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Dime qué significa que esa habitación se ponía azul

luis

Hoy L&L habla con el filólogo y académico José Antonio Pascual (Salamanca, 1942), quien acaba de publicar No es lo mismo ostentoso que ostentóreo: la azarosa vida de las palabras (Espasa, Madrid, 2013). De 1972 a 1979 colaboró, de nueve de la mañana a nueve de la noche, seis meses al año, con Joan Corominas en el Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico: “A pesar de que entonces yo era doctor, catedrático de Instituto y profesor adjunto de la Universidad, allí me encontraba como un simple aprendiz que no entendía casi nada”, ha declarado. Acabó, sin embargo, firmando la obra como coautor. Concibió, junto con Juan Gutiérrez Cuadrado, el proyecto del Diccionario Salamanca de la Lengua Española (1996) y hoy, además de ser vicedirector de la Real Academia Española, dirige el Nuevo Diccionario Histórico. Dice estar rodeado de gente que se distrae con el scrabble on line. Él prefiere, sin duda (lo cita veinte veces en su libro), a Vikram Chandra.

L&L: Las lenguas, como bien dices, son instrumentos de comunicación “muy refinados”, pero los poetas, los místicos y los psicodélicos siempre se han quejado de que no alcanzan a expresar “lo inexpresable”. ¿Realmente hay algo que una lengua no pueda decir? En tu libro señalas que la inexistencia de una palabra para designar una cosa en concreto no significa que esa cosa no pueda designarse combinando unas palabras con otras, y que el culto a “la” palabra es un poco absurdo.

JAP: Sí, ciertamente, hay realidades que no se pueden expresar, precisamente porque no las logramos entender; si algo es inefable, es decir, si no sabemos explicarlo por medio de las palabras, es porque no lo entendemos. Cuando Juan de Yepes dice: entreme por donde no supe y quedeme no sabiendo, toda ciencia trascendiendo, simplemente nos muestra que no puede explicar una realidad que no entiende.

Eso no significa, por lo tanto, que unas lenguas puedan decir lo que otras no pueden. Como no implica que un escritor no intente ir más allá de lo comprensible, llevando a sus lectores a hacerles buscar un plus de significado en lo que dice, como hace Gide, cuando escribe: “Lanzaba con su voz fresca un permesso que ponía azul toda la habitación”. Dime qué significa que esa habitación se ponía azul...

L&L: Pues no tengo ni idea… Yo soy bastante escéptico con la idea de lo “inexpresable”. Tú observas en tu libro que no pasa nada por que el español no tenga palabras distintas para sueño (‘acto de soñar’) y sueño (‘acto de dormir’), y que una lengua que sí las tenga no es por eso más “rica”. Tenemos muchas herramientas lingüísticas para suplir esas presuntas “faltas”. De igual modo, creo que hay mecanismos suficientes —aproximativos, si no del todo explicativos— que nos permiten representar con palabras lo ininteligible, lo irracional…

JAP: Pues tienes toda la razón: insisto en que todo lo que no podemos expresar es porque no lo entendemos, como esa euforia mística, ese estado de iluminación, que Freud denominaba “sensación oceánica”, que un día le asaltó a Arthur Koestler en una colina de Buda mientras le penetraba en el cerebro la paradoja del infinito espacial. No tengo ninguna seguridad en los complejos caminos que puede recorrer la intuición, pues lo que me preocupa son aquellos trabajos científicos que resultan ser imposturas de autores que han cogido la música del método, sin entenderlo del todo, pero desconocen la letra del libreto: esos trabajos que se escudan en la oscuridad como si esta fuera una condición de la ciencia. Y te vuelvo a dar la razón: si sabemos qué queremos decir, cualquier lengua dispone de los mecanismos adecuados para que logremos hacerlo. Las palabras son solo ladrillos que, combinados los unos con los otros de mil formas, multiplican hasta el infinito los significados posibles. 

L&L: Tu libro está presidido por un loable y conciliador mensaje de “no perder los estribos” ni rasgarse las vestiduras por las contaminaciones, préstamos y “gozosas equivocaciones” en general a que se halla sometida la lengua, dado que ésta es, por su propia condición, cambiante y metepatas, y con un mecanismo muy ágil de asimilación y descarte. En cuestiones de léxico, te veo con una manga bastante ancha, si puedo decirlo así: por ejemplo, no pareces muy alterado con la neutralización que se da hoy en muchas partes entre “oír” y “escuchar”, ni muy contrario a que una construcción como “tachar de”, siempre asociada a cualidades negativas, se vaya aplicando hoy a cualidades positivas (“El ministro tachó de honesto a…”), o a que un verbo como “atesorar”, siempre asociado a bienes, hoy se utilice con males (“El cúmulo de desgracias que atesora este año el Barcelona”)… Pero no eres tan tolerante con los abusos en el terreno morfológico. Citas algunos ejemplos muy ingeniosos de sufijación (monclovita, culturoso, simbolorio), pero alertas contra el peligro de jugar demasiado con “el deseo de ser expresivo”.

