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TTIP, unas siglas malditas

Un buen acuerdo puede elevar los estándares mundiales y contribuir a la gobernanza global. Un mal acuerdo no sería ratificado por los europeos

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El TTIP, siglas en inglés de tratado de Asociación Transatlántica de Comercio e Inversiones, se ha convertido en un arma arrojadiza en las campañas políticas de buena parte de Europa -España incluida- e incluso de EE UU. Esta hostilidad al TTIP es fruto de parte del contenido que se intenta darle desde EE UU, de un cierto antiamericanismo, y del clima general de escepticismo sobre Europa y de rechazo al tipo de capitalismo al que hemos llegado y al que se anuncia, sin que se ofrezcan verdaderas alternativas que ya no pueden ser nacionales. Es, antes que nada, reflejo del desclasamiento de grandes sectores sociales, es decir, del empobrecimiento de las clases medias. Y eso cuando según algunas encuestas, como la de Dalia Research citada por POLÍTICO, un 61% de los europeos apoyan el TTIP (65% en España) a pesar de que sean más los que piensen que Estados Unidos tiene más que ganar que Europa en esta negociación.

El TTIP, sin embargo, no es un favor que la UE le haga a EE UU, ni se debe lograr a cualquier precio. Esto es lo que ha cambiado con el creciente debate sobre estas negociaciones. En España ha obligado a muchos partidos a reposicionarse al respecto. Ahora bien, cuando dos países, o en este caso, uno muy poderoso (EE UU) y una unión de Estados (la UE) negocian, cada uno intenta maximizar sus intereses. Por eso sorprende las reacciones a la filtración a principios de mayo por Greenpeace de la posición estadounidense en las negociaciones sobre el TTIP. Pues han puesto de relieve algo habitual: cada cual, en este caso Washington, trata de obtener el mejor resultado para sí. Ello no significa que Europa lo vaya a aceptar. No. El Parlamento Europeo fijó en julio de al año pasado unas líneas rojas claras y razonables a no traspasar. Y varios países miembros también. Los negociadores europeos, a comenzar por Cecilia Malmström, la comisaria encargada de comercio internacional, lo han entendido. Aunque persiste un alto grado de opacidad -las negociaciones no pueden ser todas con luz y taquígrafos; el resultado sí ha de serlo- y la Comisión publica informes de cada ronda de negociación, como este de la última de abril  (con novedades en el tema farmaceúticos).

que pocos leen, porque tampoco están escritos para el gran público. Esta sensación de secretismo y opacidad se ve reforzada por la filtración por Wikileaks de documentos sobre el Acuerdo sobre el Comercio de Servicios (TISA) que la UE está negociando con 22 países, en los que de nuevo aparece el tema de las multinacionales frente a los Estados.

Un buen acuerdo TTIP iría en beneficio mutuo de ambas partes, en un juego de suma positiva, y no negativa en un mundo globalizado. Pero el TTIP ha generado amplios frentes de rechazo y hay una elevada probabilidad de que no se consiga. El malestar al respecto ha ido creciendo en EE UU desde la derecha y desde la izquierda; en Europa, desde la extrema derecha y la extrema izquierda, pero ahora también los centros. Se dice a menudo que es demasiado regional y que este tipo de acuerdos ha socavado otros más amplios como el de la extinta Ronda de Doha de la Organización Mundial del Comercio. Pero cabe recordar que, si Doha no ha resultado, no se debe solo a las economías más desarrolladas, sino también a la posición de algunos emergentes, como Brasil e India.

Todo indica que el TTIP, si se llega a cerrar algún día -Obama anunció en la cumbre del G-7 que quiere lograrlo antes de que acabe el año- será, para la UE, un acuerdo mixto, porque no es meramente comercial (competencia transferida a la Comisión). Es decir, que su entrada en vigor requerirá la ratificación por los 28 Estados miembros y por el Parlamento Europeo. Lo que implica que tendrá que respetar las líneas rojas. Incluso así, su ratificación no va a ser fácil. Holanda habría previsiblemente con su nueva ley, de aprobarlo por referéndum (ya se han recabado más de 150.000 firmas para ello). El nuevo presidente austriaco, el verde Alexander Van der Bellen que venció por los pelos a Norbert Hofer, de la extrema derecha, tampoco lo apoyará. Entre otros. Y en EE UU, el cariz que están tomando las elecciones de noviembre tampoco favorecen ni su conclusión ni su eventual ratificación.

La propia Malmström, ha afirmado “no estar en el negocio de reducción de los estándares europeos”, que como ha dejado claro el Parlamento Europeo, se refieren a preservar el nivel existente de protección de los consumidores o de la protección ambiental (incluido las emisiones en carbono en la fabricación y comercialización de productos), el de la protección sanitaria (manteniendo la prohibición a los productos genéticamente modificados o clonados), y social (derechos de los trabajadores y servicios públicos); la protección de datos y la privacidad (las filtraciones de Snowden han sido devastadoras para el TTIP, para empezar en Alemania), además de abrir de forma equivalente los mercados de compra públicas (EE UU dice poder abrir el federal, pero no imponerlo a escala de cada Estado federado, y el Ayuntamiento de Madrid replica que las de las entidades locales y regionales españolas tampoco), etc. No va a haber un sistema de reconocimiento mutuo de estándares como el que rige en la UE, pero sí se podría avanzar en una convergencia reglamentaria. Tampoco creamos que en todo está Europa por delante, pues en algunas materias los estándares de EE UU son más estrictos.

Un tema espinoso es el mecanismo de protección de inversiones. En vez de uno de arbitrajes privados, llamado ISDS, entre una empresa y un Estado (que son muy comunes en Europa y otras partes del mundo, pese a lo que se diga), el Parlamento Europeo ha propuesto un sistema integrado por jueces profesionales y sujeto a reglas de control y transparencia, es decir un auténtico tribunal internacional.

Si se llegara a un acuerdo en estos términos, el TTIP, como señala Cristian Odenhal en el británico Center for European Reform podría contribuir a elevar los estándares globales de producción y a modernizar las reglas comerciales internacionales. Sería una aportación positiva a un aspecto importante de la gobernanza global. Aunque poco va a importar en los debates nacionales. Son unas siglas ya malditas.

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