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Carta abierta a Rosa Montero

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La Organización Médica Colegial se posición en 2013 contra la homeopatía

EFE/BOIRON

Señora Montero: 

A estas alturas ya habrá leído los varios artículos de científicos, médicos y periodistas que le recriminan el nulo rigor de su columna ' Consumidores engañados y cautivos' publicada en El País Semanal.

Siendo usted una escritora respetada y querida, su texto ha reverberado como una bomba lanzada sobre la labor de miles de divulgadores científicos. Una bomba cargada de errores y falsas causalidades que solo puede entenderse por eso mismo que usted menciona en su texto: porque vivimos en una sociedad acientífica. De ahí, sin duda, que en este país se conciba la ciencia como algo ajeno a la cultura, un terreno en el que se puede alardear de una cierta incultura que en ningún caso sería admisible en otros campos del conocimiento como, por ejemplo, la geografía o la historia.

Empieza su texto con un error flagrante. Dice que la Revolución Verde fue posible gracias a la ingeniería genética. Falla por dos décadas (el primer transgénico es de principios de los 80), y relaciona fenómenos que nada tienen que ver. Dice usted que comemos transgénicos que, en realidad, nadie come (porque no están en el mercado), y los relaciona con la intolerancia al gluten (cuando, fíjese qué paradoja, si se comercializase la harina transgénica, podríamos tener ya harina sin gluten en los supermercados).

Carga usted contra quienes tratan de desacreditar la homeopatía, una pseudoterapia sin más propiedades curativas demostradas que la oración o las patas de conejo. Se pregunta a qué se debe esta "campaña" que, de un tiempo a esta parte, se esfuerza en acorralar la homeopatía y sacarla de las farmacias y los centros médicos. ¿No será que la (indudablemente) poderosa industria farmacéutica está moviendo los hilos, pagando por unos estudios, saboteando otros y manipulándonos, en definitiva, a todos?

La homeopatía, eso es cierto, carece de efectos secundarios, como también carece de ellos el beso de una madre o las palabras cariñosas de un amigo. Y, de la misma manera que los demás placebos, tampoco la homeopatía ha superado un ensayo clínico, jamás ha pasado un test de doble ciego en condiciones rigurosas. En definitiva: la homeopatía nunca ha demostrado poseer unas propiedades curativas superiores a un abrazo. La diferencia, y de ahí la "campaña", es que nadie cobra por los abrazos. Esa y que a ningún enfermo se le ocurre abandonar una terapia científica para ver si el cariño le cura por más que se lo recomiende el médico de cabecera. 

Pero lo que motiva este artículo no es la detallada revisión de las imprecisiones del suyo, eso lo harán otros mucho mejor. Lo que motiva este texto es aquello que le decía al principio: el reverberar de la bomba.

Verá, en este país hay mucha gente que se dedica, de forma profesional o amateur, a popularizar la cultura científica. Muchos son periodistas; otros, la mayoría, son profesores universitarios que, entre su labor docente y la investigadora, sacan tiempo de donde no lo tienen para explicar a niños y adultos que la ciencia es una arquitectura intelectual enormemente compleja que ha hecho posible buena parte de los grandes avances de nuestro mundo. Una herramienta que resultará decisiva para afrontar los grandes retos del futuro de la humanidad, como la superpoblación o el calentamiento global y sus consecuencias. 

Es, me parece, una labor importante porque, en una sociedad científica y tecnológica como la nuestra, un mínimo conocimiento en estos campos resulta fundamental para no ser manipulados por unos y por otros. Cada vez que votamos, entran en juego conceptos estrechamente relacionados con la ciencia como son el modelo productivo (¿conocimiento o sol y playa?), el modelo energético, la política alimentaria, el desarrollo urbanístico, la educación o la sanidad.

Hay miles de personas, le decía, escribiendo artículos, realizando programas de radio y de televisión, haciendo podcast y blogs con el objetivo de que esta sociedad acientífica lo sea un poco menos. Es, en muchos casos, una labor exasperante porque la resistencia de la sociedad es enorme (por culpa, entre otras cosas, de artículos imprecisos que se diseminan por las redes sociales de manera mucho más efectiva que su desmentido). Es una labor exasperante porque implica luchar contra la fe, y la fe, ya se sabe, desprecia las pruebas. Igual que la medicina alternativa. De lo contrario, como canta  el gran Tim Minchin, sería simplemente medicina.

Un saludo y gracias por su tiempo.

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