Eclipses de Sol de otros tiempos
La prensa estuvo allí. Como siempre que ocurre algo extraordinario, los periodistas lo contaron. Así pasó a principios del siglo XX, cuando en cuestión de solo doce años pudieron verse en España hasta tres eclipses de Sol. Y entonces, como ahora, la fascinación fue máxima. Anunciaba un periódico provincial: “He aquí que, para presenciar espectáculo tan fugaz, preparánse numerosas expediciones de países lejanos y astrónomos y aficionados disponen su venida de todas las partes del mundo”.
El primero de ellos ocurrió el 28 de mayo de 1900. “De todos los fenómenos del cielo, el más grandioso y el que más hondamente impresiona el ánimo, es el eclipse total del sol”, se describía en la misma crónica de La Paz de Murcia. Y remataban el texto con esta imagen hecha con palabras: “Ya el sol se ha ocultado a nuestra vista, centellean las estrellas, brillan Venus y Júpiter si se hallan en nuestro horizonte, la sombra se extiende por todas partes, desciende la temperatura, la lóbrega noche suspende la actividad y el trabajo humanos, al ruido del día sucede el silencio profundo, refúgianse en sus nidos los pájaros temblorosos, los cuadrúpedos se agitan con espanto y todos los seres humanos quedan maravillados y suspensos ante este importante fenómeno, que hace pensar en la desolación y la muerte de cuanto existe en la tierra”.
En las placas fotográficas de la época también quedaron reflejadas estas impresiones. El Observatorio Astronómico de Madrid concentró buena parte de los medios técnicos para estudiar el eclipse de Sol. Sin embargo, cualquier lugar era bueno. Así lo relataba Luis Taboada: “Todo Madrid lo ha presenciado; unos desde la calle, otros desde los balcones, otros a campo raso y no pocos desde las azoteas y guardillas. En el Retiro había seis o siete mil personas con la boca abierta esperando el momento solemne del contacto”.
No solo en la gran capital despertó interés el eclipse. Puntos muy favorables para su observación fueron Elche de Alicante, Hellín, Albacete, Alcázar, Cieza, Plasencia o Balazote. Las provincias de Cáceres, Toledo, Ciudad Real, Murcia y Alicante estaban en la franja más favorable para ver “la revolución celeste”, usando un término de aquellos días. Pueblos como Tobarra o El Bonillo recibieron a comisiones científicas extranjeras. Así sucedió también en Argamasilla de Alba, donde se personó el ilustre astrónomo de París, monsieur Deslandres.
La fascinación por los eclipses de sol es ancestral. Son fenómenos que han provocado terror, superstición, un sinfín de interpretaciones y más de un presagio. Tradicionalmente, y asociado a una leyenda antigua china, se considera que en el año 2137 antes de Cristo se registró uno de los primeros eclipses de Sol. Este acontecimiento astronómico se ha repetido con el paso de los siglos. La ciencia lo ha estudiado con profusión y desde hace mucho los expertos son capaces de precisar cuándo volverá a ocurrir.
Hubo un trío de eclipses entre 1900 y 1912
Desde el año 1912 no se ha podido ver un eclipse total de Sol en la península ibérica. Han tenido que pasar más de cien años. Curiosamente, a principios del siglo XX se sucedieron tres.
El segundo de estos eclipses pudo verse el 30 de agosto de 1905. La revista ilustrada Nuevo Mundo informó así: “Entre los puntos de España de la zona de totalidad del reciente eclipse, uno de los más concurridos por forasteros fue sin duda alguna Sigüenza”. La localidad de Guadalajara protagonizó fotografías y esta crónica rural: “A la una y diez desapareció la esfera luminosa del sol, quedando en torno a la luna una aureola radiante. El paisaje quedó envuelto en una luz escasa que recordaba la del alba. La temperatura descendió notablemente. Los pájaros y las aves del corral buscan sitio donde guarecerse, creyendo que había llegado la hora del descanso”.
Entre los puntos de España de la zona de totalidad del reciente eclipse, uno de los más concurridos por forasteros fue sin duda alguna Sigüenza
Un asombro que no fue menor el día 18 de julio de 1860, cuando se produjo el último eclipse de sol del siglo XIX visible en España. Un divertido artículo de La Correspondencia de España daba cuenta de un señor que observaba el fenómeno “delante de la fuente de la pacienzuda diosa Cibeles”.
En la plaza madrileña, aquel caballero bien vestido “se aplicaba muy serio un fósforo al ojo izquierdo”. Narra el cronista que los presentes retrocedieron aterrorizados. El hombre gastó al menos cien cerillas, “hasta que tuvo el ojo completamente calcinado y entonces se puso muy formal a mirar el sol, sin auxilio de anteojo ni cosa que lo valga. Cuando volvió el astro del día a ostentar su claridad, sacó su pañuelo del bolsillo y se limpió el ojo”. Aquel caballero era tuerto y se ahumó su ojo de cristal para ver el eclipse.
Curiosidades aparte, antes se observaba el evento astronómico de cualquier forma. Muy usados fueron los gemelos de teatro “puestos al humo” y todo tipo de cristales y vidrios. El caso era no perdérselo. El 17 de abril de 1912, un grupo limitado de españoles tuvo la oportunidad de presenciar el espectáculo astronómico que también empezó a ser registrado con el cinematógrafo. Los periodistas captaban otras escenas.
Leemos en La Correspondencia de España: “En los barrios bajos. Las simpáticas e ingeniosas cigarreras han visto también el fenómeno celeste. Algunas lo han observado desde la calle, oyéndose graciosos diálogos, como éste: Encarna, ¿has visto la clise? Chica, aquí no hay más clise que de metálico. En las Vistillas se ha congregado numeroso público”.
En aquellas horas, otro tema que ocupó muchas conversaciones fue el hundimiento del Titanic, una tragedia que se había producido solo dos días antes. Lejos del océano, en las cercanas mareas secas de la Mancha, la revista Vida Manchega mostraba una curiosa imagen de tres personas mirando el eclipse. El hechizo de un momento único, el encanto de un instante que tardará años en repetirse, la seducción de saberse ante un hecho histórico.
No hay quien se resista a tal fascinación cósmica. Desde que hay memoria y prensa, se ha informado sobre los eclipses de Sol. A veces, con exceso de entusiasmo o con pánico por la tragedia sideral.
Regresamos a 1905 para finalizar esta crónica de antaño. Un periodista, refiriéndose a algunos compañeros de profesión, decía: “Cada uno a lo suyo y nuestra misión, pobres historiadores de la vida corriente y moliente, no es otra que contar lo que vemos y lo que oímos, tal como se presenta a nuestros ojos o impresiona a nuestros órganos de audición. Poco al parecer; pero mucho, infinitamente mucho, si lo hiciésemos como es debido”.
El eclipse de Sol del 12 de agosto de 2026 será uno de esos hechos que se conserven en la memoria. O no. ¿Quién sabe si solo será polvo digital de hemerotecas?
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