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Políticos burlándose del medio ambiente

Agustín Hernández, portavoz del PP de Santiago de Compostela

Siempre me ha sorprendido por qué, salvo rarísimas y meritorias excepciones, los políticos conservadores son tan poco conservacionistas. Pero lo que no logro comprender de ninguna manera es que la mayoría de ellos se burlen del medio ambiente con tanto alarde, tanta desfachatez y en contra del creciente interés ciudadano por el tema.

El último en exhibir ese desdén ha sido el portavoz del PP de Santiago de Compostela, Agustín Hernández. El ex alcalde de la ciudad y ex consejero de medio ambiente de la Xunta se fue hace unos días a orillas del Sar para denunciar por televisión la basura que se acumula en las orillas del río.

Ya verás -debió pensar el político- se van a enterar estos de las mareas: ¿estás grabando ya? "Queremos denunciar la situación medioambiental del río Sar". El arranque es bueno. Las declaraciones del exconsejero, se cubren con unas imágenes en off en las que aparece desenterrando residuos de la orilla con un palo y mostrándolos a cámara. Ahora una toallita húmeda, ahora una bolsa de plástico. Pero acto seguido, tras mostrarlos como trofeos, acaba echando los residuos al agua mientras la cámara los graba flotando río abajo.

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De qué hablamos cuando hablamos de amor

Tardes atrás, una amiga trajo a cuento en una conversación el recuerdo de un pasaje de la película Amor [1] de Michel Haneke, que narra el invierno de una pareja de franceses interpretada por Emmanuelle Riva, desparecida el año pasado, y Jean- Louis Tritignant, quien, por cierto, no solo está en activo en cine en el umbral de los noventa años, sino que hace apariciones en teatros: hace unos meses París estaba empapelado con carteles que anunciaban un unipersonal suyo con poemas de poetas franceses vivos. (¿Podríamos aquí asistir alguna vez, por ejemplo, por citar dos nombres, a Julia Gutiérrez Caba o a Héctor Alterio recitando a Gamonda, García Valdez, Maillard, Martínez Sarrión, entre otros poetas contemporáneos?)

Recordé entonces, volviendo a la conversación con mi amiga, algunas impresiones que me había sugerido la película y que incorporé en un libro [2] sobre la vida cotidiana de estos años de posteconomía, nuevas tecnologías y crisis perenne. En aquel texto rescataba  una crítica de la película de Haneke que había desarrollado en su columna política el escritor y periodista Gregorio Morán, por entonces en La Vanguardia, antes de que sus editores lo desterraran de sus páginas. No es curioso que lo hiciera Morán ya que también la crítica cinematográfica ha sido desplazada por textos publicitarios y está aislada en medios especializados o cuasi marginales. El hecho de que Morán y no un crítico escribiera en profundidad sobre Amor podría llevar a valorar la idea de que la defensa y el alcance del amor es, hoy por hoy, por qué no, una cuestión política.

En aquel texto sostenía Morán que Amor plantea el hecho de aceptar servir hasta el último momento a la persona que amas, sin la que no te cabe en la cabeza poder vivir sin compartir su música, en el caso de la protagonista del filme, la música de Schubert, pero también se refiería Morán a la música existencial del Otro, esa que necesitamos escuchar para sentirnos habitando un espacio moral. Y esto está claro, además de amor, es política. Preguntaba Morán en su artículo: “¿Qué se hace cuando a la persona que amas la contemplas en su deterioro absoluto y cruzas esa barrera humana, muy humana, de pensar si merece la pena seguir viviendo para sufrir, o dejar de sufrir para seguir viviendo en tu memoria?”. La respuesta, obviamente, también es política. Porque la política es el compromiso con una idea con la cual se organiza el mundo y el amor es el compromiso con el otro con el cual se organiza la vida de ambos. El argumento de Amor es muy simple. Una pareja de ancianos en París. Ella maestra de piano, formadora de grandes talentos; él, jubilado de alguna profesión liberal. Ella sufre un ataque y queda hemipléjica. Aquello que parecía simple se complica y comienza un deterioro irreversible. La mujer le pide al hombre, después de una experiencia traumática en el hospital, que, pase lo que pase, no permita que la vuelvan a llevar a allí. Él cumple la palabra a rajatabla. Asistimos entonces a la expresión alta del amor en la relación de esos dos personajes, mientras el deterioro de ella avanza. Pero como Michael Haneke no plantea una película inocente, sino con una alta carga política, aparece una hija, la única hija del matrimonio. En su primera incursión habla con el padre y le cuenta que su marido va y viene como siempre, se enamora de alguien, se aburre y vuelve. «Con los años me acostumbré», dice. El padre le pregunta: «Le quieres». Silencio. Al fin dice: «Sí, creo que sí». En otro momento, siempre en diálogo con su padre, le confiesa: «Quizás, te moleste que te lo diga pero al entrar, recordé que de pequeña os escuchaba hacer el amor. Me tranquilizaba: sentía que os amabais y que siempre estaríamos juntos». Es la expresión viva de un paraíso perdido: se fabrica el mito con aquello que no se alcanza.

