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O cambian o caen

No se han enterado todavía de que el peligro no está en Podemos sino en la pérdida de capacidad de los dirigentes de los partidos tradicionales para conectar con tantísimos ciudadanos que padecen directamente los rigores de las políticas del austericidio

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"Si el ascenso de Podemos es la canalización de la ira ciudadana, ¿qué ocurriría con esa ira sin la existencia de Podemos?", se preguntaba Iñaki Gabilondo esta misma semana. La cuestión planteada por el veterano periodista viene a cuento de la reacción de la derecha antes y después de la certificación por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) del gran empuje del grupo que lidera Pablo Iglesias, que aparece como la primera fuerza en intención de voto directa, consagra el tripartidismo y deja muy tocados a los dos partidos del bipartidismo, en particular al PSOE, con el que compite directamente.

Desde que Podemos irrumpió en la escena política, hace cinco meses, con un millón doscientos mil votos y cinco eurodiputados, la derecha político-mediática, y también algunos dirigentes socialistas, no han dejado de arremeter contra la nueva formación y contra sus promotores alineándoles unas veces con el chavismo venezolano -con el que algunos de ellos han estado vinculados– y comparando otras veces su meteórica subida con la del nazismo hitleriano, con el que no parece que tengan ninguna similitud.

Esa estrategia dirigida a desmontar Podemos no ha dado mucho resultado, porque los últimos sondeos demuestran que los que se desmoronan en el afecto ciudadano son los partidos tradicionales, mientras el nuevo grupo continúa sumando posibles votantes en un progreso ascendente, que parece imparable. Pero la estrategia de desgaste, la de extender el miedo a Podemos entre los electores, se ha mantenido. Este jueves, por ejemplo, la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, insistió en que Podemos "es un peligro para la democracia".

Es la muestra de que no han entendido nada. De que no se han enterado todavía de que el peligro no está en Podemos sino en la pérdida de capacidad de los dirigentes de los partidos tradicionales para conectar con tantísimos ciudadanos que padecen directamente los rigores de las políticas del austericidio, porque han perdido su trabajo, les han bajado los sueldos y les han recortado los derechos laborales y civiles y las prestaciones sociales, o con aquellos que aun no yéndoles tan mal maldicen esta situación. Y más si todo ello va aderezado de escándalos, que aparecen un día tras otro, de políticos que se han llevado crudo el dinero de todos.

Así que si tanto miedo le tienen a Podemos –y se lo tienen, no se sabe si por las políticas que aplicarían o porque temen perder el poder– tendrían que empezar por plantearse algunos cambios profundos en política económica y social y por demostrar que tienen voluntad y capacidad para devolver a los ciudadanos los derechos y el bienestar que les han arrebatado en ese reparto injusto de las consecuencias de la crisis. Tendrían también que hacer una limpia interna de todo rastro de corrupción y colaborar con la justicia en lugar de entorpecerla. La regeneración de la política desde dentro sería la manera de rebatir el último video de Podemos, ese titulado  Caerán todos, en el que Pablo Iglesias asegura que "ya no se trata de una u otra rama, es el árbol entero el que está podrido".

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