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La naturalización del capitalismo

Nos dejamos llevar por la inercia dominante: el capitalismo de la acumulación y el crecimiento continuo.

El fin del capitalismo tendrá que ver con nuevos modelos de identificación y empatía emocional que despierten nuestra también natural pulsión por lo común y la vida buena.

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El peor enemigo no es el que sabe esconderse, sino el que ni siquiera es considerado como tal, aunque continuamente nos lamentemos del daño que nos causa. Esta idea se ajusta muy bien a lo que ocurre con la cosmovisión capitalista. Las crisis económicas se consideran como un mal pasajero, una alteración excepcional que debe corregirse para volver al “orden natural” de las cosas. La idea de corrección no tiene aquí intención de cambio sistémico, sino de fiel retorno al mismo modelo neoliberal causante del problema, pretendiendo –inocentemente- mejorar sus estructuras de control. En realidad, si lo comparáramos con el desarrollo de un organismo, sería una “crisis de crecimiento”, como las conocidas calenturas de los niños cuando dan un estirón, pero nadie cuestiona que el niño tiene que crecer, pues está en su naturaleza. Por eso no se da un verdadero análisis profundo de las causas de la crisis multifactorial que nos están destruyendo -ecológica, económica, social- , porque la  lógica capitalista que está en su origen ni se cuestiona. Así, la disyuntiva que planteaba Ernest García par la humanidad contemporánea en su imprescindible El trampolín fáustico, o bien una existencia larga y modesta o una corta y lujosa, en realidad no es un dilema que se escenifique como debate sociopolítico. Simplemente nos dejamos llevar por la inercia dominante –el capitalismo de la acumulación y el crecimiento continuo-, y vamos lamentando sus consecuencias. En gran medida la cosmovisión capitalista ya forma parte de nosotros –de las sociedades occidentales que rigen el orden del mundo-, y de casi todas las demás que están en su esfera de influencia mediática y económica. No hay un afuera real desde donde observar con la suficiente perspectiva.

Podríamos decir que el capitalismo se ha ido “naturalizando”, considerándose como la evolución normal y deseable de las sociedades tecnocientíficas; como si “el desarrollo” fuera necesariamente un camino unidireccional, y como si tuviera algún sentido y futuro un modelo que agranda la pobreza de muchos y la riqueza de unos pocos, siendo finalmente incompatible con los límites de la biosfera. Desde un más que cuestionable darwinismo cultural, se entiende que de entre todas las posibilidades de evolución de los modelos socioeconómicos, el capitalismo es el que “naturalmente” se ha impuesto. A partir de ahí, el fracaso a la hora de combatirlo está asegurado, porque ya no se concibe como una alternativa más, sino como la previsible evolución de las culturas desarrolladas. Y sin embargo esto es absolutamente falaz. No hay un determinismo estricto en los procesos socioculturales, ni es natural desde el punto de vista del funcionamiento de la physis: todo en la naturaleza tiende a lo circular, no a la linealidad del crecimiento continuo. También nosotros como organismos somos circulares, no crecemos indefinidamente, ni vivimos eternamente. El capitalismo no es el télos inevitable de las culturas humanas, pero sí es cierto que ha sido el modelo que más ha triunfado de entre los posibles, y debemos ahondar en los motivos de su éxito.

¿Por qué se ha impuesto tanto a nivel cultural, económico y político? Porque deseamos sus imposibles promesas de riqueza fácil y bienestar creciente. Hay algo muy profundo en la pulsión de la acumulación –de poder, de dinero, de posesiones físicas- que tiene que ver precisamente con la conciencia de nuestra fragilidad y de la muerte, a la vez que con el culto impuesto a la individualidad y al ego. Como sabemos, la acumulación de dinero y la tendencia a acaparar poder y bienes materiales no se corresponde con nuestras necesidades reales, ni es directamente proporcional a la felicidad humana. Tiene que ver simbólicamente con nuestras carencias más profundas, esas que precisamente el dinero acumulado nunca resuelve.

El capitalismo omnímodo y omnívoro no le interesa a casi nadie, y sin embargo nos esforzamos denodadamente en sostenerlo, desde la más estricta sumisión a sus espejismos de felicidad. He ahí el difícil reto que Jorge Riechmann plantea con gran claridad en su reciente libro Moderar Extremistán. Pero si no hemos llegado a comprender a través de la razón que hay que rechazarlo, es evidente que el camino para combatirlo adecuadamente no va a ser principalmente racional. Ni tampoco será a través de los discursos anticapitalistas clásicos –que no han perdido, sin embargo, ni un ápice de su vigencia teórica. Tendrá que ver con nuevos modelos de identificación y empatía emocional que despierten nuestra también natural pulsión por lo común y la vida buena. Pero insisto, mal que me pese: de ser, no será sin líderes algo mesiánicos, y no será sin una nueva estética que aglutine y consiga crear la suficiente identificación colectiva. El espíritu del 15M y su ulterior expresión política con Podemos –y la recuperación de la figura del líder carismático, que faltaba en el 15M- serían buenos ejemplos.

Por otra parte, para intentar que la bestia retroceda algo, lo primero es darnos cuenta de que muchos formamos parte de ella, que no es algo ajeno a nosotros. Con nuestras libretas de ahorro en los bancos de toda la vida, con el endeudamiento particular, con los aparentemente inofensivos planes de pensiones -por si el neoliberalismo nos quita la jubilación-, con la compra de lo más barato en la competitiva cadena de supermercados... Muchos formamos parte inconscientemente del tejido de aquello que decimos combatir. Un contradicción difícil de resolver, pero posible de minimizar.

Cerraremos el artículo con una cita recogida en un gran libro que nos invita a la lucidez del conocimiento y del comedimiento: Cambiar las gafas para mirar el Mundo, editado por Ecologistas en Acción: (…) “Una tríada medieval irlandesa reza así: las tres cosas delgadas que mejor sirven de soporte al mundo: el delgado hilo de leche que cae en el balde desde la ubre de la vaca; la delgada espiga del trigo verde sobre la tierra; el ovillo delgado que maneja una mujer habilidosa”. Hermosa tríada, profundamente anticapitalista, cargada de razón y de esperanza.

 

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