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Conjuros

Irene Montero en una imagen de archivo

El feminismo es corriente profunda que ha conseguido que la ideología eche raíces en terreno fértil. Si no fuera por el feminismo, todavía la izquierda se andaría por las ramas.

Reconocer los derechos de la mujer y con ello estructurar un lenguaje no discriminatorio, es tarea ardua. Porque a lo largo del tiempo, la mujer ha protagonizado su papel en la sombra. Mientras que el hombre producía con sus manos, la mujer reproducía con su vientre. Hay que admitir que la vileza machista ha significado una provocación de siglos, una pregunta cuya respuesta nos revela el daño recibido cada vez que una mujer intenta destruir el edificio de un lenguaje que discrimina al género femenino.

Sin ir más lejos, el otro día, Irene Montero lo intentó frente a un micrófono cuando soltó lo de “portavoces y portavozas”. Con tal movimiento gramatical, se montó una bronca que lleva a la siguiente reflexión. 

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Paraules d’amor

No sé si les he contado alguna vez que mi madre me dormía cantándome extrañas y dulces canciones en una lengua que luego supe llamar euskera, ni si les he dicho que la primera vez que sentí que ya no era una niña, estaban susurrándomelo al oído en gallego muy cerca de Riveira. Confieso que mi primer beso me lo dio un vasco pero que mi amor de instituto fue el de un catalán cuya familia me acogió de tal manera que consiguió que entendiera la lengua de aquella casa para siempre. Saben que estuve casada con un malagueño pero también con un riojano e ignoran que vivo con un vasco. Aún me llena de ternura recordar los cuentos en francés que me leía a la orilla de la cama mi Renée y sé que quise con todas mis fuerzas aprender esa lengua para que los secretos que mi padre traía en el doble fondo de la maleta desde París dejaran de serlo. He contado que decidí mi profesión básicamente para poder regodearme en la lengua que amo y que adoro Madrid como al oasis de libertad que nunca nos debemos dejar arrebatar. El problema reside en mi falta de empatía con lo anglosajón y, tras pasar por el British, sigo siendo modesta en su lengua como timorata es mi pasión por su cultura. Quizá me faltó un inglés... o un australiano.

No, no ha sido la cursilada esa de San Valentín la que ha desatado mis recuerdos. Ha sido la pugna voraz y antropófaga entre Rajoy y Rivera para llevarse una tajada electoral a costa de usar las lenguas como espadas y no como sogas húmedas. Hace ya unos meses que me contaron, en un castellano muy mesetario, que el futuro venía con recentralización, recogida de competencias y bocado a las lenguas autóctonas que, según dicen, adoctrinan y son culpables del crecimiento del independentismo. Ya ven. Aún recuerdo la sombra siniestra y negra que tendieron sobre las ikastolas, que querían hacer aparecer como campos de entrenamiento más que como centros educativos y hoy, que sus alumnos forman tejido productivo, los índices de independentistas activos en Euskadi son más bajos que nunca.

