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Entre dos ríos

Foto: Miguel Ángel Curiel

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Hace unos días estaba en Ayamonte. Flujo y reflujo de las mareas vivas en la desembocadura del Guadiana, ese ascenso y descenso lento de las aguas del mar es de alguna manera lo más parecido al espíritu que he sentido.

Todo se debe al incremento progresivo de la atracción lunar, solar o de ambas atracciones durante la luna nueva. Con esta oscilación máxima de las aguas, la estoa de marea entre la pleamar y la baja mar es mínima. Las aguas de este río extraño son como un corredor impenitente que ha sido condenado a fluir hasta morir; el corredor toca con los dedos el árbol y se da la vuelta para seguir corriendo hacia el otro árbol, a esto ni siquiera puedo llamarlo instante, sino tiempo de presentimientos. De pronto, la corriente se da la vuelta y la extensión de agua se vacía rápidamente.

La ciencia hace mucho que determinó la naturaleza nada mágica de estos ascensos y descensos de las aguas del mar, y sin embargo nos resistimos a   las leyes mecánicas de la naturaleza y del mundo. Tampoco dura mucho la estoa del ánimo humano dentro de nosotros; igual que el mar es concentrado y esparcido en sus flujos y reflujos, nosotros nos abrimos y cerramos sin la posibilidad de poder controlar los movimientos del ánimo.

La belleza subliminal de la humedad de los suelos blandos que quedan al descubierto en la bajamar, como un espejo sucio de lodos en la extensión de estas marismas que formó la desembocadura del río durante miles de años. Los cielos al final del día dejan velos rosados, y en el lodo salino que picotean algunas aves, se va arrastrando la luz hacia la noche, hasta que cielo, mar y río se unen en una única oscuridad; la soledad brilla así y el ser se refleja en todo cuando le hablamos a la nada.

Al otro lado del río las playas de Montegordo en Vila Real de Santo Antonio son la sucesión natural de las playas de Isla Canela, Isla Cristina y la Antilla; arenales y dunas ancladas al pinar de rivera.

A primeras horas de la mañana, desde la orilla de Ayamonte, aún se ven las luces encendidas de Castro Marím y Vila Real de Santo Antonio,  a lo lejos sobre el río, el tráfico incesante atravesando el puente Teixeira Duarte. Un río es una frontera, una 'raia' de agua, una cesura natural, y lo que el río separa finalmente se une con determinación.

Quizás sea aquí, más que en otro lugar, que el río sea un camino de agua y no una frontera. La idea era atravesar el río tantas veces como fuera posible, el rio que adhiere a los hombres y hace de las palabras un espacio común. Sentado en una de las terrazas del mercado de pescado de Vila Real de Santo Antonio, diría que hablamos una misma lengua –Conozco el alma atroz de los detractores de causas, y cómo se comporta el hombre pequeño frente al mar– Dos hermanos, por la mañana muy temprano, antes de ir a la escuela, hablan con su madre en una misma lengua, aunque cada uno le dé a las palabras un alma distinta. El síndrome del 'puente de Ajuda' como enfermedad congénita peninsular, al menos al Oeste de esta vieja tierra, donde la geología marca la piel mineral de los suelos, parece ya curado. Cada mirada desde esta orilla del río no es más que una postal futura de gratitud y amor hacia Isabel Freyre, a quien él llamó Elisa cuando regresó a Toledo.

El paseo de la playa de Montegordo, a última hora de la tarde se llena de jubilados que caminan hacia el sol; todos van deprisa moviendo sus cuerpos decrépitos y desencajados, algunos aún se atreven a correr. Entre ellos, una mujer joven corre con un carrito de bebe y un niño dentro en dirección contraria. Nunca había visto eso, en el momento en el que veo una cosa por primera vez –sintiendo que ya no va a ser la última– queda inaugurado de nuevo el mundo. El niño que iba en el carrito empujado por su madre me miró con sus grandes ojos y sintió la extrañeza de ver a alguien como yo en el mundo: para él, impulsado por la energía materna, dejando atrás al extraño, también quedó en ese instante inaugurado el mundo.

Es la hora de los limpiadores de dunas y de los pequeños barcos que pescan más allá de la desembocadura del río. Instantes sumados en los que el sol se arranca de las aguas y la arena de la playa queda rastrillada. La luz emulsiona y la corriente del mar entra en el río. Ganas de dilapidar la vida pero con una actitud estática, de moverme lo menos posible dentro de mis inevitables rotaciones para quedarme en mi estoa de marea.

Entre un río y otro estoy expandido, fragmentado en cientos de trozos, y lo que hago es ir de un lugar a otro buscándome. Estando aquí deseo estar en otro lugar, desplazarme hacia ese punto, que al instante de llegar aborrecería al sentir que ya lo había vivido antes. Algunas frases que había pensado los días anteriores para este artículo ya se han desvanecido; se habían iluminado un poco antes de irme a dormir. Ahora son imposibles de capturar, su esencia se ha apagado dejando sólo un hueco poético, un agujero negro de lenguaje. ¿Y no era eso mismo, la perdida de ello, algo aún mejor? Sería como capturar la luz con un lazo. Lo imposible es sólo lo improbable, nada más que un nuevo punto de partida. Lo pensé así mientras volvía en el último transbordador del día a Ayamonte. Me hubiera quedado a vivir aquí el resto de mi vida.

