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'Un año y tres meses', poesía para conversar con el vacío, la muerte y el futuro

El escritor y director del Instituto Cervantes, Luis García Montero

Alejandro Luque


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Estos días finales que ya son,/ ahora, recordados,/ los más felices de mi vida”. Los últimos versos del nuevo libro de Luis García Montero, Un año y tres meses (Tusquets), suscitan la perplejidad del lector, tratándose de un libro sobre la enfermedad y el fallecimiento de su esposa, la también escritora Almudena Grandes. Pero solo si no se han leído las 70 páginas anteriores.

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El título del volumen alude al periodo transcurrido entre el diagnóstico de la enfermedad de Almudena Grandes, realizado durante una revisión en septiembre de 2020, y su muerte en noviembre de 2021. Y aunque García Montero ha ejercido con éxito como prosista y ensayista, esta vez se le impuso la poesía. “Me gustaría señalar que, cuando se produce algo tan radical, la vida pierde su sentido, es un diálogo con el vacío y la desolación, y uno tiene que acudir a lo más profundo de la propia identidad para buscar ese sentido. En mi caso, mi relación con la poesía, que me ayudó a relacionarme con el mundo y ahora me ayudaba a encontrarme a mí mismo”.

El granadino, sin embargo, reconoce que ha sido un proceso difícil. En su auxilio acudió la tradición poética, “cómo ha tratado ésta los sucesos fundamentales de la condición humana, el amor y la muerte, las grandes construcciones del ser humano. Porque los animales tienen instintos, pero no esas construcciones culturales”.

Diálogo con la tradición

“Quería que no fuese un desahogo biográfico, sino más bien una reflexión sobre la condición humana que trascendiera de lo particular a una experiencia más general. Algo que no afecte solo a un yo, sino sobre lo que hablar y compartir”, prosigue García Montero, quien se acuerda de autores como Góngora o Bécquer, que decían que tras una crisis amorosa alguien es un muerto en pie. “Con el diálogo con la literatura he ido componiendo este libro, desde el Arcipreste de Hita, con la muerte de Trotaconventos en el Libro del Buen Amor, hasta los ríos que van a dar al mar de Manrique, sin olvidar poetas muy cercanos a mí como Joan Margarit, que enfermó paralelamente a Almudena y también escribió un libro poco antes de morir, donde afirmaba que ese último año lo tenía como uno de los más felices de su vida. Eso me animó a escribir desde la perspectiva del que se queda y tiene que sobrevivir. Cuando el tiempo pasa y el dolor se convierte en convivencia con el recuerdo, al final del libro yo también me animé a decir que ese año y tres meses iba a ser, también, lo mejor que vivimos”.

La asunción de la pérdida es otro de los objetos que ha tenido la escritura de Un año y tres meses. “Si algo duele mucho cuando se pierde es porque ha sido importante. La manera de despedirme después de casi 30 años de convivencia es la suerte de haber podido acompañar a esa persona, de haber podido cuidarla, cuidarnos”. Pero se establece también un diálogo con la esperanza, por más que el desenlace fuera terrible. “El cáncer es una enfermedad que se supera con mucha frecuencia. Muchos amigos la han superado, o la han cronificado. El contacto con gente que lleva cinco, seis, siete años así era un motivo de esperanza, y eso caracteriza también el proceso de la enfermedad”.

El fallecimiento de Almudena Grandes también invita a García Montero a echar la vista atrás y recordar el momento en que se conocieron, y cómo los versos fueron un elemento importante para que naciera el amor entre ambos. “Tuve la suerte de que a ella le gustara mucho la poesía; de hecho, creo que se fijó en mí porque era poeta y le gustaba lo que yo hacía”, recuerda. “El título de su novela El corazón helado nace de los versos de Antonio Machado, una de las dos Españas ha de helarte el corazón, rinde homenaje a Galdós a través de Cernuda… Cuando empezó nuestra relación, yo buscaba libros de poetas que a ella le gustaban mucho, desde Felipe Benítez Reyes o el propio Joan Margarit, y en la última página en blanco del libro le copiaba un poema de amor que yo le iba dedicando”.

Del pudor

Ese fue el origen de Completamente viernes, un libro de amor que García Montero empezó a componer un poco antes de vivir juntos. Ahora sonríe evocando el revuelo que causó la pareja, con episodios entrañables. “Un día me llama Gloria Fuertes y me pregunta: ‘¿Es verdad que te has liado con Almudena Grandes?’ Sí, le dije, y me respondió: ‘Pues a esa la quería yo para mí’. Por esas fechas, Ángel González me llama y me comenta: ‘Dice Chus Visor que Almudena tiene mucho interés en firmar en la caseta de Visor, pero solo si va contigo, ¿es que pasa algo?’”.

“Convivimos con la memoria, y ésta forma parte del presente. De hecho, los momentos más felices de la vida van conformando nuestra educación sentimental junto a los más dolorosos, convivimos también con la muerte”, prosigue el poeta. “El momento más melancólico que uno puede tener no es de recordar el pasado, sino esa parte del pasado donde el futuro estaba en su sitio, las ideas estaban claras, las ilusiones, y esos son los que se recuerdan cuando el futuro ha dejado de estar en su sitio”.

Por otro lado, el autor destaca un elemento muy presente en este libro: el pudor. “Los que somos partidarios de los espacios públicos somos también pudorosos a la hora de contar las cosas privadas. En ese sentido, reivindico la buena calidad de la poesía joven porque, en un momento de redes en las que todo el mundo dice lo que piensa antes de pensar lo que dice, la poesía siempre ha sido el ejercicio de establecer un diálogo público con la intimidad que no se convierta en patetismo, en amarillismo ni en insulto”.

Demasiada prisa

García Montero reconoce que hay en el libro dos palabras especialmente duras: “Una es vómito. En medio de esa lucha por la calma, de pronto no resisto más, me tomo una botella de whisky y acabo devolviendo, y mi única preocupación es que ella no me vea”, explica. La otra es mudanza. “Para volver a ti mismo tienes que asumir que la vida ha cambiado, empiezas a hacer mudanza y en una caja vas metiendo desde los recuerdos compartidos, hasta tu propio corazón, y a ver cómo te entiendes como un presente en el que el futuro ha perdido ya significación”.  

La reflexión de García Montero tiene también una lectura actual. “Vivimos en una sociedad con demasiada prisa. Se está mercantilizando todo, incluido el tiempo, hasta el punto de convertirlo en un objeto de usar y tirar. Parece que lo que sucede hoy mañana estará olvidado, y eso, de alguna manera, está convirtiendo la vida en el reino del bulo, de la mentira, de un mundo en que mañana no se pedirá rendición de cuentas de lo que se haga hoy”.  

También señala el autor de El jardín extranjero, Habitaciones separadas o Vista cansada a “una sociedad tan hedonista, que ha tratado de borrar la muerte y la vejez, y convertir los deseos en derechos. La pandemia nos ha hecho recordar que existe la muerte, que hay que cuidarse, que es necesario olvidarse a veces de que tienes razón y de que vas a cumplir todo lo que te propongas”.   

Frente a ese bazar de espejismos y patrañas, la verdad de una poesía que, sin embargo, no pretende actuar como distracción de la tragedia. “Dicen que el amor es eterno, la muerte no pone fin a nada. ¿De qué hablamos? La muerte es una putada que pone fin a muchas cosas importantes. Lo que hay es que aprender a encontrarle sentido a la vida, sabiendo que es posible mantener una convivencia con la memoria y darle otra oportunidad a lo que puede pertenecer a la vida”.

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