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La guerra contra las mujeres

Sarah Santaolla, antes de abandonar 'En boca de todos' por las palabras de Antonio Naranjo
14 de marzo de 2026 22:36 h

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Las 168 niñas iraníes asesinadas por Estados Unidos en una escuela de la ciudad de Minab corroboran algo que ya sabíamos: los más vulnerables son los que más sufren en las guerras. Los niños y las mujeres son dos de los blancos preferidos de los criminales como Trump y Netanyahu. En Gaza, las Fuerzas de Defensa de Israel han asesinado a 33.000 niñas y mujeres adultas con la ayuda de Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Europea, que han proporcionado armas o coartadas ideológicas. Todo sugiere que el número total de víctimas podría ser mucho más alto, pues miles de cadáveres aún se encuentran bajo los escombros y, probablemente, jamás serán recuperados. Los informes de los relatores especiales de la ONU señalan que el Ejército israelí utiliza sistemáticamente la violencia sexual con los palestinos sometidos a su custodia. Los varones no se libran de esta forma de tortura e intimidación. No hay víctimas de primera o segunda categoría. Todas las víctimas merecen nuestra solidaridad, pero creo conveniente subrayar que la violencia contra las mujeres tiene un carácter estructural. Dicho de otro modo: es un signo de identidad de nuestra especie. 

Las mujeres sufren especialmente en los conflictos bélicos, pues los agresores no ignoran el efecto desmoralizador que producen los abusos y las violaciones. El objetivo no solo es destruir, sino también humillar y crear sensación de impotencia. Afortunadamente, a veces las conciencias se remueven, como sucedió con la niña vietnamita abrasada por el napalm del Ejército estadounidense, pero el auge de la ultraderecha ha menoscabado la sensibilidad general y, lo que es aún peor, ha alimentado un discurso victimista en muchos hombres. Aunque los casos de hombres maltratados o asesinados por sus parejas o exparejas femeninas son minoritarios (en 2024, solo 4 casos en España frente a 47 feminicidios), han surgido voces que acusan a las mujeres de agredir a los varones mediante denuncias falsas. Esas voces cuestionan los datos de la Fiscalía General del Estado y el Consejo General del Poder Judicial, según los cuales esa clase de denuncias solo representan un 0’02%. Aunque no hay una cifra oficial de las ventas de Esto no existe: Las denuncias falsas en violencia de género, el malicioso y falaz ensayo de Juan Soto Ivars, todo sugiere que la obra ha sido un best-seller. Colaborador habitual de Cuarto Milenio, el programa de Iker Jiménez, que ha pasado de abordar lo paranormal a normalizar el discurso de odio de la ultraderecha, Soto Ivars, enfant terrible de pacotilla, ya es uno de los ídolos de la cultura machista. 

Desde que apareció Esto no existe en noviembre de 2025, se han registrado oficialmente once casos de mujeres asesinadas, pero algunas fuentes elevan la cifra a veinte. La violencia machista no cesa. Tres mujeres murieron asfixiadas en Miranda de Ebro la noche del 10 al 11 de marzo de este año a causa de un incendio provocado por la expareja de una de las víctimas. Pocas horas después, la Guardia Civil localizó los restos óseos de Francisca Cadenas en un patio de Hornachos, Badajoz. La mujer había desaparecido en 2017 y uno de sus vecinos, que convivía con su hermano, ha confesado que la mató por razones aún desconocidas. Esta clase de noticias no son algo excepcional, sino un goteo que no se interrumpe. Una sociedad civilizada solo puede responder con indignación y solidaridad, pero curiosamente cada vez más hombres jóvenes exhiben su hostilidad hacia el feminismo. Casi la mitad de los chicos con edades comprendidas entre los 15 y los 29, opina que el feminismo ha ido “demasiado lejos” y se ha convertido en una herramienta de manipulación. Decir que el feminismo ha ido demasiado lejos en una sociedad donde todos los años casi medio centenar de mujeres son asesinadas constituye una inmoralidad o un ejercicio de cinismo. Los que realmente han ido demasiado lejos son los agitadores disfrazados de periodistas que acosan a figuras como Sarah Santaolalla, Ana Pardo de Vera y Cristina Fallarás, auténticas profesionales de la comunicación, o políticas como Irene Montero e Ione Belarra, quizás el tándem más odiado por la ultraderecha.

Se repite una y otra vez que el Islam menosprecia a la mujer, pero se omite que la civilización cristiana occidental posee un largo historial de misógina institucionalizada. En la tradición católica abundan los comentarios hirientes y despectivos. Terturliano describe a la mujer como “la puerta del demonio”. San Agustín afirma que no aprecia nada estimable en la mujer, “salvo la función de concebir niños”. San Ambrosio asegura que en el corazón de la mujer “reina una malicia insondable”. En su Encíclica Casti conubbi (Del matrimonio casto, 1930), Pío IX declara que la causa de la emancipación de la mujer es “un crimen horrendo”. La tradición protestante no es más respetuosa. Martín Lutero advierte que “si la mujer muere en el parto, no hay que afligirse. Para eso está. Es la voluntad de Dios”. Hace unos años, el pastor evangelista Pat Robertson, amigo personal de George Bush y presentador de un influyente programa televisivo, afirmó que “el feminismo es un movimiento socialista contrario a la familia, que estimula a las mujeres a abandonar a sus maridos, matar a sus hijos, practicar la brujería, destruir el capitalismo y a convertirse en lesbianas”. 

