Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.

La vivienda como tratamiento: “Hay personas que fallecen en la calle por enfermedades prevenibles y tratables”

En las viviendas para la recuperación de la salud de HOGAR SÍ en Córdoba conviven 13 personas con problemas de salud y situación de sinhogarismo.

Sara Rojas

17 de agosto de 2026 06:00 h

0

Mohamed recibe diálisis tres veces por semana mientras espera la llamada que puede cambiarle la vida: un trasplante de riñón. Tiene una enfermedad rara que le provoca tumores en órganos vitales y ya ha perdido los dos riñones. Si siguiera viviendo en la calle, no tendría la oportunidad de acceder a ese tratamiento.

Llegó a España en patera hace años y durante mucho tiempo mantuvo una vida normalizada. Trabajaba, estaba empadronado y podía sostenerse económicamente. Todo cambió cuando enfermó. La imposibilidad de mantener ingresos estables terminó empujándolo a una situación de sinhogarismo.

Hoy espera ese trasplante desde una de las viviendas para la recuperación de la salud que HOGAR SÍ gestiona en Córdoba. Allí cuenta con una habitación, seguimiento sanitario y la estabilidad necesaria para continuar un proceso médico que fuera del recurso sería prácticamente inviable.

“Si Mohamed no estuviera en este programa, no podría ni siquiera optar a entrar en la lista de trasplante, porque las personas que están en situación de sinhogarismo directamente no acceden a ella”, resume Beatriz Arce, coordinadora del programa viviendas para la recuperación de la salud de HOGAR SÍ en Andalucía.

La historia de Mohamed no es una excepción para el equipo de salud de esta entidad social. La pregunta de la que parte este recurso es precisamente qué ocurre cuando una persona recibe el alta hospitalaria y no tiene un lugar donde recuperarse. “Cuando una persona susceptible de un trasplante, de quimioterapia o de un tratamiento prolongado sale del hospital sin vivienda, no se les ofrece ese tratamiento”, explica Arce.

La consecuencia, advierte, es que “hay personas que fallecen en situación de sinhogarismo por enfermedades totalmente prevenibles y tratables”. Por eso, programas como el de HOGAR SÍ intentan evitar que la falta de vivienda se convierta en una barrera sanitaria. “Eso es lo que falla en el sistema: la casa es necesaria para todo el mundo, pero no debería ser un condicionante para recibir o no un tratamiento”, sostiene la coordinadora.

Mohamed en su habitación de las viviendas para la recuperación de la salud en Córdoba

Tras el alta, empieza la recuperación

Las viviendas para la recuperación empezaron a funcionar en 2018 con el objetivo de dar respuesta a una realidad que el equipo veía repetirse una y otra vez: personas sin hogar que salen del hospital sin un lugar donde continuar su tratamiento. “Hay personas que están ingresadas porque tienen una enfermedad y llega un momento en el que el médico da el alta no porque se hayan curado, sino porque ya no tienen criterio de ingreso hospitalario, pero ellas no tienen dónde seguir su proceso de convalecencia”, explica Arce.

Cuando no disponen de domicilio, muchas vuelven directamente a la calle. Y allí, sostiene la coordinadora, la enfermedad suele agravarse de nuevo: “Vuelven a enfermar y al final esto provoca una rueda de entrada y salida del sistema sanitario y de hiperfrecuentación de urgencias”. HOGAR SÍ ha medido el impacto que tiene un programa como este en el uso del sistema sanitario: según sus evaluaciones, la frecuencia de visitas a urgencias desciende de forma significativa cuando las personas acceden a una vivienda estable.

El programa en Córdoba ofrece 13 plazas. Atiende a personas sin hogar con enfermedades crónicas, personas convalecientes y también a quienes necesitan cuidados paliativos y acompañamiento al final de la vida. La estancia media ronda los nueve meses, aunque no existe un límite establecido: algunas personas permanecen solo unas semanas y otras necesitan mucho más tiempo para recuperarse.

