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'Crónicas secretas de la Guerra Civil en Cantabria' propone un acercamiento a uno de los momentos socialmente más traumáticos y disruptivos de la historia reciente, y lo hace mediante un puzle de secuencias históricas reforzadas por abundante documentación gráfica y visual, en muchos casos totalmente inédita. Estos artículos abordan numerosos acontecimientos y situaciones que nos ayudan a entender una etapa tan cercana como oscura, todavía hoy llena de episodios desconocidos y poco explorados, y forman parte de un extenso trabajo de investigación en formato de libro firmado por el sociólogo, editor y escritor Esteban Ruiz.

Los italianos: unos aliados incómodos y arrogantes en la Guerra Civil española

El teniente de la Guardia de Asalto, Francisco Delgado Recio, llega hasta las posiciones italianas para negociar la rendición de Santander el 26 de agosto de 1937.

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Conocido como Corpo Truppe Volontarie (C.T.V.), el ejército expedicionario enviado por Benito Mussolini en apoyo de los militares sublevados en España durante la Guerra Civil estaba formado por tropas mixtas: por un lado voluntarios, fundamentalmente camisas negras fascistas, y soldados de fortuna procedentes de las regiones más deprimidas de Italia; por otro, militares profesionales, en su mayoría veteranos de la campaña de Abisinia, cuyo propósito fue desarrollar su carrera en España. 

A mediados de agosto de 1937, las tres divisiones que componían el cuerpo de ejército italiano comenzaron, desde sus bases en las Merindades y en coordinación con las tropas del general Dávila, las operaciones sobre las defensas republicanas de la provincia de Santander. Tras los primeros y durísimos combates en el puerto del Escudo, donde la tenaz resistencia de los republicanos ocasionó fuertes pérdidas humanas entre las filas de los legionarios italianos, los movimientos de las tropas del C.T.V. fueron cada vez más rápidos.

Por la costa, el día 23 se rompió el sistema defensivo republicano tomando Castro Urdiales; el día 25 una columna motorizada ocupó sucesivamente Laredo, Colindres Limpias y Santoña. La estrategia de avance en tenaza sobre la capital fue coordinada con la progresión de las brigadas navarras y los falangistas por el corredor del Besaya, donde fueron cayendo progresivamente Campoo, Reinosa, los valles de Iguña, Buelna y Torrelavega, cerrando, en menos de 12 días, el cerco sobre Santander, donde quedaron embolsados decenas de miles de combatientes republicanos.

Las tropas de la División Littorio desfilan frente al edificio de Correos en Santander.

Franco concedió entonces a las tropas italianas el privilegio de negociar la rendición de la capital con los escasos mandos republicanos que aún permanecían en ella y organizar una entrada triunfal con un enorme despliegue de hombres y material bélico, que el aparato de propaganda fascista aprovechó para relatar la toma de Santander como una enorme gesta heroica.

Mussolini envió un telegrama de felicitación a sus generales y los nombres de sus destinatarios fueron publicados a toda plana por los periódicos el 27 de agosto. Por primera vez, la opinión pública italiana conoció la identidad de los jefes militares destacados en España que, hasta aquel momento, habían actuado bajo seudónimos. 

Pero no todo el mundo sintió el mismo entusiasmo por la actuación italiana. Tanto la Falange como los generales del ejercito hicieron llegar a Franco sus protestas y críticas por las exageraciones y mentiras que se publicaron durante aquellas semanas en la prensa de Italia, en las que el CTV se atribuyó un papel casi exclusivo en la victoria. 

Las malas relaciones entre los mandos franquistas y los italianos tuvieron una rápida respuesta de Franco, quien remitió, a través de su embajador en Roma, una extensa nota de protesta para su traslado a Mussolini. En la misma enumeraba una larga relación de quejas sobre el comportamiento de los italianos en la toma de Cantabria, y en particular, de su general Bastico.

“A la entrada de las tropas en Santander, no obstante no convenir a la política internacional, llevó a cabo en dicha población un alarde de desfile de tropas voluntarias, a las que el Mando español no se opuso por un deber de correspondencia y afecto hacia el esfuerzo italiano, aun comprendiendo el daño que podría resultar en el orden internacional, ya que habiendo tomado parte en la operación sobre Santander 90 batallones españoles, 7 mixtos, con el ochenta por ciento de sus efectivos también españoles y 24 italianos, se hacía aparecer ante el mundo que todos eran italianos, interpretándose como si existieran en España fuerzas muy superiores, con la consiguiente susceptibilidad internacional y refuerzo de los internacionales en el campo rojo”, señalaron.

“El mando español comprendía que el prestigio de las armas italianas y la necesidad de destruir la labor de difamación anterior le obligaban a preparar un triunfo seguro de las tropas voluntarias y satisfecho de haberlo logrado, sin embargo, aprecia que en el mando del C. T. V. se pecó por exceso, lo que sirve de base a los países que prestan ayuda a los rojos para justificar el envío de más hombres y material, que después de la victoria de Santander se ha intensificado considerablemente”.