JAP: Tras quitarte el acento que le pones a ésta, si me lo permites (como prueba de intolerancia), añado queno se trata de tolerancia, sino de realismo: cualquier norma prestigiada en un grupo es una construcción, no una consecuencia de la naturaleza en forma del uso. Eso explica que cuando a uno le enseñaron en la escuela que deber es distinto de deber de o que la v de novel suena de forma distinta a la b de nobel cueste mucho aceptar que esto no proceda de la naturaleza ni tenga nada que ver con la lógica. ¿Por qué va a ser más aceptable el uso que me enseñaron en la escuela, referente a una palabra, que el de Mario Vargas Llosa y el de otros muchos escritores? ¿Crees, por otra parte, que pertenece a la lógica que la gente oiga misa en lugar de escucharla? A la lógica nuestra no, pero sí a la de la historia, pues cuando la misa era en latín casi lo único que podía hacer la mayor parte de los fieles era oírla. No todo además es nítido y claro en la comunicación y en el pensamiento: cuando alguien mira a través de la ventana y ve la nieve que ha caído, quizá esté viéndola simplemente o quizá este mirándola. ¿Por qué vamos a obligar a los hablantes que nos muestren la atención con que oyen o miran algo? Y ¿por qué los filólogos hemos de imponer con contundencia nuestra idea de la norma, incumpliendo la recomendación de Luzán de que para indagar la verdad de las cosas hay que huir de “la ciega pasión, del amor propio, la grosería, la mordacidad”? Él animaba a “la prudencia, la urbanidad, la moderación y el juicio”. Es lo que he pretendido hacer en el libro y voy a hacerlo aquí de nuevo diciéndote que si quieres poner el acento a ésta no dudes en hacerlo.

L&L: Bueno, por esta vez… dejaremos esta sin tilde. Pero, volviendo a la morfología y a la derivación, ¿qué sientes cuando estás en un avión y oyes la grabación que dice: “Les recordamos que este (uhm, ya iba a poner éste) es un vuelo no fumador”? A mí me entra la risa.

JAP: Me gustaría decirte, si no lo tomas a pitorreo, que me alegra que me hagas esta pregunta, porque me llevas a algo muy importante: cada elección en materia de lengua es muchas veces una negociación. El ejemplo que me propones me parece horrible y, en cambio, no me ocurre lo mismo con un hermosísimo verso de la Eneida en que el procedimiento es el mismo: “Iban oscuros aquellos bajo la noche sola a través de la sombra”.

L&L: Has dejado a España entera de piedra al descubrir que “ostentóreo” no era una creación de Jesús Gil sino de… Juan Benet.

JAP: He de reconocer que pensé en presentar los hechos así: “Quien crea que Gil y Gil no era una persona culta, es porque no sabe que lo de ostentóreo fue algo que aprendió leyendo a Juan Benet. El suyo fue un homenaje al novelista y el hecho de que hoy pensemos que fue un error suyo se debe a su conocida humildad”; pero mi hija, que leyó esto, me recomendó que no me pasara de bromista y dejase las cosas como fueron: que don Juan y don Jesús fueron cada uno por su lado: el primero mezclando a propósito los adjetivos ostentoso y estentóreo: “Don Tertuliano, con su ostentórea presencia...” en Herrumbrosas lanzas; el segundo tropezándose con ambos. Es la diferencia que separa los juegos de palabras de Quevedo y las equivocaciones que comete Sancho Panza sin quererlo.

Soy yo ahora quien te pregunta: ¿esa voz ostentóreo no te hubieras atrevido a adoptarla de habértela encontrado en un escritor apreciado? Porque supongo que no la has hecho tuya al oírsela a Gil y Gil. Y de tu respuesta depende admitir que el valor de las palabras procede de muchas otras condiciones distintas a su forma o a su significado.

L&L: No sé qué decir… La verdad es que a mí me gusta mucho el léxico más convencional y estándar… jajaja. Confieso, además, que yo siempre había creído que ostentóreo era un cruce de ostentoso y estertóreo, no de estentóreo, que es una palabra que desconocía…

JAP: Fernando Sorrentino nos cuenta un caso de un texto en que su editor convirtió un estentóreo en estertóreo. Junto a la patología sintáctica a que te refieres en un artículo tuyo existe una patología de otra índole: la de aquellas palabras que están arrinconadas en el diccionario y que la gente no sabe con qué otras voces relacionar, como es el caso de este estentóreo que no me extraña que desconocieras.

