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No subestimemos al fascismo

El sistema que hundió a la población y a la nueva política que intentaba rescatarla, ha fomentado el ascenso de los ultras que ahora ahogan a los proyectos de progreso y de diálogo.

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Una de las falacias más repetidas por el relato de la Transición es que en España no había ultraderecha porque estábamos vacunados por 40 años de dictadura. Es al contrario, nos la inocularon durante cuatro décadas y cuatro décadas después, seguimos sin curarla. No hay más que ver lo que cuesta quitarse al muerto (Franco) de encima. Haberla hayla, lo que pasa es que es vistió de seda para parecer menos áspera, pero se le sale el pijama del abuelo por debajo del traje de demócrata en cuanto levanta el brazo para saludar a la bandera.

Se suavizó por conveniencia, no por convencimiento, y se vuelve a extremar cuando le conviene para sacar más votos. Como ahora. Casado y Rivera, tanto monta, monta tanto, están desatados con el nacionalismo y la xenofobia, agitando con una mano el trapo, con la otra quitando lazos indepes o tirando de la sábana de los manteros. Desde el domingo, se ha sumado a la quiniela VOX, que ha pasado de ser un motivo de broma a ser un motivo de preocupación, después de meter en Vistalegre más gente que Pablo Iglesias.

Podemos ridiculizarles como hicimos con los votantes de Trump o buscar la razones de su crecimiento, para atajarlo. Podemos reducirlos al tópico de la España casposa, que da risa y pena, pero eso no explica por qué cada vez más personas se agarran a ideas tan básicas y al mástil de la bandera. Podemos pensar que son cuatro frikis y colgados, pero si el fenómeno se ha generalizado es porque ha llegado al ciudadano medio, a tu colega, a tu familia. No subestimemos la capacidad del fascismo para normalizarse.

Del auge del fanatismo sólo son culpables quienes lo encienden, pero las causas de que prenda están más repartidas. Es obvio decir que el ultranacionalismo español es una reacción al ultranacionalismo catalán, que el conservadurismo es una respuesta al feminismo, la libertad sexual y la inmigración, pero también hay que señalar que los medios de manipulación masiva al servicio del sistema han impulsado los discursos  reaccionarios para acabar con las alternativas de regeneración, fundamentalmente de izquierda, que habían conseguido encauzar el descontento de la calle y que hoy desfallecen agotadas por los ataques externos y los roces internos.

El sistema que hundió a la población y a la nueva política que intentaba rescatarla, ha fomentado el ascenso de los ultras que ahora ahogan a los proyectos de progreso y de diálogo. En Cataluña como en España, como antes con Trump o el Brexit, clases trabajadoras deprimidas por la crisis, que además se sienten agraviadas por sus vecinos por razones de identidad y territorio, se refugian en el orgullo patrio que es lo único que les levanta el ánimo decaído.

El sistema produce monstruos que luego no sabe cómo destruir. Sólo se les derrota informando y formando contra el miedo con el que nos controlan. Hasta que no nos demos cuenta de eso, seguiremos pensando que nuestro problema es el que está a nuestro lado, no el que está encima.

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