Santa María se organiza contra la droga: el barrio de Cádiz que no quiere volver atrás
Mayte y Antonio llevan más de 20 años viviendo en la calle Botica, a escasos metros del número 12, un inmueble que esta misma semana ha sido tapiado por el Ayuntamiento de Cádiz tras ser señalado por los vecinos como un punto de venta de sustancias estupefacientes. Ambos superan los 70 años y, como tantas otras personas del barrio de Santa María, han empezado a cambiar rutinas. “Antes bajábamos tranquilos”, cuenta ella. “Ahora ya no”. Mayte ha dejado de llevar bolso por miedo a un tirón. Como ella, son muchos los mayores que evitan salir de noche y las familias que ya no dejan a sus hijos ir solos a comprar a las tiendas cercanas. El pasado viernes, Mayte y Antonio encabezaron la manifestación con la que el barrio quiso escenificar su rechazo a un mal que sienten de nuevo en sus calles: la droga.
Desde hace unos días, Santa María —el primer barrio del casco antiguo tras cruzar las Puertas de Tierra— está cubierto de pancartas hechas a mano, colgadas de los balcones. “Nuestro barrio no es un punto de venta”, se lee en una de ellas. La iniciativa ha sido fruto de una acción comunitaria acordada por una representación vecinal cansada de incidentes violentos, visitas indeseadas y una creciente sensación de inseguridad.
En los últimos meses se han sucedido los episodios que han colmado la paciencia del vecindario. La ocupación de una vivienda en la plaza de la Merced, que acabó derivando en una reyerta. Peleas con armas blancas. Y la detección de distintos puntos de compraventa de droga en pisos del barrio. La intervención policial en la finca de la calle Botica, con el desalojo y posterior tapiado del inmueble, ha sido el último ejemplo de una situación que ya había desbordado la convivencia.
El clamor vecinal se hizo visible el viernes pasado en una manifestación multitudinaria que recorrió todas las calles del barrio, sin dejarse ni una. El Ayuntamiento ha reforzado desde entonces la seguridad y la presencia policial en la zona.
“Menos menudeo y más menudo”
“Menos papelinas y más papelillos. Menos menudeo y más menudo”, reza otra de las pancartas, tirando de humor como forma de resistencia. Porque la inseguridad no solo está alterando hábitos y rutinas: también amenaza una de las señas de identidad de Santa María: su alegría.
Cuna de grandes flamencos y sede del Nazareno, alcalde perpetuo de Cádiz, en Santa María siempre se ha vivido todo con intensidad. Ha sido tradicionalmente uno de los núcleos más densamente poblados de la ciudad. Llegaron a concentrarse en torno a 5.000 en sus momentos de mayor ocupación repartidos en casas de vecinos, fincas antiguas y patios compartidos que alimentaban una vida comunitaria intensa. Hoy esa cifra ha descendido de forma notable: se estima que residen entre 2.000 y 3.000 personas, en un parque de viviendas compuesto por varios centenares de fincas, muchas envejecidas o transformadas por el auge del alquiler turístico.
“Lo más triste es que haya vuelto lo que conseguimos que desapareciera hace tiempo”, lamenta Antonio Setién, antiguo propietario de un comercio de alimentación emblemático del barrio y encargado de leer el comunicado final de la manifestación. En los años 80 y 90, Santa María protagonizó movilizaciones similares para expulsar el tráfico de droga de sus calles. Algunas de las personas que hoy vuelven a concentrarse ya estuvieron entonces.
“A nuestro barrio le han dado palos de sobra. Hemos visto cómo se marchaban los vecinos de toda la vida por problemas con las casas. Cómo cerraban las tiendas, entre ellas la mía. Y cómo nuestras plazas se quedaban sin niños. Nos han dejado de la mano de Dios. Pero después de todo lo que hemos pasado no vamos a permitir que la droga nos vuelva a robar la tranquilidad”, proclamó Setién entre aplausos. Las protestas actuales apelan a la memoria colectiva de un barrio que aún recuerda los estragos de la heroína, las vidas truncadas y las noches en vela.
“Los camellos, al desierto”
“Los camellos, al desierto”, se lee en otra tela que cruza de balcón a balcón. “Antes mandaban a los niños a comprar, ahora ya no bajan solos”, explica uno de los tenderos desde detrás del mostrador. Habla de consumidores que buscan dinero o cualquier objeto de valor con urgencia, y de un clima de amenaza constante que afecta tanto a los negocios como a la vida cotidiana.
Desde hace una semana, los vecinos se organizan en brigadas nocturnas para impedir que compradores y vendedores de droga actúen con impunidad. Cuando detectan movimientos sospechosos, avisan a la Policía. La presión vecinal ya ha tenido un efecto inmediato: tras la repercusión mediática, el Ayuntamiento ha incrementado la presencia de la Policía local. El alcalde, Bruno García (PP), que asistió a la protesta junto a concejales de su gobierno, recuerda no obstante que la lucha contra la droga y la seguridad ciudadana son competencias de la Policía Nacional, dependiente del Gobierno central.
Más allá del reparto de responsabilidades, los mensajes que cuelgan hoy de las fachadas del barrio insisten en una misma idea: frente al miedo, la unidad. Santa María ya sabe lo que es perder demasiado y no está dispuesta a repetir la historia. El barrio que un día se organizó para expulsar la droga vuelve ahora a hacerlo, con la memoria intacta y el miedo controlado. Para que las pancartas ya no hagan falta. Para que Mayte y Antonio puedan bajar otra vez tranquilos por la calle Botica.
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