Dentro de la XXV Semana de la Ciencia
El pasado mes de noviembre de 2025 se celebró en Madrid la vigésimo quinta edición de la Semana de la Ciencia y la Innovación. El evento, que tiene como principal objetivo la divulgación científica, está organizado por la Comunidad de Madrid y consta de actividades en distintos centros de investigación de la capital.
En varios de esos actos, según se anunciaba en la web oficial del evento, se explicaría el porqué del uso de animales para el estudio de distintas patologías, como el Alzhéimer o el ictus. Por esa razón, activistas antiespecistas decidieron participar en varias de esas jornadas y comprobar así cómo la industria de la experimentación animal, profundamente opaca y con graves deficiencias en cuanto a transparencia, enfoca públicamente su discurso.
Las actividades a las que las activistas asistieron y que pasaremos a analizar a continuación a través de su testimonio fueron la “Jornada de puertas abiertas del Centro de Investigaciones Biológicas Margarita Salas, un viaje a través del conocimiento”, en el CIB Margarita Salas; “Rat and furious. Combatiendo el ictus desde el laboratorio”, en el Instituto de Investigación Sanitaria del Hospital Universitario La Paz; “Mousetific. El porqué del estudio en ratones”, en el Centro de Tecnología Biomédica; y “¿Cómo cuidamos a los animales que nos ayudan a investigar enfermedades neurodegenerativas?”, en el Gabinete Veterinario del Campus de la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid.
'Jornada de puertas abiertas en el Centro de Investigaciones Biológicas Margarita Salas, un viaje a través del conocimiento'
El primero de los actos al que asistieron las activistas fue uno de los quince organizados por el Centro de Investigaciones Biológicas Margarita Salas. Si bien en la descripción del mismo no se hacía referencia explícita a la experimentación animal, las activistas consideraron interesante asistir, ya que el CIB Margarita Salas es uno de los centros pertenecientes al CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas), que ha contratado en distintas ocasiones los servicios de Vivotecnia para el cuidado de su animalario.
A pesar de que las denuncias de complicidad con un laboratorio acusado de maltrato animal como Vivotecnia han sobrevolado al Centro durante los últimos años, la falta de explicaciones y transparencia en cuanto a experimentación animal durante la jornada fue tan decepcionante como previsible. Carmen Fernández, quien impartió la charla de presentación al evento en el salón de actos del centro, advirtió: “Hay instalaciones que no podemos visitar por su propia dinámica”. Entre esas instalaciones, como era de esperar, se encontraba el animalario. “No lo podemos visitar por las propias condiciones de esterilidad que debemos mantener ahí y porque para poder entrar tenemos que tener hechos unos cursos de formación y haber pasado una formación en legislación y en el propio manejo y manipulación de animales que no tenemos hechos ninguno de los que estamos aquí en esta sala”, explicó. Una afirmación que contrasta con el resto de los eventos en los que participaron las activistas.
Aunque una parte importante de la actividad investigadora del CIB Margarita Salas se desarrolla en el animalario, esa fue una de las dos únicas referencias que se hicieron a la experimentación animal durante la jornada de más de dos horas. La segunda llegó en el cierre del evento cuando, tras visitar distintas instalaciones del centro, las asistentes fueron llevadas de nuevo al salón de actos. Allí, Carmen Fernández volvió a tomar la palabra. Recordando la anterior ubicación del Centro de Investigaciones Biológicas, en la calle Velázquez 144, Fernández quiso recordar una escultura que decoraba las instalaciones. “Era una fuente que tenía unas esculturas de unos ratoncitos que se subían, como rodeando un caño”, describió la ponente. “Era, yo creo, el primer ejemplo de homenaje a los ratones de laboratorio”, aseguró Fernández, en un intento por conmover a las personas presentes, mientras el centro para el que trabaja silenciaba y ocultaba a la vista del público los animales que, a día de hoy, sigue sometiendo a experimentos.
'Rat and furious. Combatiendo el ictus desde el laboratorio'. Instituto de Investigación Sanitaria del Hospital Universitario La Paz
Lo primero que llama la atención de la actividad organizada por el Instituto de Investigación Sanitaria del Hospital Universitario La Paz (en adelante, IdiPAZ) es, obviamente, el título. Elegir un juego de palabras pretendidamente ingenioso y desenfadado para hablar de los experimentos a los que se somete a miles de animales es, cuanto menos, desafortunado. Desgraciadamente, el título no iba a ser el único ejemplo de frivolidad y banalización del sufrimiento animal que se vivió durante la actividad.
