Todos los domingos, en el boletín ‘Política para supervivientes’, algunas de las historias de política nacional que han ocurrido en la semana con las dosis mínimas de autoplagio. Y otros asuntos más de importancia discutible.
La era de los supervillanos
En el último día de 2025, el Departamento de Seguridad Interior de EEUU publicó en Twitter una imagen robada (obra de un ilustrador japonés). Una playa maravillosa con su palmera y un coche de diseño de los años 50. Lo que cuenta es la frase que aparece insertada en la imagen: “América después de 100 millones de deportaciones”. El paraíso. Y además una frase en el tuit: “La paz de una nación que ya no está sitiada por el Tercer Mundo”.
Es un buen ejemplo de esta era de los supervillanos en la que vivimos. Y no se limita a EEUU. La clave es demostrar a los votantes que sus prejuicios y sus odios son entendidos y apoyados con independencia de que la promesa sea cierta o viable. A veces, esto último es lo de menos. Es el placebo del odio. Quizá no hagamos lo que decimos que vamos a hacer, básicamente porque es imposible, pero lo que cuenta es que nos gustaría comportarnos como unos canallas dispuestos a violar la ley y lo que sea que nos pongan por delante.
Este sábado, hemos visto otro ejemplo que cuenta con ecos de un pasado muy sombrío. EEUU ha atacado con bombardeos aéreos varios puntos de Venezuela y capturado a su presidente, Nicolás Maduro y a su esposa. Capturar es una palabra correcta, como también lo es secuestrar, porque la acción supone una violación del Derecho internacional y de la soberanía del país latinoamericano. Es lo mismo que hizo Putin cuando ordenó invadir Ucrania y capturar y/o matar a Zelenski. Con el Derecho internacional, siempre es igual. No hay excepciones ni es posible aplicar criterios distintos en función de la ideología de los gobernantes.
El ataque es también ilegal, según la Constitución de EEUU, que concede en exclusiva al Congreso el poder de declarar la guerra a otro país. El secretario de Estado, Marco Rubio, mintió a los congresistas cuando les dijo que el despliegue naval en las costas venezolanas no tenía como objetivo el “cambio de régimen” en Caracas, como ha comentado un senador demócrata que le escuchó decir esas palabras.
En una entrevista por teléfono en Fox News, Trump dijo que había visto la acción en tiempo real por videoconferencia: “La vi literalmente como tú verías un programa de televisión. Fue algo increíble”. Todo es un show para Trump. Le preguntaron por el futuro de la industria del petróleo en Venezuela: “Vamos a estar implicados en ella de forma intensa. Eso es todo. Es lo que puedo decir. Tenemos las mayores empresas petrolíferas del mundo”.
A fin de cuentas, eso es lo que prometió María Corina Machado, la líder de la oposición venezolana. En una conversación con el hijo mayor de Trump en octubre, dijo que aspira a privatizar su industria petrolífera y entregarla a empresas de EEUU, “que van a ganar mucho dinero”. Todo con tal de convencerle para que invada el país.
Por la tarde, Trump dio una rueda de prensa en Florida. “Vamos a gobernar el país hasta que podamos hacer una transición segura y adecuada”, dijo. No estaba hablando de la democracia en Venezuela. Para que no hubiera ninguna duda, citó literalmente la Doctrina Monroe y que “la hemos superado en mucho”. ¿Democracia? Hemos vuelto al colonialismo de 1823.
Por resumirla brevemente, la Doctrina Monroe fue una declaración del entonces presidente James Monroe en la que se avisaba a los países europeos de que EEUU no toleraría que intervinieran en los asuntos políticos de todo el continente americano. EEUU no contaba entonces con recursos militares para hacerla cumplir, pero a finales del siglo XIX la situación era diferente. La guerra de 1898 contra España sirvió a EEUU para hacerse con el control de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam. Fue el comienzo de una larga lista de invasiones e intervenciones militares y políticas en Latinoamérica.
Feijóo y el Partido Popular se apresuraron a felicitarse por el secuestro de Maduro dando por hecho que era el inicio del regreso de Machado a Venezuela, así como el de Edmundo González. Debieron de quedarse lívidos al ver que Trump no hacía más que referirse al petróleo, como una de sus prioridades. Por no hablar de cómo despreció a Machado de la que dijo que no puede gobernar porque no tiene el apoyo y el respeto de la mayoría de la gente en Venezuela. Es lo que pasa cuando lo apuestas todo al apoyo de una potencia imperial extranjera gobernada por un millonario caprichoso.