La Ley judía desaconsejaba a los hombres hablar en público con las mujeres, incluso con sus propias esposas, pero Jesús de Nazaret se rodeó de mujeres, como María Magdalena, Junia y Marta y María de Betania, hermanas de Lázaro, salvó a una adúltera de ser lapidada y habló con una samaritana en un pozo, infringiendo un doble tabú: conversar con una mujer y mostrarse amistoso con un habitante de Samaria, tierra impura para los judíos por su mestizaje con los colonos asirios y su rechazo de los escritos proféticos y las tradiciones rabínicas. La misoginia no forma parte de la predicación de Jesús. Aparece por primera vez en Pablo de Tarso, que en sus epístolas escribe que las mujeres deben callar en las iglesias (Corintios 14, 34-35) y aprender en silencio con total sumisión (Timoteo, 2, 9-15). Según Karen Armstrong, historiadora de las religiones y premio princesa de Asturias de ciencias sociales 2017, esos pasajes son textos apócrifos, añadidos posteriores. Todo indica que la misoginia no es una enseñanza evangélica, sino una tradición romana asimilada por las comunidades cristianas en su intento de congraciarse con el imperio, cuyas leyes sometían a la mujer a la tutela del paterfamilias y las prohibía ocupar cargos públicos. La Iglesia Católica asumió esa perspectiva discriminatoria y aún hoy excluye a las mujeres del sacerdocio y el diaconado.

Se afirma que el Corán es sumamente hostil y represivo con las mujeres, pero en Pakistán y Bangladés, dos países musulmanes, el cargo de primer ministro ha sido ocupado por mujeres como Benazir Bhutto, Khaleda Zia y Sheik Hasina, algo que no ha sucedido nunca en Estados Unidos o España. En Reino Unido, Dinamarca y Alemania, ya hay mujeres que ejercen como imanes, y en Chicago funciona una mezquita centrada en las mujeres y las personas LGTBIQ+. Ciertamente, el Corán pide a las mujeres que obedezcan a los hombres, pero ese mandato también se encuentra en el judaísmo y la tradición cristiana. Se afea que las musulmanas usen el hiyab, pero hasta hace poco las cristianas ocultaban su pelo en las iglesias con un velo para emular la castidad de la Virgen. Algunas musulmanas afirman que el hiyab puede utilizarse para sustraer a la mujer de su rebajamiento a la condición de objeto sexual. Ciertamente, dentro del Islam hay corrientes reaccionarias, como el salafismo, pero también tendencias progresistas, que piden interpretar el Corán desde la perspectiva de nuestra época. En definitiva, el problema no es tanto la religión como su uso para legitimar la hegemonía masculina. 

El origen de la discriminación de la mujer se remonta al Neolítico, cuando surgen los primeros asentamientos humanos y el concepto de propiedad privada. La división sexual del trabajo engendró el patriarcado. En el Paleolítico, hombres y mujeres cazaban y recolectaban sin distinción. El fin de la vida nómada estableció que los hombres asumieran las tareas de producción y las mujeres se limitaran a engendrar hijos y trabajar en labores domésticas. La propiedad privada llevó a la concentración de la riqueza en unas pocas familias y a la necesidad de ejércitos que perpetuaran las desigualdades. En el campo de batalla, el hombre superaba a la mujer y ese hecho determinó que los derechos de propiedad se convirtieran en un privilegio masculino. El feminismo despunta en Occidente con la Ilustración y se consolida en el siglo XIX con la aparición del liberalismo, el socialismo y el sindicalismo. Sin embargo, hoy en día muchos hombres continúan resistiéndose a la definitiva igualación de los sexos en todos los ámbitos de la sociedad. ¿Cuál es el camino para acabar con las distintas formas de discriminación que aún perduran? Quizás, asumir que —como escribió Simone de Beauvoir— “no se nace sino que se deviene mujer”. Se puede ser mujer sin haber nacido mujer. Se puede ser mujer de corazón, identificándose con su sufrimiento, luchando por sus derechos, enfrentándose a cualquier forma de exclusión, exigiendo una igualdad plena, verdadera, real. 

La guerra contra las mujeres no finaliza porque muchos hombres experimentan inseguridad al verse superados por las mujeres. Los Vito Quiles, los Antonio Naranjo, los Nacho Abad, los Santiago Abascal y los Bertrand Ndongo son un ejemplo de esa frustración. Humillar e intimidar a una mujer es una forma de sentir poder y sortear el complejo de inferioridad que aún atormenta a muchos hombres. Espero que esta lacra desaparezca algún día, pero hasta entonces no desperdiciaré la ocasión de devenir mujer cada vez que se produzca una injusticia, un agravio o una discriminación. Como la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, pienso que “todos seríamos más felices si no soportáramos el peso de las expectativas de género”.

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