De los ríos grandes que basculan hacia el Oeste, este es el más extraño. Saca sus aguas sólo de los cielos telúricos, sus afluentes son arroyos y escorrentías con nombres extraños casi siempre secos. El río de las planicies. Las sumo: La Mancha, La Serena y Alentejo; una extensión de tierra única que sólo cambia de nombre. El río lento de los destinos.

El último día, muy temprano, Isabel Freyre me recogió en Castro Marim. Su coche negro estaba lleno de polvo y con el dedo índice escribí en el capó «Sobre nosotros desciende y duerme un dios color de miel: feliz duerme aquí el Día» únicos versos de Valery que recuerdo de memoria. Después toda va muy deprisa. Seguimos la línea del río hacia el Norte por una vieja carretera en dirección a Beja.

La sucesión de nombres de increíble belleza al atravesar las montañas vacías que separan el Algarve de las planicies del Alentejo. Odeleite, Balurcos, Azinhal, Corte da seda, Alcoutim, Mértola, Serpa. Más que montañas, una sucesión de orografías extrañas donde se intercalan hondonadas y cerros pelados de pinos raquíticos y escobones. Una tierra quebrada y vieja, un territorio vacío y recóndito por donde va el río hundido en la fractura del zócalo peninsular. Si no fuera por la acción de hilvanar los delicados y bellos nombres que alguien en algún momento les dio a los lugares para poder vivir más seguro en la intemperie, el recorrido en automóvil habría resultado ingrato. Se diría que el tiempo orográfico, imperceptible e para el hombre moderno, ya forma parte de quien vive en este trozo de la luna; hasta los colores de la tierra delatan la lenta metamorfosis geológica de la que han nacido los minerales ; colores de cobre, el negro apagado del los manganesos, el rojo diluido del mercurio, y el amarillo solar de los sulfuros afloran de las sienes de las piedras.

Dos horas después llegamos a Moura, y desde el castillo vimos al fondo las aguas infinitas del embalse de Alqueba, donde el río queda dormido antes de regar las extensiones de olivar y los campos de vides del Alentejo. En Beja, después de treinta años, apenas reconocí algo de la primera vez. La ciudad vieja se desmorona, casi nadie debe vivir ya dentro de aquellas casas y edificios nobles en su mayoría abandonados.

Hay lugares por los que uno sólo debería pasar una vez en la vida y perderlos para siempre en la memoria después de haberlos inaugurado. En Beja sentí la extraña dualidad de dos instantes; el haber entrado por la parte trasera del mundo en vez de por la puerta de entrada. La dualidad de ser revolcado por el destino un día de hace mucho en el preciso instante de ahora, como cuando el mar te revuelca en la orilla sin dejarte entrar en las aguas para no ser llevado hacia dentro por la resaca. De nuevo en Évora, en la piscina del Hotel Don Fernando, donde nada se ha movido después de tantos arrastres de tiempo al igual que en la ciudad vieja. En la plaza de Giraldo en una terraza al sol, a pesar de estos tiempos de guerra invisible, llena de vida, inamovible e intensa.

Junto al templo de Diana recé un poema de Kollerischt. “Die Jahreszeiten, unsere zählbaren Tage”.Y desde el mirador del jardín contemplé toda la extensión de tierra al Noreste y alcancé con la vista la baja Extremadura. La carretera seguía hacia el Norte, una colección de postales vivas escritas en el aire para nadie. La visión inconquistable de Estremoz, y las canteras de donde sale la piedra blanca con las que se calcetan todas las calle de Portugal.

Al entrar por primera vez en Portalegre sentí el aire húmedo del abandono de los viejos palacios en la ciudad vieja. Lo que se guarda por un momento en los ojos es el único espacio invisible de la eternidad. Desde las alturas del castillo de Marvao, mirando al Este casi se podía tocar con la mano la extensión infinita de las tierras de Alcántara y de Coria, y a penas visible al fondo, la falla telúrica por donde va el Tajo. Castelo de Vide a las faldas de la sierra de Sao Mamede, donde uno se habría quedado a vivir para el resto de sus días, y allí mismo, desde la ventana del hotel, sensación de una existencia interina, prestada a la que hay que jurar fidelidad a cada día.

Más allá de Nisa y de Alpalhao, por una carretera que va bajando sin sucesión de continuidad hacia el río, que atravesamos un poco más tarde al coronar el paso de la presa do Fratel. Nos detenemos unos minutos al otro lado y sacamos unas fotografías de las aguas negras. Todas las aguas quietas me dan pena. En Castelo Branco, desde las alturas del castillo, de nuevo al Este, la extensión infinita de la alta Extremadura y toda la sucesión de sierras por las que bajan las aguas de los cien ríos al río; Gardunha, Estrela, Xalima, los macizos del valle del Jerte y las sierras de Bejar, y en azul muy claro, ya disuelto en el aire, por efecto de la distancia, la sierra de Gredos.

El último día, antes de volver a T. en la plaza de la República de Castelo Branco, junto a la estatua en bronce de Amato Lusitano, un pequeño homenaje de silencio a este padre de la medicina moderna nacido en la ciudad, cuyos huesos yacientes en un lugar muy alejado de su patria, quisieron una vez desenterrar  y en un auto de fe quemar in absentia. Claro está que el hombre nunca se va a inmunizar contra la idiotez. Esa vacuna aún tardará mucho en llegar. 

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Publicado el
2 de octubre de 2020 - 10:22 h

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