Óscar Camps, fundador de Open Arms: “Hemos normalizado ver el dolor ajeno como si fuera una película”
El fundador y director de Open Arms ha presentado en Zaragoza 'Open Arms. Una misión a contracorriente', un libro que recoge una década de rescates en el Mediterráneo, pero también el cambio del relato migratorio en Europa, la criminalización de las ONG y el auge de los discursos xenófobos.
Camps atiende a elDiario.es Aragón después de participar en la flotilla hacia Gaza y mientras se inicia una nueva misión humanitaria rumbo a Cuba para llevar placas solares a un hospital pediátrico de La Habana.
Este es un libro que “no debería existir”, según sus propias palabras. ¿Por qué?
Después de diez años en el mar hemos visto muchas cosas que creemos que no deberían pasarse por alto ni olvidarse, que deberían quedar recogidas en una memoria. Pensamos que si nosotros no lo hacemos, ¿quién lo va a hacer? ¿Pasará esta década a la historia como una más? Si lo hacen desde un despacho, quedará todo reducido a un Excel donde las personas desaparecen entre cifras maquilladas y estadísticas reinterpretadas que pueden dar otra visión de la realidad. Con todas las imágenes que tenemos, habiendo llevado fotoperiodistas en todas las misiones, y con todos los testimonios recogidos durante estos diez años, decidimos plasmarlos. Nos dimos cuenta de que en este tiempo era el mismo mar, una misma década, pero habíamos visto dos historias distintas. Había un discurso inicial de que la sociedad quería acoger, de que existía cierta empatía y de que el trabajo que estábamos haciendo era valorado. Nos daban premios incluso en la Unión Europea y, de golpe, hay un cambio paradigmático y, a partir de 2018, el discurso cambia, sobre todo en el mundo digital, y pasamos a ser villanos haciendo exactamente lo mismo, en el mismo mar y en la misma década.
El libro divide la historia entre 'Héroes' y 'Villanos'. ¿Quiénes son hoy los villanos de esta historia?
Decidimos ordenar todo lo que teníamos en este libro que no debe existir. Lo abres y está la parte de héroes, que explica las versiones de las personas rescatadas, de quienes han participado en rescates, médicos, jueces, policías, cocineros o doctoras, e incluso personas rescatadas del mar que cuentan su historia y las decisiones que se toman en los últimos minutos de un naufragio. Todas esas vivencias quedan recogidas en la primera parte del libro. Le das la vuelta y puedes entrar en la parte de villanos, ese contexto político en el que ha ocurrido todo en estos diez años: el auge de la extrema derecha, los discursos de odio, la xenofobia, la externalización de fronteras o la criminalización por hacer exactamente lo mismo. Todo esto está recogido en un libro que no tiene portada ni lomo y que viene dentro de una caja precintada. Es más que un libro, es un objeto que pretende ser la memoria de estos diez años. Quizá dentro de tres o cuatro décadas, cuando nos preguntemos qué pasó en esa época tan convulsa, haya imágenes, testimonios y alguien que lo cuente.
El libro obliga al lector a abrir páginas pegadas y romper precintos para acceder a determinadas imágenes y testimonios. ¿También hay una reflexión sobre cómo miramos el sufrimiento ajeno?
Tienes que hacer un esfuerzo para sacarlo de la caja, tienes que romper un precinto si quieres acceder a la información. Y eso contrasta mucho con un algoritmo, una pantalla y un dedo que hoy en día te dice lo que tienes que pensar, creer u opinar. Antes íbamos a las bibliotecas y contrastábamos la información para asegurarnos de que era buena. Hoy en día nos creemos cualquier cosa y este libro te hace trabajar. No tiene portadas duras ni lomo porque no le hace falta. Sencillamente documenta diez años de historia en el Mediterráneo y diez años de trabajo de muchísimas personas. Te das cuenta de que hay muchísimas fotos porque los fotoperiodistas son importantes, hemos hecho 125 misiones y nos han acompañado dos fotoperiodistas a cada una de ellas. Es un objeto que vas a ver y leer con detenimiento porque contiene muchísimos testimonios, cartas muy personales y vivencias muy particulares. Ha sido nominado como finalista en la categoría de mejor libro de fotografía.