“Al inicio de la visita, uno de los técnicos del laboratorio hizo una pequeña presentación”, cuenta una de las activistas que asistió al evento. “Hubo un detalle que nos chocó durante su intervención. Fue cuando se explicaba el motivo por el que no nos dejaban hacer fotos durante la jornada. Decían que era para que 'grupos poco informados', no pudiesen publicar información sacada de contexto. Es evidente que se referían a grupos por los derechos de los animales”, asegura.
Tras la presentación, se dividió en dos grupos a las asistentes y se les hizo poner una bata verde por motivos de bioseguridad. Tras un biombo, una gaveta contenía en su interior a cuatro ratas. Parecían nerviosas, alerta, acurrucadas las unas contra las otras. “La chica que manipulaba a las ratas insistió en que no hiciésemos ruido y procurásemos no hablar alto. Resaltó lo importante que era que el estrés no afectase a los animales”, cuenta otra de las activistas. “Después comentó que aquellas ratas estaban muy limpias, que se notaba que acababan de llegar al centro. Aquello nos sorprendió. Si quieres ser transparente, si realmente quieres enseñar a la sociedad el día a día de tu laboratorio, ¿enseñas unas ratas que te acaba de enviar un proveedor?”, cuestiona.
“Parte de nuestro trabajo es acariciar ratas”, comentó la joven mientras sostenía a uno de los animales en sus manos. Su intención era, aseguró, que las asistentes fuesen testigos de cómo se manipula a las ratas en ese tipo de centros. Algo que, según dijo, se desconoce a nivel social. A pesar de haber comentado que las ratas estaban claramente desorientadas al estar en un entorno para ellas desconocido y haber recalcado la importancia de no estresarlas, eso no impidió que cogiese a una de ellas y tratase de obligarla a pasar una de las pruebas a las que las someten habitualmente en los estudios sobre el ictus. En este caso, la prueba de la pasarela. Básicamente, se hace caminar al animal por una estrecha barra de madera para comprobar que camina sin dificultades ni caerse. La rata, al principio, se escondió en la cubeta situada en uno de los extremos de la barra, donde la estudiante la había colocado para que iniciase el recorrido. El animal, asustado, trató de ocultarse, hasta que la chica, empujándola suavemente con la mano, consiguió que finalmente la rata caminase sobre la barra de madera sin problemas.
“Nos encontramos de nuevo con la misma pregunta de antes”, dice una de las activistas. “A pesar de que fue incómodo ver a ese animal asustado y forzado a realizar la prueba, en el fondo era un animal sano, que la realizó sin problemas. ¿Por qué no pusieron a uno de los animales a los que les provocan el ictus (es decir, una rata con severas complicaciones motoras resultado del daño provocado en su cerebro) a hacer la prueba? ¿No es eso lo que hacen habitualmente? ¿Consideraron que esa parte de su trabajo sería demasiado desagradable como para mostrarla al público?”, se pregunta. “Lo que nos sorprende y nos indigna es que se atrevan a hablar de 'grupos poco informados' cuando los primeros que ocultan información sobre el trabajo que realizan son ellos mismos”, asegura.
“El inicio de la siguiente parte de la visita fue muy impactante”, comenta una de las asistentes. Según su testimonio, tras pasar a la segunda parte de la actividad, se encontraron con una rata sedada, tumbada boca arriba y con un caperuzo puesto en la cabeza a través del cual le administraban la anestesia. “Está echando una siestecita”, comentó la técnica encargada de esa presentación. “Habían sedado a la rata solo para enseñarnos cómo funciona un ecógrafo. Fue algo innecesario y poco útil, porque la técnica no conseguía imágenes muy precisas con el ecógrafo y al final acabó pasándolo por la muñeca de una de las asistentes para conseguir imágenes más nítidas”, explican las activistas.
“Otro de los detalles que nos sorprendió es que las propias trabajadoras del centro reconocieron que las ratas se recuperan mejor del ictus que un paciente humano, es decir, que en ese sentido somos muy diferentes a ellas. Sin embargo, siguen experimentando con estos animales a diario”, detallan.