Esa diversidad de casos hace que la demanda sea constante y muy superior a la capacidad disponible. En Andalucía mantienen una lista de espera “viva” de entre 40 y 50 personas en situación de especial vulnerabilidad. ¿Y qué ocurre cuando no hay plazas libres? “Mucha gente fallece mientras está en lista de espera”, responde Arce. En España solo existen otros dos recursos similares, en Murcia y en Madrid.

En la vivienda se genera un clima de "familia" porque los usuarios residen juntos, algunos comparten habitación y comparten muchas horas de convivencia

La vivienda como parte del tratamiento

La idea que atraviesa todo el programa es sencilla y, al mismo tiempo, incómoda para el sistema: hay tratamientos médicos que resultan prácticamente imposibles de seguir viviendo en la calle. Arce pone ejemplos concretos: personas en diálisis, pacientes oncológicos o candidatos a un trasplante, como Mohamed. “Tenemos pacientes oncológicos a los que se les dice: te pongo la quimio si tienes dónde recibirla, pero si te vas a ir a la calle no te la pongo”, reconoce.

La coordinadora sabe de la necesidad de los cuidados asociados a esos tratamientos, pero cuestiona que la ausencia de vivienda termine convirtiéndose en una barrera de acceso. “Hay que buscar una alternativa, no simplemente sacar a la persona del sistema”, reivindica. Y recuerda: “Cuando a una persona le ofrecen un trasplante, le están dando la posibilidad de tener una vida nueva, de recuperarse y de volver a trabajar y formar parte de la sociedad, pero si no tiene dónde vivir, esa oportunidad desaparece”.

El ejemplo de Mohamed, insiste, no es excepcional. La esperanza de vida de las personas en situación de sinhogarismo es alrededor de 30 años menor que la de quienes disponen de un domicilio. “Y estamos hablando de personas nacionales, migrantes, hombres, mujeres, jóvenes y mayores... personas que se quedan totalmente fuera del sistema porque no tienen esa vivienda donde recibir los tratamientos”, lamenta.

Para Arce, el error es interpretar el sinhogarismo como un fracaso individual. “Es un problema estructural: faltan recursos, faltan programas y faltan respuestas públicas”, sostiene. En España hay más de 37.000 personas en situación de calle, recuerda. Y muchas de ellas atraviesan enfermedades graves, procesos de salud mental o situaciones administrativas complejas.

Lo primero que mejora no es la enfermedad

En la vivienda de Córdoba las habitaciones son individuales o dobles y los residentes comparten los espacios comunes. El equipo incluye profesionales de enfermería, trabajo social y psicología. La recuperación, aseguran, no depende solo de la medicación: el primer cambio suele reflejarse en la salud emocional del paciente. “Casi el 60% de las personas que llegan presentan síntomas depresivos y, tras entrar en el programa, ese porcentaje baja muchísimo: mejoran anímica, física y emocionalmente”, asegura la coordinadora.

Arce resume el primer beneficio del programa en “sentirse acompañados”. La convivencia con otros residentes, explica, permite “restablecer vínculos, darse la oportunidad de iniciar una vida nueva y recuperar derechos que habían perdido”. Algunas personas vuelven a contactar con sus familiares, otras acceden por primera vez a prestaciones sociales que nunca habían tramitado y otras terminan reincorporándose al mercado laboral.

“Hemos tenido personas que han salido, han empezado a trabajar e incluso han montado un negocio y contratado a otras personas”, cuenta Arce. Para la coordinadora, cada uno de esos casos demuestran que “no hablamos de personas incapaces de rehacer su vida, sino de personas que han perdido mucho, pero que tienen mucho que aportar”, asevera, convencida de la capacidad del ser humano para seguir adelante.