En estos diez años, ¿también ha cambiado la mirada social hacia las personas migrantes?
Vemos que hay dos realidades. Igual que en el libro tenemos dos versiones, en la vida actual también hay que diferenciar el día a día real de la realidad digital. En la calle, en el contacto directo entre personas, se reconoce el trabajo que hacemos, viniendo hasta aquí nos han felicitado en dos ocasiones. En cambio, luego está la realidad digital, que es completamente diferente: artificial, financiada y pagada. Hay granjas de bots que generan un discurso xenófobo y un odio que grita. La sociedad civil es empática y solidaria, pero discreta. No necesita alardear porque es la inmensa mayoría. En redes sociales, en cambio, el odio necesita gritar porque es minoría y porque está financiado. Nosotros lo sufrimos constantemente con algoritmos que potencian estos discursos con intenciones políticas, pero no estoy de acuerdo en que ese discurso xenófobo sea el mayoritario. No lo creo. Es fácil manipular datos o estadísticas para generar determinados relatos. La ignorancia a veces nos lleva a querer creer, pero la inmensa mayoría de la gente tiene valores y principios. Cualquier persona haría lo mismo que hacemos nosotros si estuviera en nuestro lugar. Si estuvieras en medio del mar, lejos de tierra, y vieras una embarcación precaria y sobrecargada, no tendrías ninguna duda de que te acercarías a ayudar porque, si no lo haces tú, morirán.
Cuando escucha hablar del “efecto llamada”, ¿qué piensa después de todo lo que han visto en el mar?
El efecto llamada no existe. Existe el efecto huida. Detrás de cada persona que huye hay un territorio devastado, un conflicto o decisiones económicas y geopolíticas que han colocado a esas personas en una situación imposible. Nadie se sube a una patera sobrecargada con su familia si quedarse es más seguro. Nadie huye de su casa, de su familia o de su entorno si no es por una causa de fuerza mayor. Hay 56 conflictos armados activos en el mundo y seguimos desestabilizando países, generando guerras y vendiendo armas. La gente que se mete en una barca precaria no sale pensando que una ONG le va a rescatar. Ni siquiera saben quiénes somos cuando nos encuentran en mitad del mar. Las ONG no están siempre. Lo que pasa es que cuando están, rescatan. No existe el efecto llamada. Además, la inmigración que llega en patera representa alrededor del 10% o el 12% de la inmigración irregular que llega a España. No se puede hablar de invasión con esos datos.
¿Cree que nos hemos acostumbrado a ver el dolor ajeno?
Creo que el goteo constante de sufrimiento en informativos y redes sociales, verlo de una forma tan cruda y tan real, cómo bombardean escuelas y matan niños, cómo la gente muere de hambre o cómo se hunden embarcaciones, hace que pasemos de ver niños descuartizados a vídeos de gatitos con un simple movimiento de dedo. Eso es la pornografía del dolor, ha entrado tanto en la sociedad que nos inmuniza. Hemos normalizado ver el dolor ajeno en una pantalla como si fuera una película y hemos visto un genocidio en directo mientras tardábamos un año y medio en decidir si debíamos llamarlo genocidio. ¿Hasta qué punto manipulan nuestra opinión a través de una pantalla y de algo tan cotidiano como un smartphone? Se condiciona muchísimo a la sociedad y además nos individualizan. Dejamos de participar en acciones colectivas, ya no conocemos al vecino, no pertenecemos a asociaciones ni a colectivos. Como sociedad nos han quitado el poder de conseguir cambios políticos, de manifestarnos o de mostrar descontento públicamente. Todo eso desaparece porque nos individualizan.
Después de una década de rescates, ¿cómo se gestiona todo lo vivido?
