Nick Land, el acelerador del ‘tecnoliberalismo’
“Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Esta es una frase del crítico Fredric Jameson pero conocida a través de Mark Ficher, un filósofo y escritor británico, discípulo de Nick Land, quien sí cree estar en camino de alcanzar la superación del capitalismo industrial pero por caminos distintos a los que ambos imaginaban en los años noventa. Ficher, si viviera –se suicidó en 2017– no compartiría, probablemente, la evolución de su maestro.
En aquel tiempo, en el departamento de filosofía de la Universidad de Warwick, Land creó junto con su compañera de cátedra, Sadie Plant, la Unidad de Investigación de Cultura Cibernética (CCRU, por sus siglas en inglés) y convocaban tanto a universitarios como a artistas y filósofos que vislumbraban en la tecnología digital una nueva revolución. En estos encuentros, en los que abundaban las anfetaminas y sonaba música jungle, se teorizaba sobre el advenimiento de la Inteligencia Artificial que, según la mirada de Land, permitiría la extinción del capitalismo.
El apocalipsis virtual formaba parte de ese final pero, por entonces, sobrevino el de Land ya que, el exceso de drogas le provocó un colapso y la ruptura total con las convenciones académicas llevaron a la universidad al cierre del CCRU. Esto no impidió que su programa teórico se detuviera.
Land es uno de los cultivadores del aceleracionismo, un concepto que surge en la ciencia ficción de los años sesenta, pero que este pensador británico concibe como un proceso impulsado por la informática hasta alcanzar la automatización total. Por supuesto, llevado a un extremo de no retorno, constituye un proceso de deshumanización. Esto lleva a pensar que su desarrollo ataca todo tipo de visión progresista o ecologista pero su espectro es totalizador: las ideas conservadoras o nacionalistas también caducan con este planteamiento. Los pensadores Robin Mackay y Armen Avanessian consideran que “el aceleracionismo es una herejía política”.
Cuando Nick Land da por terminada su carrera profesional en la universidad se instala en Shangai y comienza una nueva vida como editor y blogero. El pensamiento de Land sigue avanzando hacia posiciones distópicas pero comienza a vislumbrar un futuro posible desde la derecha autoritaria. En el modelo chino empieza a ver virtudes para una nueva arcadia, un mundo premoderno, superador de la ilustración, que permita otro comienzo a la historia. En este trance conecta con Curtis Yarvin y nace la Ilustración Oscura.
Aún está fresca en el imaginario de todos la figura de Steve Jobs como el artífice de una tecnología amable capaz de ordenar y prefigurar el mundo de una manera bella. Jobs aparecía en un escenario vacío como el mesías de un futuro venturoso, vestido con vaqueros y camiseta negra y calzado con unas deportivas blancas. Así era la visión naif que se proyectaba desde el Silicon Valley, antes de las cadenas de oro que cuelgan del cuello de Mark Zuckerberg, antes de que Elon Musk exhibiera la motosierra que le regaló Milei o de la teoría del Anticristo que Peter Thiel expuso en un acto en Roma a pocas calles del Vaticano semanas atrás. Nick Land, de algún modo, el teórico de todos los neorreaccioanarios es la contracara marcial de Steve Jobs.
Hace un par de meses se presentó en una reunión en California con su habitual jersey roto, de alguna talla mayor a la suya y unos vaqueros amplios, tanto, que en lugar de piernas parecían arropar alambres. Un distraído hubiera pensado que un espontaneo había saltado al escenario. El escritor James Duesterberg, presente en el acto, dijo que se podría especular que aún no había renovado las prendas que usaba en la universidad. El lugar de reunión era la mansión de Richard Craib, fundador del fondo de inversión Numerai, operado a través de la inteligencia artificial y el organizador, Wolf Tivy, director de una revista futurista financiada por Peter Thiel. Nick Land, esa noche, compartió, ante una audiencia selecta, una larga conversación con Curtis Yarvin.
Antes incluso de que Donald Trump ganara su primera elección presidencial, se especulaba con un ocaso de la democracia y un avance en Occidente del modelo chino, un capitalismo radical y autoritario. Land, una vez establecido en Shangai, comenzó a revisar su sistema de pensamiento a partir de la experiencia china y comprendió que la fusión del marxismo y el capitalismo constituían un motor político de desarrollo social y económico único. China, para Land, se convirtió en un modelo aceleracionista virtuoso, una sociedad capaz de cambiar a gran velocidad.
Mark Fisher creía imposible el fin del capitalismo. Tenía razón.
La admiración de Land por el modelo tecnocrático de Singapur y el liderazgo de Deng Xiaoping en China posibilitó la conexión con Curtis Yarbin, y juntos, crearon la doctrina del neorreaccionarismo (NRx según aparecía en el blog de Yarvin) a través de la cual plantean la caducidad de la democracia y la necesidad de establecer una monarquía capitalista, una suerte de “gobierno-corporación” al frente de la cual sitúan a un CEO transformando el Estado en una empresa.
El proyecto es, al contrario del razonamiento de izquierdas que hacía Mark Fisher, un aceleracionismo de extrema derecha: el final del capitalismo liberal. Un aceleracionismo que, contradictoriamente, avanza hacia un pasado previo a la Ilustración, sin instituciones, solo mediante una gran corporación.
Un siglo atrás, la vanguardia artística italiana firmó un Manifiesto Futurista en el que el poeta Filippo Tommaso Marinetti puso como valor supremo “la belleza de la velocidad”. Aquella fascinación por la revolución industrial los llevó a la sublimación del fascismo.
¿Hacia dónde nos están empujando ahora? Porque Curtis Yarvin es el teórico que promueve Peter Thiel pero, por encima de todo, ejerce una gran influencia sobre el vicepresidente J. D. Vance. Es más, Steve Bannon, a pesar de su desprecio por los que llama tecnofeudales, también es permeable a las ideas de Land. Al frente de todos hay alguien que no lee pero a quien le suena bien esta música: el presidente Trump no desoye a sus futuristas de hoy así como Mussolini no desatendía a los suyos. La historia no se repite pero a veces se atasca y sentimos en la espalda el eco del pasado. Esa resonancia es audible en el manifiesto de los aceleracionistas.
Mark Andreessen fue, junto a Peter Thiel y Elon Musk, uno de los grandes financistas de la última campaña de Trump. Andreessen, quien cofundó Nescape y es uno de los principales accionistas de la sociedad de capital de riesgo Andreessen Horowitz, en cuya web está alojado el manifiesto que identifica el proyecto político del Silicon Valley. Todos lo rubrican: de Thiel a Musk, de Zuckerberg a Altman, de Bezos a Karp. El manifiesto está lleno de lugares comunes pero tiene algunas entradas sugestivas. Una: “combinamos tecnología y mercados para obtener lo que Nick Land ha llamado la máquina tecnocapitalista, el motor de la creación material perpetua, el crecimiento y la abundancia”. Otra: “creemos en el aceleracionismo, la propulsión consciente y deliberada del desarrollo tecnológico, para asegurar el cumplimiento de la Ley de Rendimientos Acelerados”. Otra más: “Creemos que la Inteligencia Artificial es nuestra alquimia, nuestra Piedra Filosofal, literalmente, estamos haciendo que la arena piense”. Al final, hay una lista de personalidades a las que se invita a conocer su obra para sumarse al “tecno-optimismo”.
Está, por supuesto Nick Land; también los economistas Friedrich Hayek y Milton Friedman, y, entre muchos más, no podía faltar el poeta Marinetti.
2