La respuesta al porqué de esta situación la obtuvieron en la tercera y última parte de la visita, cuando se llevó a las asistentes a la sala de microscopios. Allí, se mostró la imagen del cerebro de un ser humano y el de una rata, con notables diferencias. Al ser cuestionado sobre por qué se usan ratas para estudiar el ictus si las diferencias entre los cerebros de ambas especies son tan reseñables, el técnico que presentaba esta última parte de la visita, afirmó: “Lo ideal sería hacerlo con monos”. Lejos de ofrecer argumentos éticos para descartar esa opción, el técnico ofreció una explicación mucho más mundana: la rentabilidad. “Nos explicó que estudiar el ictus con monos les resultaba más costoso porque ocupan mucho más espacio y tardan más tiempo en reproducirse; sin embargo, las ratas ocupan poco y pueden tener muchas crías en un periodo de tiempo muy corto”, cuenta una de las activistas. “Obviamente, nosotras no queremos que se experimente en monos ni en ratas, ni en ningún otro animal, pero de esa explicación sorprende que se priorice la cantidad a la calidad en los experimentos”, concluye.
La sorpresa final aún estaba por llegar. Al finalizar la actividad y volver a la primera sala, donde estaban las ratas, se encontraron con otro grupo de asistentes a la actividad. En esta ocasión, se trataba de unos seis niños que jugaban, gritaban y movían ruidosamente las sillas de la sala. “La rata que estaba sedada se había despertado y varios niños gritaban a su alrededor. Otros tenían ratas en sus manos y las estaban acariciando. Alucinamos porque hacía tan solo una hora nos habían insistido varias veces en que no hiciésemos ruido, ni hablásemos alto y, sobre todo, que evitásemos estresar a los animales”, recuerda una de las activistas. “Ver cómo dejaban a esos críos a su libre albedrío y molestando a las ratas nos dejó con la sensación de que toda esa insistencia inicial sobre el estrés había sido pura pose”, comenta.
Como último detalle de indolencia, se entregó a los presentes un panfleto en el que se veía un dibujo de una rata antropomorfizada, con un birrete en la cabeza y un diploma en la mano. En la parte superior, se podía leer el texto: “CONG-RATS!”
'Mousetific. El porqué del estudio en ratones'. Centro de Tecnología Biomédica
“Es que yo de pequeña, con 12 años, tuve dos ratones, ¿vale? Y un día, uno de mis ratones se comió al otro. ¿Eso por qué pasa?”, preguntó una de las asistentes a Mousetific, la actividad programada dentro de la Semana de la Ciencia por el Centro de Tecnología Biomédica. “A ver, puede pasar”, reconoce el investigador que está presentando la actividad a las alrededor de veinte personas que han asistido como público. Acaba de hablar a las asistentes de la importancia del bienestar animal dentro de los centros de investigación y el alto grado de regulación que existe sobre este tipo de prácticas. “Puede pasar porque estén hambrientos, a mí es algo que me ha pasado, pero es algo que hay que evitar (...) Por eso lo del bienestar animal, que es muy importante, porque si se estresan comienzan a pelearse entre ellos”, afirma después.
“Lo primero que te pone en alerta en este tipo de eventos es la insistencia de los ponentes sobre la regulación, el bienestar animal y los comités de ética. Y habitualmente lo hacen antes de entrar en detalles sobre el tipo de procedimientos a los que someten a los animales”, opina una de las activistas. En este caso, no fue diferente. El investigador hizo hincapié en todos esos puntos antes de explicar que para el estudio del Alzheimer se trabaja con ratones transgénicos, modificados genéticamente, que, con tan solo un mes de vida, empiezan a mostrar los primeros síntomas de la enfermedad. “¿Qué bienestar puede tener un animal al que se ha condenado a padecer una enfermedad desde el nacimiento?”, se pregunta una de las activistas. “Eso por no hablar de que son animales que jamás han conocido ni posiblemente vayan a conocer la libertad y a los que se usa como meros recursos desde el primer día de su vida hasta el último”.