El programa de viviendas para la recuperación de la salud tiene un alto porcentaje de salida autónoma, lo que quiere decir que la persona retoma su vida sin volver a requerir la ayuda del sistema de atención al sinhogarismo

Arce insiste en que mantener un tratamiento médico en situación de calle es mucho más difícil de lo que suele imaginarse. La falta de una rutina de sueño, la inseguridad constante y la imposibilidad de cubrir necesidades básicas hacen que muchas personas no puedan seguir correctamente la medicación ni acudir con regularidad a las revisiones. Además, muchos usuarios del programa llegan sin tarjeta sanitaria, sin médico de cabecera asignado y sin saber siquiera qué centro de salud les corresponde. El equipo regulariza esa situación en pocos días y facilita el acceso a especialistas y tratamientos.

A partir de ahí, “la medicación siempre acaba bajando; la persona aprende a conocer su enfermedad, a manejar su tratamiento y puede llevar una vida totalmente autónoma”, asegura la directora del programa en Andalucía, aludiendo a personas que han sufrido brotes continuos de salud mental mientras vivían en la calle y que lograron estabilizarse una vez entraron en la vivienda.

Ese es precisamente el objetivo de HOGAR SÍ: facilitar una recuperación que permita a la persona continuar su vida fuera del sistema de atención al sinhogarismo. “No queremos que sean dependientes de estos recursos, sino darles las herramientas para rehacer sus vidas”, esgrime Arce. Los resultados apuntan hacia ese camino. Según los datos de su memoria de 2025, una parte importante de las personas que pasan por el programa abandona posteriormente el sistema de atención al sinhogarismo y continúa su vida de forma autónoma.

Casos de extrema vulnerabilidad

El programa también acompaña a personas en cuidados paliativos. Son, según Arce, algunos de los casos más duros: “Hay personas que se mueren en la calle o en una unidad hospitalaria sin ningún apoyo ni acompañamiento”.

En esas situaciones, el trabajo se centra en dignificar el final de la vida y cumplir las últimas voluntades: el deseo de contactar con familiares, ver el mar por última vez, pasear, disfrutar de una comida determinada o simplemente no morir solos. “Aquellos que pueden elegir dónde fallecer, casi siempre eligen hacerlo aquí, porque sienten que esta es su casa”, afirma la coordinadora del programa.

La convivencia prolongada genera vínculos muy intensos entre los residentes. “Aquí se crea un clima de familia”, cuenta Arce. Eso hace que cuando un compañero fallece, “el resto lo vive como la pérdida de un familiar”.

En el caso de las personas migrantes, las dificultades se multiplican: problemas para acceder a vivienda, empleo, prestaciones o determinados recursos sociales. La realidad es que “la enfermedad no conoce de situación administrativa”, como sostiene Arce, quien considera “una pena dejar a gente fuera del sistema porque no esté regularizada en nuestro país”.

Más que una cuestión de derechos

Mohamed es uno de esos ejemplos. “Cuando entré aquí cambiaron muchas cosas: tengo casa, tratamiento, medicamentos y, lo más importante, la opción del trasplante que estoy esperando para volver a mi vida de antes”, dice desde la vivienda para la recuperación de la salud en Córdoba.

Dentro del programa ha conseguido regularizar su situación y obtener permiso de residencia y trabajo. También tiene reconocida una discapacidad del 85% y una esperanza que hace unos meses parecía imposible: el esperado trasplante.

“La única barrera que tiene ahora mismo es que la enfermedad sea compatible con poderle trasplantar un riñón para que vuelva a tener una vida normalizada”, explica Arce. Mientras espera esa llamada, Mohamed sigue recibiendo tres veces por semana diálisis. Puede hacerlo porque ahora tiene una habitación, una cama, una llave y una dirección. Para el equipo que lo acompaña, la diferencia entre esa vivienda y la calle no es solo una cuestión de derechos. Es, en muchas ocasiones, una cuestión de vida o muerte.

Etiquetas
stats