En la misma nota, Franco hizo también referencia a la requisa y “desaparición” de numeroso material de guerra incautado al ejército republicano. A pesar de una instrucción dada al general Bastico para que se reintegraran los vehículos que no fueran indispensables para el servicio, la orden fue ignorada con descaro durante semanas, lo que no hizo más que aumentar la irritación de los oficiales españoles, dando una imagen bastante penosa del ejercito italiano, considerado por muchos como una tropa de ladrones y saqueadores.

Entrada de las unidades de la artillería italiana en Santander el 27 de agosto de 1937.

“La feliz ejecución de las operaciones en que las columnas Nacionales ocuparon Torrelavega y lograron cerrar el paso del Ejército derrotado hacia Asturias permitió que su material íntegro quedase en nuestro poder, pero cuando las unidades de recuperación llegaron a los lugares de la entrega, se encontraron que los depósitos de material y armamento de los rendidos habían desaparecido en su casi totalidad, por haberse incautado de aquellos las fuerzas voluntarias, que impidiendo su labor con amenazas a los encargados de la recuperación las sustrajeron llevándolas a sus depósitos, sin que hasta la fecha, no obstante las órdenes dadas, se hayan reintegrado, dándose el caso de que están cuatro Divisiones sin ametralladoras, ni fusiles ametralladoras y contando solo con seis, de las cuales alguna inútil, los batallones españoles se distraigan de su empleo sin beneficio para nadie más de cuatrocientas ametralladoras nuevas, la mayor parte de las cuales se encontraban empacadas sobre vagón en Santander al llegar las tropas”, denunciaron.

“El Mando de las fuerzas Italianas ha obrado con una falta de visión que permitió se apoderasen con desorden de una gran parte de los vehículos, quitando la plancha de identidad y cambiándolas por otros del C. T. V., que llevaban en abundancia, dejando la Provincia desprovista de vehículos y despojando a sus propietarios de sus elementos de trabajo, causando un disgusto en los elementos afectos de la Provincia, a quienes pertenecían tales vehículos y causando las consiguientes preocupaciones y dificultades al Mando español”.

Por otro lado, Franco tampoco pudo ocultar su enfado ante Mussolini por las negociaciones secretas del Gobierno vasco con los italianos para su rendición en Santoña: “El general Roatta, cuando el enemigo estaba vencido y derrotado, cortadas sus comunicaciones y las tropas a punto de entrar en Santander, a espaldas del Mando español, entabló negociaciones con los cabecillas vascos, que había prohibido Su Excelencia por telégrafo, negociaciones equívocas, que pudieron dar lugar a una campaña de descrédito en el extranjero que no permitieron recoger el fruto eficaz de la victoria, por una oficiosa e inoportuna intervención. Su conducta, invitando a su mesa a los cabecillas vascos, fue causa de disgusto en el personal y oficiales españoles de la Brigada Flechas Negras. Una orden dada a Santoña para que se evitase la salida de los responsables que trataban de embarcar sin autorización y contra la voluntad del Generalísimo, motivó se le ordenase al Jefe de Estado Mayor español que prohibiese la salida de los dirigentes”, dejó por escrito. 

Por su parte, la opinión de los alemanes de la Legión Condor sobre sus aliados coincidía con la de los militares franquistas. La falta de camaradería entre alemanes e italianos no pasó nunca desapercibida para los periodistas que cubrieron la guerra y quedó reflejada en algunos pasajes de los diarios, tal y como lamentaba Hansfrieder Rost: “Los italianos se apuntan todas y cada una de las victorias aéreas. No se avergüenzan en absoluto. Nosotros hacemos todo en 'secreto', pero hasta en la localidad más pequeña te preguntan si eres un piloto”. En septiembre de 1937, poco después de la toma de Santander, el piloto y as de la aviación alemana, Günther Lützow, mostraba en su diario estar “muy enfadado con los come-macarrones” que se apuntaron la conquista de Asturias como su mérito exclusivo y no dejaron entrar a nadie en Santander: “Quieren desfilar, estos señoritos”, apuntó.

El día 1 de septiembre de 1937 los sublevados iniciaron otra fase de la campaña del Norte, con Dávila en el puesto de jefe supremo y Aranda y Solchaga como comandantes de sector. Su objetivo era la conquista de Asturias con las brigadas navarras que había combatido con éxito y ocupado Vizcaya y Santander para, de ese modo, poner punto final al control de la Cornisa Cantábrica. El hartazgo con la actitud de los italianos era mayoritario y Franco solicitó -y obtuvo- de Mussolini el relevo del general Bastico. Un nuevo jefe reestructuró el Corpo Truppe Volontarie, y sus tropas fueron definitivamente retiradas del norte y destinadas a otros frentes de combate. 

La participación italiana en la Guerra Givil española no le salió a Mussolini como esperaba. El Duce pensó que iba a ser fácil y muy rápida en el tiempo, pero en España su modelo de guerra celere, la ofensiva relámpago mecanizada e inter-armas que la había proporcionado victorias en Etiopía, se demostró enseguida como un espejismo, y la actitud soberbia de sus tropas no permitió que estas ganasen el aprecio de Franco y el reconocimiento de sus generales.

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