“La segunda parte de la actividad se llevó a cabo en uno de los laboratorios del Centro, donde el investigador nos quería enseñar una de las pruebas a las que someten a los ratones, la prueba del experimento en Y, una prueba conductual que sirve principalmente para evaluar la memoria de trabajo y la exploración de los animales”, relata una de las activistas. Para ello, el Centro había dispuesto a dos ratas, cada una de ellas encerrada en una jaula distinta. La zona en la que se llevó a cabo la prueba fue el ala izquierda del laboratorio, una parte de la estancia que pronto quedó llena de todas las personas asistentes. “Colocó el laberinto en Y en el suelo, rodeado por los pies de todas las allí presentes. Él mismo reconoció que los animales eran conscientes del gran número de personas que estábamos allí rodeándoles, y que eso les producía estrés. Igualmente, explicó que los ratones deben ser trasladados en la palma de la mano de quien los manipula para minimizar el estrés. Él hizo todo lo contrario, cogió a los animales por la cola, diciendo que estaba mal situado para cogerlos adecuadamente. Este mismo gesto lo repitió en distintos momentos de la visita”, asegura una de las activistas. La duda que surge es la siguiente: si te saltas los protocolos, aunque sea de manera leve, el día que se permite la entrada a gente externa al centro, ¿es posible que se cometan negligencias más graves en el día a día del laboratorio?
El siguiente experimento se realizó en una sala aún más estrecha, en la que, según testimonio de nuestra fuente, las asistentes estaban, literalmente, pegadas unas a otras, alrededor de una mesa en la que había una cubeta que dejó heladas a las activistas. “No nos podíamos creer lo que estábamos viendo. Dentro de la cubeta había dos ratones adultos y, en una de las esquinas, cerca de una veintena de crías que tenían solo una o dos semanas de vida, según nos dijo el investigador. Eran muy pequeñitas, rosadas, sin pelo y en periodo de lactancia. ¿Dónde quedaron en ese momento los protocolos de bienestar animal? ¿Quién velaba en ese momento por que los ratones no se estresasen, rodeados de personas hablando, haciendo ruido, moviéndose…? Los ratones adultos pasaban por encima de las crías, posiblemente a causa del estrés o el miedo o quizá tratando de protegerlas. Fue muy desagradable y descorazonador”, relata una de las activistas.
Por si esto fuera poco, el investigador volvió a coger a uno de los ratones por la cola, en esta ocasión el macho, ya que, según sus propias palabras, estaba “más receptivo” que la madre de las crías. Esta vez sometió al animal a una prueba de comportamiento, colocándolo en lo alto de un palo. El experimento consistió en cronometrar el tiempo de descenso del animal desde la punta del palo hasta la mesa. Aunque, como ya ocurrió en la actividad de IdiPaz, el animal estaba sano y no tuvo problemas al realizar la bajada, los ratones con problemas de movilidad por un Parkinson inducido o un Alzheimer, si no tienen certeza de bajar sin caer, no realizan la acción o lo hacen mucho más lento que los ratones sanos.
Para finalizar el paso por esa estancia, el investigador, haciendo uso de una luz ultravioleta y apagando las luces nos enseñó cómo los ratones adultos, en esas condiciones, tenían verde la piel de las orejas. Los ratones neonatos también mostraban un color verde aunque había algunas excepciones. Explicaba que estos ratones son transgénicos y que la piel verde era una manifestación de la proteína GFT en las células, mientras que los que no tenían esta manifestación eran ratones sanos.
Al final del evento, hubo un rato de charla en los pasillos y las activistas pudieron descubrir el origen de los animales que llegan al CTB. “El investigador nos dijo que, o bien compraban los ratones a un proveedor -o, como él lo definió, 'empresas dedicadas a producir este tipo de modelos'-, o bien conseguían los ratones a través de donaciones de otros laboratorios”, cuenta una de las activistas. Aunque insistió en que siempre era mejor que les donasen ratones a comprarlos, mostró cierta preocupación. “A saber ese ratón lo que ha pasado o las mutaciones que ha llevado en el otro laboratorio (…) A lo mejor se han equivocado cruzándolo o ha tenido mutaciones”, según las propias palabras del investigador. “Nos contó también que unos ratones del Centro, que no habíamos visto, eran sordos debido a un cruce entre dos animales con deficiencias auditivas”, explica una de las activistas asistente al evento.
'¿Cómo cuidamos a los animales que nos ayudan a investigar enfermedades neurodegenerativas?'. Gabinete Veterinario del Campus de la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid.