L&L: Son hilarantes las páginas que dedicas al “aire de formación culta” de las creaciones, tan de moda, terminadas en -alia (Nautalia, agencia de viajes; Vinalia, vinoteca) e inventos parecidos (Depilaria, salón de belleza). Y brutal el caso de Bankia, que el presidente de Caja Segovia se entretuvo en explicar letra por letra para concluir: “Bankia, además, nombre de mujer”.

JAP: De todos los disparates, los peores son aquellos en que se combinan la cursilería con la petulancia, como ocurre con lo rancio de un piropo. Merecía la pena hacer un análisis cuidadosísimo del texto, lleno de disparates. Basta con leerlo: “La ‘B’ inicial representa ‘un corazón’ que está llamado a convertirse en el distintivo de la nueva firma. La ‘i’ alude tanto a la integración de las siete entidades como la integración de banca y ahorro. La ‘fusión’ de la ‘n’ y la ‘k’ también refuerza la idea de ‘integración’. La ‘a’ final representa ‘apertura’, frente a la ‘o’ cerrada de banco. Y ‘Bankia’, además, nombre de mujer. ¿Qué más se puede pedir?".

L&L: Los casos en -alia apelan a un hablante que quiere sentirse más exquisito, los en -ing (consulting, sponsoring, dumping) a uno que quiere sentirse más moderno y profesionalizado… Con la lengua uno puede crearse la ilusión de estar accediendo a una comunidad exclusiva y arcana. Ocurre también con la lengua de la delincuencia y de la juventud, llena de secretos y privilegios: si no hablas como yo —parecen decir—, no eres de los míos… y además te lo voy a poner difícil.

JAP: Hay al hablar un proceder mimético: sentirnos seguros acercándonos a la manera de hablar de un grupo, sea de delincuentes, de horteras o de sabios. Pero ello tiene la contrapartida de que a la vez nos separamos de otros grupos. Claro que por la mañana podemos hablar como profesores y por la noche buscar el aplauso de los delincuentes. El acto más personal, en el que uno quiere separarse de todos y tiene poco asidero gregario, es el del escritor que se enfrenta a solas con su obra y escribe buscando su estilo, no seguir el de otros o separarse de ellos. En todo ello buscamos además algo que no se suele tener en cuenta cuando se habla de las lenguas: pretendemos con los cambios que les infligimos (espero no haberme equivocado de verbo) no aburrir a la gente, pues, como ha dicho Jorge Wagensberg, “el mayor enemigo del cerebro es el aburrimiento y el del aburrimiento la ausencia de cambio”.

L&L: Una cosa que me ha encantado de tu libro es que, a la hora de poner ejemplos, citas traducciones (de Huxley, Bowles, Proust, Pavese… y, claro, Vikram Chandra). Esto es extraordinario: en la base de datos léxica de la RAE no hay textos procedentes de traducciones, de lo que puede deducirse que para la RAE las traducciones no son español. Y sin embargo es de suponer que muchas de las primeras documentaciones de ciertos préstamos y neologismos se encuentren en las traducciones. Ahora ha entrado por fin en la Academia un traductor no helenista, Miguel Sáenz… ¿Es signo de algo?

JAP: Realmente donde empieza la creación de la terminología científica y técnica es en las traducciones. En ellas encontramos muchas de las primeras documentaciones de una palabra en nuestra lengua. El esfuerzo del traductor, tanto si acierta como si no (entre paréntesis, ¿qué es acertar?), es decisivo para la implantación de una palabra. En el caso del traductor literario su esfuerzo no es muy distinto del del creador. Y, es más, podemos ver la lengua literaria como una especie de traducción de la lengua coloquial.

L&L: Insistes en tu libro en que los diccionarios “no encierran la realidad del mundo”, pero la posición del DRAE siempre ha sido algo ligerita en este asunto. Por un lado, cuando alguien protesta y pide que se retire de él una frase como “trabajar como un negro” por racista, se nos recuerda que el Diccionario es un registro de usos, al parecer imparcial; pero a mí no me extraña que alguien plantee esas peticiones, porque está claro que mucha gente no ve el Diccionario como un registro, sino como una especie de Biblia o Corán, un libro sagrado que, además de “encerrar” el mundo, recomienda y legitima, más que describe, palabras y expresiones. Y a la RAE, confesémoslo, la auctoritas le pone mucho; muchas de sus iniciativas no obedecen a una mera política de registro.