Trump difundió el sábado una foto de Maduro esposado en el buque USS Iwo Jima que lo llevará a Nueva York. Después hizo lo mismo con un vídeo de varios momentos de los bombardeos con la música de 'Fortunate Son', una canción de 1969 de Creedence Clearwater Revival. La hemos escuchado en muchas películas sobre la guerra de Vietnam. La letra de la canción tiene una intención antibelicista y se refiere al reclutamiento de jóvenes para la guerra y de cómo los hijos de los millonarios se libraban. Con Trump y su propaganda, la ironía se ve superada una y otra vez.
Es un signo de los tiempos que corren. No cuenta tanto la coherencia de las promesas, sino mostrar que nada impedirá que se cumplan los peores instintos de los ciudadanos. Ni la ley ni la realidad. Y esto no vale solo para EEUU. Volvamos al anuncio xenófobo con el que comenzaba el artículo, ese que se relamía con la idea de cien millones de deportaciones. EEUU tiene una población de unos 342 millones de habitantes. El 14% de los residentes en el país han nacido en el extranjero, lo que serían unos 47 millones. Por tanto, para alcanzar esa cifra de cien millones de expulsiones, el Gobierno debería expulsar a unos 53 millones de personas nacidas en EEUU, lo que obviamente sería ilegal. Y eso contando con que deportarían a todos los antiguos inmigrantes que tienen reconocida la residencia legal en el país.
Eso nunca ocurrirá. El objetivo de esta propaganda producida por un Ministerio del Gobierno no es hacer una promesa concreta. Económicamente, sería una catástrofe que EEUU perdiera a casi una tercera parte de su población. Lo que se busca es hacer pública una declaración xenófoba y racista. ¿No sería maravilloso un país sólo con blancos?
Es lo mismo que cuando Vox exigió que se utilizara a la Armada para impedir que los cayucos llegaran a las costas españolas. ¿Qué pretendían que hiciera? ¿Hundir las embarcaciones? ¿Violar las aguas jurisdiccionales de los países africanos para devolver a sus ocupantes? Serían medidas claramente ilegales, según el Derecho internacional, como tuvo que recordar el jefe de las Fuerzas Armadas. La Unión Europea no lo permitiría. Pero no se trataba de plantear una medida realista, sino de convencer a sus partidarios de que nadie odia tanto la inmigración como Vox. Sólo ellos están dispuestos a hacer lo que sea para que los extranjeros, preferiblemente africanos y árabes, desaparezcan de España.
Lo vimos también en Badalona. El Ayuntamiento recurrió a los tribunales para proceder al desalojo de un edificio donde vivían unos 400 inmigrantes. No era suficiente para Xavier García Albiol. Se desentendió del destino de esas personas a pesar de la responsabilidad de los servicios sociales del Ayuntamiento. Que les busque casa Sánchez, dijo. Lo importante no era el desalojo, sino comunicar a los votantes que odia a los inmigrantes, que, si por él fuera, tendrían que dormir en la calle bajo la lluvia. Es increíble, pero es así. Ser un miserable da votos en España en estos momentos. Al menos, la gente como Albiol cree que es así.
José María Lassalle lo explicó bien en la SER: “La crueldad está avanzando de una manera normalizada y amparada en la ley”. Amparada, porque el desahucio fue decretado por una decisión judicial, pero luego no hay mecanismos para obligar a un alcalde a que asuma su responsabilidad, incluso cuando desobedeció la orden de la jueza de que se diera una alternativa de alojamiento a los expulsados.
La deshumanización de esos inmigrantes –habitual en Vox o en políticos como Albiol– se repite con frecuencia. Se les asocia con la delincuencia, con la suciedad o con costumbres ajenas a las locales, aunque en la mayoría de los países ellos hacen lo posible para adaptarse a la nueva sociedad. Se les acusa de robar los empleos a los locales y de vivir de las ayudas públicas, como si ambas cosas fueran compatibles.
Con Trump, siempre tienes asegurados los peores insultos. En su primera campaña en 2016, acusó a los inmigrantes mexicanos de ser unos violadores. En la de 2024, afirmó que los inmigrantes haitianos en Ohio cazaban perros y gatos para comérselos. Hace unas semanas, y a cuenta de una presunta estafa en la entrega de ayudas sociales, se lanzó contra los residentes de origen somalí en Minnesota. “Vamos por mal camino si seguimos aceptando esta basura en nuestro país. Ilhan Omar (congresista demócrata de origen somalí) es basura. Sus amigos son basura”.
No importa cuántos artículos leas sobre la polarización. El factor diferencial de estos tiempos no es ese, sino la forma en que algunos, en especial la extrema derecha, nos quieren convencer de que la crueldad es la única salida para los problemas profundos de un país. Mauro Entrialgo escribió un libro, 'Malismo', sobre esa tendencia en la que se regocijan tantos políticos.
Son muy aburridos los periodistas que se dedican a dar consejos morales a los ciudadanos, pero en esto es bueno hacer una excepción. Hay que resistir la tentación de convertirse en un cabrón sin escrúpulos.
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