Decepciona y deprime. Deprime darte cuenta de que esta Europa ha envejecido fatal. La degradación moral de Europa en estos últimos 80 años es enorme. Todavía tenemos más humanidad en la sociedad civil que en muchos dirigentes europeos. Esta Europa cínica se ha convertido en un decorado que saca pecho de los derechos humanos, de la solidaridad y de la empatía mientras vende armas a países que vulneran todo eso. Cuando el genocidio viene acompañado de beneficios económicos cuesta mucho decir que no. Esa Europa cínica y rancia tiene que acabar. Las nuevas generaciones deberían sustituir rápidamente todo esto y posicionarse.
Han participado en la flotilla hacia Gaza. ¿Qué sensación deja que una misión humanitaria necesite tanta protección y genere tanta tensión internacional?
Refuerza todavía más la idea de que Europa permite que otros países ataquen barcos civiles en aguas de responsabilidad europea y que lo hagan con la connivencia de la Policía Exterior de Fronteras Europea y de países como Grecia, que permiten que barcos militares entren en su zona de responsabilidad, ataquen embarcaciones civiles, las destrocen y secuestren a 150 personas por la fuerza y contra su voluntad. Eso es piratería de Estado y vulnera no solo los derechos humanos, sino también el derecho marítimo internacional y la Convención de Ginebra. Y nadie dice nada. Hay que decir las cosas como son y nombrarlas. Open Arms lo hace y por eso somos villanos para algunos. El establishment no está de acuerdo porque recibe presiones, dinero y subvenciones y mueve muchísimo. Podemos ser villanos para unos y héroes para otros, pero no podemos ser las dos cosas al mismo tiempo. Hay organizaciones que no se posicionan ante el genocidio y esta es la base de todo: tener valores, tener principios y no moverte de tu línea. Open Arms se sostiene en más de un 90% gracias a donaciones privadas de la sociedad civil y eso nos da independencia para denunciar todo lo que vemos. Y ojalá sigamos siendo incómodos para algunos, porque eso significará que seguimos en la línea que corresponde.
Open Arms prepara ahora una misión rumbo a Cuba para llevar placas solares a un hospital pediátrico de La Habana. ¿Por qué deciden impulsar este proyecto?
Es una crisis humanitaria silenciosa que lleva seis décadas afectando a la población civil. Decisiones políticas pueden llevar a un sufrimiento colectivo injustificado y deteriorar durante décadas la vida de la gente. El bloqueo energético hace que hospitales no puedan mantener las zonas de cuidados intensivos, los quirófanos, las incubadoras o los medicamentos. Y eso provoca que las personas más vulnerables, incluso los neonatos o los enfermos, sufran las consecuencias. Para nosotros una vida es importante. Nos movilizamos por la foto de Aylan Kurdi, por una sola vida. Hemos hecho misiones para salvar una única vida en el mar. ¿Cómo no vamos a hacer nada? Si haciendo una campaña y utilizando nuestra visibilidad, que es un valor de Open Arms, podemos recaudar los fondos suficientes para dotar de independencia energética a la UCI pediátrica del Hospital Juan Manuel Márquez de La Habana, y eso lo podemos hacer con 150.000 euros y un barco de 52 años, ¿por qué no hacerlo?. Muchos dirán que eso no va a arreglar el problema de Cuba. Claro que no. Pero somos una organización muy pequeña que tiene un barco y que puede hacer esto. Nunca sabes qué acción puede desencadenar un cambio. Cuando fuimos a Lesbos en 2015 yo nunca pensé que diez años más tarde hubiéramos rescatado a más de 73.000 personas en el mar. Cuando fuimos a Ucrania nos decían que no llegaríamos y encontramos otra ruta. Cuando fuimos a Gaza también nos decían que no se podía hacer y acabamos desembarcando 400 toneladas de comida. No nos vamos a quedar en el sofá viendo cómo mueren neonatos porque no funcionan las incubadoras. Si podemos hacerlo, tenemos la responsabilidad moral de hacerlo.
Después de todo lo vivido, ¿hay esperanza?
Tengo cuatro hijos y una nieta y no quiero ser responsable del mundo que les dejamos. Yo hago lo que hago por los que vienen detrás. Deberíamos empezar a movernos todos. Hay que acabar con todo esto lo antes posible y lo va a hacer la sociedad civil, no nuestros representantes políticos.
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