A Ciudadanos le funciona el nacionalismo español como bucle de su origen puramente catalán. Rajoy sabe que le están cavando bajo su suelo electoral y emprende iniciativas incendiarias para mantener en alto el envido. Sólo así puede entenderse esta idea peregrina, que es como una tea lanzada con desgana sobre las llamas de un problema al que no sólo prendieron fuego, sino que regaron con gasolina durante años. Veo a Rajoy tañendo el arpa. Creo que está dispuesto a inmolarlo todo con tal de sobrevivirse y ese todo incluye a su propio partido. Eso o alguno de sus estrategas, reeditando sus consejos demostrados cruelmente fallidos, le ha dicho que lo de la casilla de la lengua puede terminar de sacar de sus casillas a la sociedad catalana y forzar a los que pueden mover ficha a apartar a los malditos para poder poner fin a la anomalía constitucional en la que viven. Quizá cree que este órdago va a embarrancar a Puigdemont de una vez por todas para detener el 155. O tal vez sólo esté haciendo lo de siempre: nada.

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Prisión para un tuitero machista

Protesta contra la violencia machista.

El Tribunal Supremo acaba de condenar a un joven de 22 años a la pena de 2 años y 6 meses por escribir los siguientes tuits en la red social Twitter, según los hechos probados de la sentencia:

- "53 asesinadas por violencia de género machista en lo que va de año, pocas me parecen con la de putas que hay sueltas."

- "Y 2015 finalizará con 56 asesinadas, no es una buena marca pero se hizo lo que se pudo, a ver si en 2016 doblamos esa cifra, gracias"

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La inmersión en la escuela, el símbolo de la lucha por la igualdad

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Portada de la revista Cavall Fort publicada en 1970

Este es un artículo a favor de la inmersión lingüística. A favor de un modelo pensado para cohesionar y no para dividir, que a diferencia de otros sistemas evita separar a los alumnos en función de la lengua, y cuyo mejor aval son los resultados en las pruebas de competencia lingüística, que demuestran que el conocimiento de catalán y castellano es el mismo durante toda la trayectoria escolar.

Este es un modelo fruto de un esfuerzo colectivo, empezando por el de pedagogos como la socialista  Marta Mata que en la Transición lucharon para evitar la segregación en las aulas. La inmersión es el esfuerzo de miles de padres y madres que no nacieron en Catalunya pero pelearon para que sus hijos fuesen bilingües. La primera aplicación de esta fórmula se realizó en 19 escuelas de Santa Coloma de Gramenet. Era el curso 1983-1984 y la prueba se hizo en unos centros donde la mayoría de los alumnos eran castellanoparlantes. Fue posible gracias al empeño de un grupo de padres que querían que sus hijos aprendiesen la otra lengua que se hablaba en Catalunya. Esos padres y sus hijos simbolizan la lucha por la igualdad. Eso es la inmersión.

La escuela catalana es también (o sobre todo) el esfuerzo de varias generaciones de maestros cuya contribución al progreso individual de muchos catalanes y al del país en su conjunto no siempre ha sido reconocido como se merece. Son esos profesores que se han indignado contra los recortes en la educación pública y que ahora defienden las aulas de acogida para evitar que haya alumnos de primera y de segunda en función de su lugar de nacimiento. La inmersión también va de la dignidad de un colectivo que, a diferencia de muchos políticos, piensa en el futuro de los hijos y no en el voto de sus padres. 

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La insoportable agonía de la política española

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En España la política se ha acabado. No hay más que juegos de manos que no engañan a nadie ni llevan a nada. Y campaña electoral. Permanente, la misma que desde hace años. Todo lo demás está paralizado. En primer lugar, la actividad parlamentaria y el presupuesto, dos pilares básicos del funcionamiento del sistema. Luego el debate, político, sobre el sistema autonómico y su financiación, sobre las pensiones, sobre los graves problemas de la economía y el modelo económico y sobre muchas cosas más. Todo está parado y sin viso alguno de que se mueva algún día. Porque el problema es de fondo y solo se aliviará si empiezan a aplicarse soluciones de fondo. En el terreno de la política, por supuesto.

