el impacto de la bala o por el golpe de la cabeza contra el suelo. De los días que pasó en una celda recuerda que el preso de al lado daba golpes en la pared, buscando algún tipo de comunicación. Santos respondía con otros golpecitos. No lo sabían entonces, pero eran padre e hijo los que se mandaban esos mensajes.

Cuando los García fueron al fin liberados en Madrid volvieron al pueblo como pudieron: una parte del trayecto gracias a la vista gorda del conductor del bus de línea, y la otra, caminando. Al regresar, debían presentarse en el cuartelillo, primero cada día y luego cada semana. Un tiempo después, ya no podían vivir en Abenójar. Como tantos otros, estaban marcados, proscritos, desterrados. También tuvieron que irse los Yepes, cuenta la sobrina de Daniel Yepes Padilla en la camino de regreso del cementerio. Ellos se marcharon a Puertollano y allí se quedaron hasta ahora. También su tío era pastor. “¿Que por qué le mataron? Pues porque sí, por nada, ¿qué iba a saber él si sólo estaba con los animales?”.

“Somos el gordo y el flaco de Abenójar” bromea Sixto, ya caída la tarde, mientras se deja retratar por Lee Douglas, antropóloga que está documentando visualmente este día tan importante para la memoria del pueblo. El flaco sería Sixto y el gordo Teófilo, que desde hace rato se viene echando unos cantes con un vozarrón que raja las entrañas de sus paisanos, que los ha conmovido hasta las lágrimas cuando ha cantado, en un quejido, sobre la tierra y “los pobrecitos mineros de Almadén”, pueblo de al lado. Sixto está a punto de jubilarse y Teófilo vive “de la ayudita”, o sea del paro, en una Mancha donde se agota la industria, se seca la tierra, de los animales ya no se vive, los jóvenes se han ido y los viejos envejecen.

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