La visita al Gabinete Veterinario de la UAM consistió en una jornada de puertas abiertas por el animalario de la institución. Si bien hubo restricciones en algunas áreas del animalario, su política es menos opaca que en el Centro de Investigaciones Biológicas Margarita Salas. Las activistas explican que, al llegar, esperaron en una pequeña sala desde la que se podía ver ya la entrada al animalario. “Después llegó una técnica de animalario que nos dijo que nos pusiéramos unas calzas azules por cuestiones de higiene. Allí, antes de entrar al animalario, estuvimos viendo el antiguo plano del mismo. En ese plano aún aparecía una zona de titís y de cabras, que no existe actualmente”. Por el animalario han pasado múltiples especies animales, según explicaron las técnicas de laboratorio que coordinaron la visita: monos, cabras, hurones, conejos, cobayas, ranas, gatos, ratas y ratones.
En la jornada de puertas abiertas, al preguntar uno de los asistentes por qué ya no hay primates, las técnicas aseguraron que estos experimentos apenas se autorizan en la actualidad, ya que su uso debe estar muy justificado. “Dijeron que en ese animalario habían vivido monos que estuvieron allí encerrados de catorce a diecisiete años para estudios del envejecimiento. Las técnicas de laboratorio nos explicaron que estaban 24 horas con cámaras y bajo observación. Cuando les preguntamos por su comportamiento, pensando en las terribles secuelas que implicarían tantos años de cautiverio, ellas confesaron que tenían comportamientos muy agresivos. Me llamó mucho la atención que, en lugar de alertarse por tantos años de privación de libertad, ellas subrayaran positivamente esa longevidad, pues lo consideraban un resultado de las buenas condiciones de vida, donde, según ellas, no les faltó agua, temperatura, aseo y ciclos de luz según los ciclos circadianos cuentan las activistas.
A lo largo de la visita, “además de algunos detalles curiosos, como que las esquinas de los animalarios están redondeadas para facilitar la limpieza o que toda la estructura de estos espacios se organiza en torno a las zonas ‘limpia’ y ‘sucia’, con procesos meticulosos de esterilización para evitar patógenos, las técnicas veterinarias enfatizaron mucho su discurso en torno a la severa legislación existente sobre experimentación animal, la formación necesaria para trabajar en laboratorios y los principios de las 3Rs (Reemplazo, Reducción y Refinamiento). Sin embargo, en la práctica, la realidad parece un poco distinta, como es el caso de la cría y los animales considerados ”excedentes’“. En las instalaciones de la UAM se crían ratones y ratas. Una asistente preguntó por qué había un ratón negro solo en una cubeta: ”Dijeron que era un macho reproductor y en las etiquetas había cifras tachadas y otras nuevas sobrepuestas. Por ejemplo, en la jaula de un ratón negro solitario había habido 8 ratones primero, luego 5 y después 3. Entendimos que poco a poco fueron eliminados por ser excedentes“.
También explican que en el animalario se realizan cruces continuos o puntuales con una misma hembra, cada ciclo dura 21 días y nacen entre diez y catorce crías. Al consultar sobre aquellos animales que se etiquetan como “excedentes”, “las técnicas de animalario apuntaron a la cuestión de la genética, afirmando que hay alrededor de un 25 % de probabilidad en cada proceso de cría de conseguir los animales con la genética deseada para los experimentos, y que esto aún se complica más entre los investigadores que trabajan con fechas exactas de edad y sexo de los animales; en esos casos, se mata a muchos más animales por considerarlos ”excedentes“.
Las técnicas de animalario hablaron explícitamente de los procedimientos de anestesia y “sacrificio”. Las activistas explican: “Entramos en una sala donde mataban ratones. Nos explicaron que la mejor forma era separarles el cuello de la columna, porque era instantáneo. Pero la mayoría de las veces tenían muchos, entonces les gaseaban. Les metían en una caja transparente de plástico, la cerraban y el CO2 entraba hasta que morían todos, muerte por inhalación. Se me quedó grabado que una asistente le dijo a una técnica, ”qué duro, ¿tienes que hacerlo mucho?“, y la técnica mayor respondió, ”a diario’“.
Pero en esa sala las activistas vieron algo más: “Detecté algo extraño en la sala, eran unas probetas con agua de colores y algo extraño dentro. Les pregunté qué era y noté su nerviosismo e incomodidad. Me explicaron que eran esqueletos de ”ratones excedentes“, que las alumnas de prácticas habían decidido meter en diferentes tinturas para ver con cuál se veía mejor. Me pareció tan insensible, tan innecesario que ni tu cuerpo pueda descansar en paz. Esos ratones son considerados objetos hasta el punto de que deciden exhibir así su esqueleto, me aterra pensar que desde esta cosificación realizan su trabajo”. Las asistentes visitaron después una sala donde se encontraban varios congeladores en los que se guardaban los cadáveres de los animales matados como excedentes o muertos a consecuencia de los experimentos, que después la Comunidad de Madrid se encarga de incinerar.
