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INTERNACIONAL

ANÁLISIS

Maduro dice que Venezuela no será la próxima en caer, pero puede que no tenga otra opción

No es la primera vez que Nicolás Maduro se enfrenta a la agitación social, pero esta vez puede tener dificultades para resolver la situación

"Las protestas como estas por parte de la gente pobre son nuevas. La oposición siempre aseguró que existían, pero cuando hablabas con los manifestantes, eran de clase media", señala un analista

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Los manifestantes ocuparon este miércoles una carretera durante una protesta en Caracas

Los manifestantes ocuparon este miércoles una carretera durante una protesta en Caracas MIGUEL GUTIÉRREZ/EFE

Un día más, una protesta más en Caracas. El presidente, Nicolás Maduro, sigue asegurando que Venezuela no será la próxima pieza de dominó en caer en América Latina, pero puede que no tenga alternativa.

Aunque la campaña de la oposición por la convocatoria de un revocatorio tropezó este miércoles con un muro de antidisturbios y gases lacrimógenos, las posibilidades del presidente de terminar su mandato parecen más remotas con cada pésima noticia económica, social y regional. No es la primera vez que Maduro se enfrenta a tumultos, pero cada vez depende más de las medidas represivas en lugar de los programas sociales populares para mantener el control.

En una entrevista con the Guardian en 2014, Maduro pudo despachar las protestas de ese año –que dejaron 43 muertos– como una "revuelta de los ricos". Afirmó que Venezuela es un país en el que "los ricos se manifiestan y los pobres celebran su bienestar social".

Ahora, sin embargo, nadie se atrevería a presumir del bienestar social del país. En los dos años que han pasado, la economía de Venezuela ha decaído de forma inquietante. Ahora tiene la mayor inflación del mundo (estimada entre el 180% y el 450%), la recesión más profunda de América Latina (se espera que el PIB se reduzca un 8% este año) y una dura escasez de comida, medicamentos y electricidad.

A las puertas de los supermercados, la gente tiene que hacer colas de entre cinco y diez horas para obtener productos básicos como maicena, leche y papel higiénico. Muchas ciudades sufren cortes eléctricos. Los funcionarios tienen semanas de dos días para ahorrar energía. Tampoco se puede decir que solo la clase media esté frustrada. Muchas de las protestas esporádicas y saqueos de los últimos meses se han dado en zonas pobres, donde la escasez de comida, agua, electricidad y medicinas ha desesperado a la gente.

"Las protestas como estas por parte de la gente pobre son realmente nuevas. La oposición siempre aseguró que existían antes, pero cuando hablabas con los manifestantes, siempre eran de clase media. Pero ahora, son los más pobres los que están sufriendo más", indica David Smilde, de la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA).

Hace dos años, Smilde dijo que tenía poca simpatía por los manifestantes porque el chavismo acababa de ganar unas elecciones. Esta vez, sin embargo, señala que es el gobierno el que se niega a reconocer que los votantes quieren un cambio, como mostraron al otorgar a la oposición una victoria abrumadora en las elecciones parlamentarias del pasado diciembre.

"Creo que la situación es más inquietante que en 2014", explica. "Está llegando a un punto en que puede ser difícil para el Gobierno resolverla. Todo lo que necesita es que un miembro de la guardia nacional reaccione de forma exagerada. Hay muchas formas de que esto vaya a más".

Maduro no tiene confianza 

Aunque su predecesor, Hugo Chávez, ha podido permanecer en el poder gracias a los programas sociales financiados con los ingresos del petróleo, a las fuertes alianzas regionales y a su propio carisma personal, Maduro es una figura poco estimulante que ha recibido el golpe del derrumbe de los precios del petróleo, de la sequía y de la caída de los gobiernos afines de Argentina y Brasil. Ahora mantiene el control con medidas cada vez más represivas. La semana pasada declaró un estado de emergencia de 60 días. Enfrentado a un parlamento hostil, ahora gobierna por decreto. Al contrario que Chávez (que afrontó un revocatorio y lo ganó), le falta la confianza para enfrentarse al electorado.

La oposición asegura haber reunido nueve veces las 200.000 firmas que se necesitan para convocar un revocatorio. Pero la autoridad electoral y el Tribunal Supremo –ambos dominados por los chavistas– les han dado largas, aduciendo problemas de autenticación.

Los líderes gubernamentales no esconden su deseo de anular la petición. "Maduro no será expulsado por un referéndum porque no va a haber un referéndum", dijo esta semana el vicepresidente, Aristóbulo Istúriz. El tiempo está de su parte. Si no hay consulta antes del 10 de enero –que marca la mitad del mandato de seis años de Maduro–, no habrá elecciones anticipadas. En lugar de eso, Istúriz asumirá el puesto del presidente si este es revocado.

A medida que se acerca ese plazo, la tensión aumenta. El líder opositor Henrique Capriles, que perdió las dos últimas elecciones presidenciales contra Chávez y Maduro, defendió este miércoles la necesidad de un referéndum para "evitar la agitación social", pero también pidió a los militares que cambiaran de bando. "Y les digo a las fuerzas armadas: la hora de la verdad está llegando, para decidir si están con la Constitución o con Maduro", proclamó antes de la manifestación del miércoles.

A pesar de los rumores –normalmente atribuidos a fuentes anónimas de la inteligencia estadounidense– de un golpe de Estado militar inminente, las fuerzas de seguridad han permanecido hasta el momento leales al presidente. También parece haber mejorado la sofisticación de sus técnicas. Antes de las protestas del miércoles, cerraron unas seis estaciones de metro cercanas al punto de concentración, lo que dificultó a los manifestantes la llegada al lugar.

Dada la desesperación que genera la escasez, es quizá sorprendente que no haya más protestas. Muchos observadores dicen estar impresionados por la paciencia de los venezolanos ante las adversidades actuales. Pero la opinión más común es que esa paciencia puede no durar mucho más.

"Llevo aquí más de dos años, pero nunca he sido tan pesimista", explica un observador europeo que pide permanecer en el anonimato por miedo a que su organización pueda sufrir represalias. "La situación es muy frágil. La gente está desesperada. Hace falta un cambio, o habrá anarquía".

Traducción de  Jaime Sevilla Lorenzo

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