Cuando hace cinco años Podemos entró en la escena como un rayo que lo conmovió todo, analistas de variopintos colores concluyeron que se había iniciado el principio del fin del bipartidismo, el mecanismo mediante el cual el PSOE y el PP, aupados sobre la normativa política creada en la transición, habían monopolizado el poder durante tres décadas. Algo más tarde, Ciudadanos dio nuevo vigor a esa idea. Pero ese proceso aún no ha acabado y mientras no lo haga definitivamente, generando un nuevo cuadro que hoy por hoy parece impensable, la política española seguirá bloqueada, incapaz de atender a las demandas de la sociedad y de la realidad de cada día.

Los dos partidos tradicionales se resisten, y no con poca fuerza, a asumir el nuevo escenario. Sufren pero aguantan. Sin futuro, pero con un presente al que no están dispuestos a renunciar. Por instinto de supervivencia, comprensible cuando se trata de miles de personas que solo viven de la política y, sobre todo, cuando su adscripción partidaria es una seña de identidad personal, su razón de ser social. Pero también porque los nuevos partidos aún están lejos de consolidarse como alternativa.

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Felipe y Pedro en el barrio de Salamanca

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Hace unos meses dejó el PSOE un militante que había sido candidato a la secretaría del partido por la corriente Izquierda Socialista, José Antonio Pérez Tapias, y hace unos años también lo abandonó otra persona que también fue candidata a la secretaría, Rosa Díez, y que a continuación fundó un partido de reivindicación del nacionalismo español, UPyD.

(Por cierto, que me parece que no está lo bastante señalado como fue el precedente directo del 'Ciudadanos' de Rivera. El de Díez nació desde dentro de Euskadi para combatir el nacionalismo vasco, como cuña de la misma madera utilizada desde la corte madrileña y con el apoyo de El País y sus figuras, Savater, Vargas Llosa y acompañantes. Y el de Rivera nació desde dentro de Catalunya, también como cuña de la misma madera y lanzado desde la corte, para combatir al nacionalismo catalán. Siempre con los mismos apoyos y apoyantes).

El abandono de Pérez Tapias hay que situarlo en esta época concreta de un PSOE después de Zapatero, cuando de la mano de Rubalcaba, que fue siempre la garantía última de una continuidad subterránea del felipismo, la vieja guardia retomó el control del partido. Cuando Felipe González y Juan Luis Cebrián apuestan fuerte por un gobierno de coalición PP/PSOE y por Susana Díaz. Pedro Sánchez intentó entonces conservar su liderazgo personal, y personalista, pero esa carrera sin dirección política acabó con la rendición ante la delicada vajilla de un restaurante. ¿Y dónde podía ser la comida que le ofreciese González a Sánchez? En un restaurante del barrio de Salamanca madrileño, dónde si no.

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La gestión de las expectativas, los tiempos y los rivales. Estrategia para Ciudadanos

Albert Rivera e Inés Arrimadas durante la presentación de este sábado en Badalona.

Para un partido como Ciudadanos lo más fácil es equivocarse. Llevan tan poco tiempo siendo un partido estatal, tan poco tiempo construyendo los pilares de su razón de existir, tan poco tiempo para que su equipo acumule experiencia. Albert Rivera necesita más torres, más alfiles, más caballos. Para poder ganar elecciones se necesita proyecto, equipo y aliados, un enemigo fuerte y una emoción positiva a favor. Al proyecto de Ciudadanos le falta enjundia, le falta el sello distintivo que lo diferencie del PP. O al menos es así como se le percibe, y eso es lo relevante. Ser la solución del momento o la propuesta que nos salve de algo peor no es suficiente. Que Albert le pregunte a su admirado Emmanuel Macron. 

¿Qué debería hacer Ciudadanos? Desde mi humilde opinión, reforzar el proyecto y explicarlo, diferenciarse del Partido Popular en contenidos y no solo en formas. El concepto de “lo liberal” todavía no se entiende con nitidez en España. Respecto al equipo es insuficiente y poco curtido. Las elecciones no se ganan con buena voluntad. 

