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El verdadero Demófilo

Primer número del semanario 'El Motín'

Antonio Zoido

29 de enero de 2022 20:49 h

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La visión del Palacio sevillano de las Dueñas suele evocar dos figuras: la de la última duquesa de la Casa de Alba y la de Antonio Machado que, como es sabido, nació allí, en unas pequeñas dependencias donde vivía la familia. A su padre, Antonio Machado Álvarez, Demófilo, y a su abuelo, Antonio Machado Núñez, a pesar de haber tenido cualidades relevante, desempeñado cargos importantes y dejado obras científicas y literarias, los recuerda poca gente y a aquel casi únicamente porque fue el primero que reunió coplas flamencas para publicarlas en un libro.

Murió pobre el 4 de febrero de 1893 y de ello tan sólo se hicieron eco las líneas necrológicas de unos pocos amigos. Para colmo, cinco años después, en 1898, la pérdida de las últimas colonias desataba un vendaval que culpaba al flamenco (y, de paso, a Andalucía) del desastre. Sólo con las primeras luces de la democracia volvieron a editarse sus obras.

Sin embargo, hace unos días Demófilo volvió a la notoriedad gracias a un artículo de Alejandro Luque en este periódico. Su título era ¿Fue Demófilo, el padre de los hermanos Machado, un 'comecuras'? y giraba en torno a un volumen de 1889, Cante místico-flamenco, de autor anónimo, furibundo anticlericalismo y ripios de mal gusto que ha vuelto a ver la luz ahora de la mano de un señor llamado David Pérez Merinero.

Éste, según Luque, baraja -cito- “como plausible la hipótesis de que su autor es Antonio Machado Álvarez, Demófilo, padre de los hermanos Antonio y Manuel Machado y colaborador habitual de El Motín. De hecho, un año antes de publicarse este librito, Demófilo había publicado en la misma colección un libro de Cantes flamencos que no debe confundirse con la célebre Colección de cantes recogidos y anotados de 1881, obra de referencia absoluta entre los historiadores flamencos”.

Plausible significa digno de ser aplaudido merecidamente porque posee cualidades tras una reflexión coherente y lúcida pero, en este caso, el adjetivo no responde a nada de eso; es sólo uno de tantos bulos de los que se echan a rodar sin base e impunemente en estos tiempos de inconsciencia o irresponsabilidad generalizadas. El único punto de verosimilitud (esto es, de parecido a la verdad) en la hipótesis está en el seudónimo Demófilo.

Se sabía que, entonces, éste fue usado por varias personas al mismo tiempo y quien se mete en el berenjenal de estas ediciones podría haber sabido que también Antonio Machado Álvarez conocía que un “comecuras” lo usaba. Lo dice en una carta a Luis Montoto, fechada en Madrid, el 2 de enero de1884, recogida por Daniel Pineda Novo y publicada en el n.º 10 de la revista de la Fundación Machado:

“… Dentro de mi pobreza he hecho con el Pueblo lo que he podido, siquiera haya abandonado el nombre de Demófilo que emplea otro que piensa hacer la obra popular combatiendo a los curas.” Se refería, seguramente, a Fernando Lozano, fundador de la revista “Las Dominicales del Libre-Pensamiento”, una publicación abiertamente anticlerical como “El Motín” del que Machado Álvarez no fue un “colaborador habitual”, como alega Pérez Merinero ya que sólo se relacionó con el semanario para la edición de su libro “Cantes Flamencos”.

Pero lo que marca verdaderamente las diferencias entre nuestro Demófilo y el autor anónimo del libro en cuestión es la esencia de su pasión por el folk-lore, por la Ciencia del Pueblo, donde, según él, se encontraría “la verdadera Historia del Mundo”. Esa era la razón por la que recogía coplas (y no porque fueran malas, buenas o magistrales, que unas lo serían y otras no) y por la que, junto con Rodríguez Marín y Montoto, acudía como alumno a la “cátedra” del Café Cantante abierto por Silverio y El Burrero en la calle Rosario.

Ahora que estamos por las fechas del aniversario de su muerte sería bueno advertir que, aunque la memoria de Demófilo se haya limitado con demasiada frecuencia a reseñar su labor recopilatoria de coplas flamencas, en realidad abordó en este campo (también tocó otros muchos recogidos por Enrique Baltanás en los tres volúmenes de sus Obras Completas) la empresa de poner en valor lo que no parecía otra cosa que un rompecabezas de piezas poéticas sueltas, llegadas a la memoria del cantaor por caminos que abrían al alimón el azar y la necesidad y rebrotaban desde su garganta, como Dios le daba a entender.

Habría que recordad para los escolares y para todo el mundo que Demófilo fue, primero, un seguidor de Karl Christian F, Krause y Sanz del Río y, más tarde, de Herbert Spencer y que, con otros intelectuales en su mayoría incardinados en la Universidad hispalense, alumbró en España las sociedades folk-lóricas, creando la de Sevilla junto con la revista “El Folk-Lore Andaluz” hace ahora 140 años. Estuvieron en ellas su padre, Rector de la Universidad, Alejandro Guichot, Manuel Sales y Ferré, Francisco Rodríguez Marín, Luis Montoto, Hugo Schuchardt… unidos en el estudio de conocimientos que, entonces, no eran contemplados en las disciplinas académicas: literatura oral, usos, costumbres, leyendas, mitos y ritos... mantenidos mediante el boca a boca y pasando así de generación en generación.

Que aquella institución, revolucionaria ante un academicismo sedicente, no fue un acontecimiento aislado, al margen de la vida intelectual de nuestro país. Nació al mismo tiempo que la Institución Libre de Enseñanza, el Ateneo y Sociedad de Excursiones hispalense, la Escuela paisajística de Alcalá y otras entidades con visiones similares y el propósito de superar el escolasticismo intelectual que tenía a España desenganchada de la modernidad. Todas ellas fueron las precursoras del período literario y artístico español conocido como la “Edad de Plata”.

Que frente a la cultura académica de entonces, basada, sobre todo, en argumentos de autoridad, los folk-loristas hicieron florecer otra, con la transmisión oral como bandera, para poner en valor el “saber de los ignorantes”.

Y que éste, a partir de ahí, esa Ciencia estuvo bajo el foco de estudiosos tanto españoles como extranjeros.

Lo verdaderamente plausible de Antonio Machado Álvarez, Demófilo, es llegar a la conclusión de que el esfuerzo de sacar a la luz estrofas inconexas, cantadas por gente analfabeta fue Musa de la prosa ultraista de Cansinos Assens, de la lírica de Villalón, García Lorca, Manuel Machado, Rafael Alberti, Rafael de León…. De la pintura de Julio Romero de Torres, de la música de Turina y Fon de Anta.

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