JAP: Si no arrojamos fuera del diccionario usos que no nos gustan es porque de ese modo, cuando una persona los oiga (y no digamos nada si los escucha) y no los entienda, ha de tener un lugar al que acudir. Ciertamente si se mantienen voces inconvenientes en el diccionario, alguien puede pensar que esto es un aval para su empleo, sobre todo si nos descuidamos y no caracterizamos esos usos como anticuados (cuando lo sean) o incluso impropios (cuando nos lo parezcan). En cualquier caso, a diferencia de las biblias, los diccionarios pueden suprimir y añadir palabras y acepciones. Hay ciertamente lingüistas que tratan por todos los medios de quitar las esquinas de las palabras para tratar de cambiar la realidad, y personas demasiado confiadas en que los usos, regulares, malos, vulgares, insultantes o injustos habría que erradicarlos del diccionario. ¿Llegaríamos para ello a despojarlos de palabras como sumiso, dócil o súbdito que molestaban a Eduardo Haro o borrar de ellos indignación o intolerable, como pretendía Unamuno? El diccionario es, querámoslo o no, un mensajero. Lo importante es que lo que no nos gusta y aparece, sin embargo, en él, para que termine desapareciendo un día, marcado como inexistente, ha de desaparecer previamente del uso.

L&L: Además, me parece a mí, un diccionario no es responsable del uso que hagan de sus “inquilinos” (como llamas a las palabras que registra) los hablantes. Es el hablante quien elige lo que dice y cómo lo dice. Teniendo a su disposición otros modos de decir, que se sirva de uno en concreto es responsabilidad suya.

JAP: Exactamente. En este ordenancista mundo nuestro no hay que regularlo todo, sino dejar a la gente que elija. En esto soy radicalmente liberal.

L&L: ¿Qué tal va el Nuevo Diccionario Histórico que diriges? Un diccionario histórico es un diccionario que registra las palabras desde su primera documentación y desde ahí, por orden cronológico y con ejemplos de uso, va señalando los cambios de significado que han experimentado hasta la actualidad. ¿Es consciente ya la Academia de que es el auténtico diccionario que nos falta, cuando otras lenguas como el inglés, el francés, el italiano, el catalán, etc. lo tienen desde hace casi un siglo, si no más?

JAP: En cierto modo en este ostentoso libro mío que nos ha traído aquí a hablar de todas estas cosas se explica la necesidad del diccionario histórico. De momento están en el portal de la Academia los materiales que se emplean para hacer este diccionario. Tales materiales han cambiado de raíz la forma de trabajar en filología: hace veinte años un editor de un texto antiguo, ante una palabra problemática, tenía poquísimos apoyos para aceptarla o rechazarla y hoy ya tiene elementos importantes de comparación. Un diccionario histórico facilitaría ostensiblemente —no ostentóreamente— la redacción de un diccionario del uso actual y les explicaría a los hablantes las razones de usos que no comprenden.

No sabes cómo te agradezco que te parezca que el diccionario histórico es imprescindible para nuestra lengua, algo de lo que no todo el mundo está convencido.

L&L: Para terminar, y si no es abusar, ¿nos cuentas brevemente alguna de esas fantásticas historias de evolución del significado y uso de una palabra que no hayas podido incluir en tu libro?

JAP: Te voy a señalar una que ha adquirido un significado en el diccionario: leemos, en la 2ª acepción de albogue del diccionario académico, que se trata de “Cada uno de los dos platillos pequeños de latón que se usan para indicar el ritmo en las canciones y bailes populares”. Es difícil entender cómo esa flauta de dos caños que es el albogue se ha convertido en un instrumento de percusión. Todo se debe a una mala interpretación de un pasaje del Quijote, que dice así: “¿Qué son albogues —preguntó Sancho—, que ni los he oído nombrar ni los he visto en toda mi vida? —Albogues son —respondió don Quijote— unas chapas a modo de candeleros de azófar, que dando una con otra por lo vacío y hueco hace un son, que, si no muy agradable ni armónico, no descontenta y viene bien con la rusticidad de la gaita y del tamborín”. La equivocación se debe a haber tomado ese dando una con otra como ‘chocando’, cuando significa aquí ‘estando la una junto a la otra’ y luego por lo vacío... como ‘a causa de lo vacío’, cuando significa ‘a través del hueco’. De esa forma se trata sencillamente de la flauta en que los dos caños están pegados y pasa a través de ellos el aire... Fue una de esas ocasiones en que Homero dormitaba.

 


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