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Palabras Clave es el espacio de opinión, análisis y reflexión de eldiario.es Castilla-La Mancha, un punto de encuentro y participación colectiva.

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Mercosur o los gigantes de Bruselas contra los molinos de la Mancha

Uno de los tractores que subía hacía Toledo

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El sector primario de Castilla-La Mancha se encuentra hoy en una encrucijada que determinará si nuestros pueblos siguen vivos o se convierten en meros paisajes de adobe y olvido. Lo que se cocina en los despachos de Bruselas con el acuerdo de Mercosur no es una fría tabla de aranceles; es la sentencia de muerte o de vida para el viticultor de la Mancha, el ganadero que cría el cordero manchego y las familias que viven del sudor de recoger el ajo en Las Pedroñeras o el azafrán en los campos de Toledo y Albacete.

Europa ha decidido ser el abanderado de la ecología mundial con el Pacto Verde, pero lo hace a costa de llenar la mochila del agricultor castellanomanchego con exigencias que asfixian. Se nos pide trazabilidad digital en mitad de zonas donde apenas llega la cobertura y un bienestar animal que encarece cada cabeza de ganado, mientras se cierran los ojos ante lo que viene de fuera. Es una contradicción que clama al cielo: la Unión Europea prohíbe a un agricultor de Tomelloso, Valdepeñas o Hellín usar ciertos productos fitosanitarios por seguridad, pero abre de par en par las puertas de nuestros puertos a toneladas de grano y carne tratados con esos mismos productos. No es libre comercio; es un atropello que condena a nuestra gente por el simple “pecado” de cumplir la ley europea.

La insistencia de Bruselas tiene un nombre: interés industrial del norte. Para potencias como Alemania, el acuerdo con Mercosur es la llave para vender sus coches y maquinaria. En ese tablero de ajedrez, el viñedo manchego, nuestros olivares de montaña y la oveja de pura raza son los peones que se entregan para salvar a la reina industrial europea. Se está cambiando soberanía por mercado. Al desmantelar el tejido rural de nuestra región, no solo perdemos economía; perdemos la despensa de España. Depender de barcos que cruzan el Atlántico para comer es una imprudencia que pagaremos cara cuando la geopolítica se tuerza y los estantes se vacíen.

Castilla-La Mancha no aguanta más medias tintas. Nuestro país debe liderar una resistencia firme, con la nobleza de quien defiende lo suyo pero con la fuerza de quien no tiene nada que perder. Esto exige cláusulas espejo reales: lo que no se puede producir en un majuelo de nuestra tierra, no se puede vender en un supermercado de Madrid o de Berlín. Si un pesticida es malo aquí, lo es también si viene de Brasil; no hay más vuelta de hoja. España debe ir de la mano con quienes defienden la tierra para bloquear cualquier avance que no garantice la reciprocidad absoluta. Hay que entender, de una vez por todas, que el agricultor y el pastor son el último muro contra la desertificación y el abandono de nuestros pueblos. Si el campo no es rentable, el pueblo se apaga y la tierra se muere.

El campo castellanomanchego no pide limosnas ni vivir de la subvención; pide lealtad y respeto. No se puede presumir de ser el continente más verde del planeta comprando la comida a quienes no respetan las reglas del juego. Defender hoy a nuestra gente frente al acuerdo de Mercosur es defender nuestro paisaje, nuestra salud y el futuro de nuestros hijos en esta tierra del Quijote. España tiene la palabra, y el momento de dar un golpe en la mesa es ahora.

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