Los relatos sobre la visita al animalario recogen también prácticas normalizadas y legales, como el marcaje a través del corte de orejas en ratones: “Me fijé en las orejas mutiladas de los ratones y las técnicas nos explicaron los códigos de los recortes que les hacían para saber a qué experimento correspondían, como sistema de marcaje. En esa sala había un cartel que lo mostraba. Luego nos dijeron que se guardaba ese trozo de tejido del ratón para tener acceso a su genotipo. En la otra sala había una nevera llena de trozos de orejas de ratones”.
Asimismo, explican que las técnicas de laboratorio hablaron explícitamente del estrés de los animales y de las peleas entre ellos: “Pudimos observar varias jaulas con papeles pegados en las que ponía ‘PELEA’ y las técnicas no dijeron que tenían que estar atentas porque a menudo ocurría que los ratones se peleaban y tenían que ofrecerles enriquecimiento, alimento o separarles para prevenirlo”. También se sorprendieron de que las técnicas reconocieran que los animales se estresan en el laboratorio: “Dijeron que peleaban mucho con los investigadores sobre bienestar animal y evitar el estrés a los animales al máximo, pero este bienestar no parecía importar por sí mismo, por beneficio de cada animal, sino que lo defendían como un medio para una ciencia más efectiva. Afirmaban que, si el animal está mejor, no va a tener estos picos de cortisol que afectan a los resultados del estudio a nivel hormonal, reproductivo, inmunitario, etc., y en ningún momento se contemplaba que una vida de encierro en un entorno artificial pudiera ser la fuente de su estrés”.
Hacia el final de la visita, las asistentes afirman que fueron dirigidas hacia una sala donde se encontraban dos gatas. Explicaron que en el momento de la visita no estaban siendo utilizadas en ningún procedimiento, pero que se habían utilizado previamente como reproductoras. Mencionaron que había otros gatos en el animalario que estaban siendo utilizados en un experimento sobre los ciclos de sueño y que las técnicas, orgullosas, les detallaron que de este tipo de estudios en el laboratorio han salido al mercado varios fármacos para la narcolepsia: “Las técnicas nos dijeron que los gatos sobre los que se experimenta tienen que estar en jaulas, pero que esas gatas no. Se encontraban solas en una habitación pequeña con dos jaulas abiertas con varios niveles, no había luz natural, tenían un rascador pequeño y una caja con serrín para hacer sus necesidades. Al entrar, ambas se acercaron, nos maullaron y se frotaron con nuestras piernas, eran muy cariñosas, como la gata con la que vivo, y que considero parte de mi familia. Les pregunté cuánto tiempo llevaban allí y se me partió el corazón cuando me respondieron ”más de 15 años“. A manera de broma, comentaron: ”Llevan más tiempo aquí que nosotras’“. La activista concluye: ”Imaginar todo lo que habrán tenido que vivir esas gatas y saber de antemano que llevan como mínimo 15 años de cautiverio fue desgarrador, sumando el hecho de que morirán allí sin sentir el aire o el sol sobre su pelaje, ni el calor de un hogar“.
Conclusiones
La industria de la experimentación animal sigue cayendo en una de sus paradojas recurrentes: tratar de mostrar transparencia mientras se oculta tras un velo de opacidad, ofreciendo al público general pequeñas pinceladas amables del horror al que son sometidos los animales en los centros donde se experimenta con ellos.
Casos como el de Vivotecnia, laboratorio de experimentación animal en el que una activista se infiltró y consiguió grabar escenas de violencia contra los animales, nos demuestran que lo que esconden los muros de los animalarios es mucho más perverso que la versión edulcorada que se muestra en este tipo de actividades. Son entornos donde se banaliza el sufrimiento, se automatizan las prácticas abusivas y se niega la agencia y los intereses de los animales de forma sistemática. La experimentación animal es tan solo una pieza más del engranaje de las industrias de explotación animal, donde se convierte a individuos en bienes de uso y consumo.
Sobre este blog
El caballo de Nietzsche es el espacio en elDiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos, sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.
Editamos Ruth Toledano, Concha López y Lucía Arana (RRSS).
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