Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
Sobre este blog

El Prismático es el blog de opinión de elDiario.es/aragon. 

Las opiniones que aquí se expresan son las de quienes firman los artículos y no responden necesariamente a las de la redacción del diario.

Conciertos 'nocevox'

El presidente en funciones del Gobierno de Aragón, Jorge Azcón.

0

Vivimos pendientes de las expectativas y convivimos con sus consecuencias. El problema es que construimos la realidad con las probabilidades que esperamos y no con las posibilidades que tenemos. La consecuencia es que nos frustramos porque no se cumple lo que nos gustaría y nos enfadamos porque creemos que los demás sí lo consiguen. Estamos llenos de falsas expectativas porque las confundimos con deseos e ilusiones. Las verdaderas son los objetivos. Pero es una palabra más exigente, que implica un mayor esfuerzo, y que compromete la responsabilidad de su protagonista. En cambio, dotamos a las expectativas de vida propia fuera de nosotros. Las consideramos unos entes autónomos que se mueven por la fuerza del azar en dirección a la suerte. Ni siquiera somos dueños de las expectativas. Los otros, da igual que hablemos de la familia cercana o de la culpable y lejana sociedad, nos señalan, ordenan y valoran las ilusiones que debemos tener, y las repercusiones que debemos temer de no alcanzarlas. Las expectativas actúan como expectorantes de la personalidad. Nos cargamos con la mucosidad de la envidia y expulsamos flemas de odio. Al final, nos pasamos el día escupiendo necesidades creadas y bebiendo frustraciones para emborracharnos de pena por lo que no tenemos.

Decía el artista suizo-alemán Paul Klee que una línea es un punto que salió a caminar. En este mismo sentido, las expectativas son los pensamientos que dejamos flotar. La frase tiene un punto romántico. Pero si echamos a volar metas accesibles, estas quedan reducidas a cometas que dependen de vientos ajenos. Es lo que demostraron experimentos que analizaron la influencia de la expectativa sobre el resultado. Quizás el estudio más conocido sea el que promovieron una pareja de psicólogos norteamericanos, Leonore Jacobson y Robert Rosenthal, en una escuela de Primaria de ese país. Mis colegas comentaron al personal docente que iban a pasar una prueba de inteligencia a los chicos de una clase. Posteriormente informaron al profesorado de los resultados y les detallaron quiénes eran el 20% del alumnado más destacado que, probablemente, obtendrían las mejores notas en la evaluación final del curso. Antes de terminar los estudios, los psicólogos regresaron al colegio para hablar con los profesores y constataron que se había cumplido la expectativa que transmitieron a sus maestros. Motivo por el que el profesorado les expresó su admiración por disponer de una herramienta tan precisa a la hora de valorar y prever los resultados que finalmente se dieron. Tras esto, los psicólogos tomaron la palabra y les explicaron que los nombres de las niñas y niños que iban a tener las mejores notas se habían elegido al azar, ya que nunca se les pasó ninguna prueba de inteligencia. Entonces, ¿cómo es que se dieron esos mejores resultados académicos, si en realidad no eran alumnos intelectualmente superiores? Pues porque fueron tratados cómo si lo fueran y ellos creyeron serlo porque estaban siendo tratados como alumnos con competencias superiores a las del resto de sus compañeros. Así funcionan las expectativas. De la misma forma que el efecto placebo hace que podamos suministrar un edulcorante como si fuera una pastilla efectiva que, efectivamente, produce los efectos sugeridos en quien la recibe, porque está convencido de que sus propiedades están en el producto y no en sus expectativas sobre el mismo. Claro que también existe el llamado efecto 'nocebo'. En este caso hablamos de la antítesis malvada del placebo. Si nos informan de posibles efectos secundarios de un fármaco, alimento o actividad, podemos sufrir esos síntomas de malestar aunque no haya ninguna razón, ni tengan ningún componente que pueda provocarlo. Los prospectos son todo un compendio de posibles efectos 'nocebos' (que debemos leer).

La mezcla de expectativas y creencias es lo que tiene. Y no todo es negativo o puramente ficticio. Intervienen también procesos neurológicos y hormonales reales: cuando anticipamos dolor o enfermedad, nuestro cerebro activa mecanismos de estrés que pueden producir inflamación, alterar el ritmo cardíaco o modificar la percepción del dolor. Y aunque hablemos habitualmente de medicamentos, vemos reacciones negativas en la vida diaria. Por ejemplo, es el caso de la denominada hipersensibilidad electromagnética, en la que algunas personas dicen sufrir malestar y dolores de cabeza que achacan a aparatos electrónicos o la propia wifi. Estas personas sufren y enferman, realmente, porque consideran culpables de sus males a estos dispositivos, por muy inofensivos que sabemos lo son. La clave para no sufrir con las expectativas es ser conscientes de nuestras creencias, elegir fuentes confiables y actuar críticamente con la información que consumimos.

La actualidad tiene más efectos nocivos que ‘nocebos’. Trump y Netanyahu siguen alimentando la guerra de sus mundos en la que sólo cabe el suyo. Hoy, precisamente, se cumplen veintitrés años del asesinato de José Couso, cámara de televisión, bajo los disparos de un tanque norteamericano en Bagdad. Da igual que hablemos de Irak, Irán, Líbano, Gaza o de Oriente Medio en su conjunto. Los culpables de su muerte, ayer, son los mismos que ordenan los bombardeos hoy. La diferencia es el anonimato de tantas víctimas lejanas, frente al reconocimiento de un compatriota cercano al que masacraron haciendo su trabajo. Ir a la Luna, para matarnos en la Tierra, no tiene ningún sentido.

Las disputas en Aragón, entre Vox y Feijóo, se gestionan desde Madrid. Por eso Azcón sufre las consecuencias de tanto nocebo. El presidente en funciones disimula su malestar con aspirinas de discreción, pero se resiente de los efectos secundarios tras su resultado electoral: debilidad popular, dolor en los genitales políticos, palpitaciones gubernamentales, arritmia de gestión, parálisis en las articulaciones de la administración, afonía comunicativa, sudoración en sus extremidades derechas, dificultad de conducir gobiernos complejos, entumecimiento en la toma de decisiones y aturdimiento general. La falta de sueño le provoca funambulismo público. Por eso, regala a la ultraderecha, con el dinero de todos, conciertos nocivos en la educación del bachillerato con la iglesia privada. Este hombre no se priva de nada, pero privatiza todo. Está poseído por el efecto ‘nocevox’.

Sobre este blog

El Prismático es el blog de opinión de elDiario.es/aragon. 

Las opiniones que aquí se expresan son las de quienes firman los artículos y no responden necesariamente a las de la redacción del diario.

Etiquetas
stats