Queda mucho tiempo para llegar al momento en que se materialice en resultados la estrategia del partido de Rivera, demasiado tiempo. En política las cosas cambian mucho en poco tiempo y Ciudadanos lo sabe. Semanas antes de las elecciones de diciembre de 2015, los naranjas cosechaban la mayor intención de voto de toda la precampaña y llegaron a ir en cabeza, sin embargo, en mucho menos tiempo de lo que ahora resta, perdieron ese puesto y más de 20 escaños que les habían augurado las encuestas. Por este motivo controlar los tiempos y no adelantarse en el juego propio, ni caer en el juego de los otros será clave fundamental. Las expectativas son el gran enemigo del triunfo. Nada peor que instalarse en altas expectativas para que el resultado nunca esté a la altura, de manera que una victoria puede parecer una derrota si no se corresponde con lo que se esperaba del resultado. No olvidemos que Ciudadanos viene de un triunfo electoral y una derrota en expectativas. Ha ganado las elecciones en Catalunya pero no ha servido para gobernar, con lo que los votantes no han sentido la utilidad de su voto. 

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Los terroristas de Estados Unidos

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Un grupo de personas camina frente a la zona acordonada tras el tiroteo de Parkland.

Al Qaeda o el Isis no pueden competir con la Asociación Nacional del Rifle. Cinco atentados de la magnitud del perpetrado el 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Esa es la “meta” que tendrían que haber logrado en 2017 los terroristas islamistas para acercarse al número de víctimas mortales que se cobraron las armas de fuego en Estados Unidos ese mismo año: 15.590 muertos y 31.181 heridos. En el país del gatillo fácil se registra cada día una media de 268 incidentes violentos en los que hay pistolas o fusiles de por medio. Solo en lo que llevamos de 2018, Estados Unidos ya ha sufrido más de medio 11-S. Las armas de fuego han provocado la muerte de 1.826 norteamericanos y heridas de distinta consideración a más de 3.000. Entre las víctimas mortales encontramos a 69 niños menores de 11 años y a 333 adolescentes. En todas estas estadísticas no se contabilizan los suicidios con armas de fuego, unos 14.000 anuales.

La conmoción que ha provocado la matanza de San Valentín ha vuelto a desatar la indignación y las habituales reacciones airadas de buena parte de la sociedad norteamericana, así como de amplios sectores de su clase política y periodística. ¿Cómo es posible que un joven desequilibrado de 19 años tenga prohibido comprar una cerveza o una botella de ron en un supermercado de Florida, pero sí pueda adquirir legalmente un fusil de asalto con el que masacrar a sus compañeros de instituto? En estas horas y en los próximos días oiremos muchas explicaciones, veremos a políticos llorar delante de las cámaras, asistiremos a todo tipo de protestas y escucharemos multitud de promesas encaminadas a evitar que algo así vuelva a suceder. El debate durará el tiempo que se tarde en enterrar, uno por uno, a esos cerca de veinte jóvenes que jamás deberían haber perdido la vida. Todo se diluirá cuando la tierra cubra sus ataúdes, tal y como viene ocurriendo después de cada matanza.

“Es un problema de salud mental.. no un problema de armas” declaró en noviembre Donald Trump después de la anterior masacre, perpetrada en Texas por un exsoldado estadounidense que asesinó a 26 personas. “Hay muchos indicios de que el tirador de Florida estaba mentalmente perturbado”, decía también este jueves en Twitter. Horas después, con el flequillo más encrespado de lo habitual, comparecía en la Casa Blanca para realizar una intervención más propia de un sacerdote que de un presidente. Llamadas a la oración, a la solidaridad, al consuelo… pero ni una sola iniciativa más allá de comprometerse a “reforzar la seguridad en las escuelas”. El gobernador de Florida sigue la estela de su jefe señalando con el dedo a los enfermos mentales como el mal al que hay que perseguir y anuncia, sin concretar absolutamente nada, medidas para que estas personas no puedan tener acceso a las armas. El presidente y sus colegas saben que sus declaraciones son un simple gesto de cara a la galería para calmar a una población en estado de shock. No van a hacer nada, no sucederá nada.

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