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Rafael García González, maestro en una micro-escuela rural y el problema de la “gestión del tiempo”

Rafael García González, maestro en el Centro Rural Agrupado de Valdepeñas de la Sierra, en Guadalajara

José An Montero / Marta Moya

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Valdepeñas de la Sierra es una localidad de Guadalajara con ciento cincuenta y un habitantes empadronados. Entre ellos, cinco niñas y niños de entre seis y doce años que acuden al Colegio Rural Agrupado, CRA, de la localidad, donde comparten aula y maestro. Rafael García González dirige este centro que, aunque tiene la denominación de CRA, se ajustaría más a la de 'micro-CRA', porque no integra aulas en otros pueblos cercanos.

Rafael, que se presenta como “maestro, músico y amigo”, ha diluido las fronteras entre esas tres facetas y reivindica la docencia rural como una opción profesional con sentido. En su visión, estos destinos forman parte de un proyecto educativo estable, por lo que se declara contrario a una “versión pesimista de lo rural” que, desde su mirada, no se corresponde con la experiencia del aula. Trabajar en estos centros permite, según explica, una enseñanza centrada en el alumnado, donde la identidad de centro y la relación cercana adquieren un papel central. García González define estas escuelas como la “clave de bóveda” de los pueblos, ya que su importancia resulta determinante para el mantenimiento de la vida en las localidades pequeñas.

Cada día atiende a cinco alumnos, cada uno en un curso distinto, primero, segundo, tercero, quinto y sexto. Esta heterogeneidad la gestiona a través de propuestas globales en las que todos participan desde sus necesidades, intereses y capacidades, combinadas con apoyos en el aula para trabajar contenidos específicos de cada nivel. “Siempre vamos compensando el trabajo conjunto y las propuestas generales con la atención más individual en función de las áreas que estemos trabajando con cada uno”, explica.

El aprendizaje cooperativo como forma “natural” de trabajo

El aprendizaje cooperativo surge como una “forma natural de trabajo”, ya que la convivencia de edades distintas favorece la colaboración. Los pequeños preguntan a los mayores y los mayores comparten lo que saben. Se trata de una dinámica que va más allá de un planteamiento planificado, porque nace de la propia estructura del aula.

García González describe el proceso de adaptación al llegar a estos colegios, ya que la escuela rural rara vez forma parte de las expectativas iniciales del profesorado. Él no fue una excepción. Su primer destino, en Fuentelencina, provincia de Guadalajara, lo recuerda como una etapa de desorientación, porque su formación universitaria había ignorado la realidad de las aulas multigrado.

A partir de esa experiencia, defiende la importancia de la continuidad y del compromiso docente con la escuela rural, señalando que “alguien que está contento con su trabajo va a transmitir a sus alumnos lo que está haciendo”, lo que influye en el aprendizaje del alumnado y en la construcción de un clima educativo cercano.

Rafael García destaca que estos centros rurales cuentan con una dotación material suficiente. “La administración en general no nos pone problemas con materiales”, aclara. “Nos encontramos más con carencias organizativas y la gestión del tiempo”, en la coordinación entre docentes en un aula multinivel y en la adaptación de los procesos de enseñanza a esa realidad compartida.

Percibe una mayor atención por parte de la administración regional, aunque considera que aún queda recorrido. El entorno rural multinivel requiere una adaptación del currículo, ya que su aplicación uniforme con respecto a las escuelas urbanas plantea dificultades que todavía no se comprenden del todo “desde arriba”. Aun así, valora que desde la inspección se reconozca el CRA como un espacio que ofrece “muchas posibilidades de aprendizajes significativos, que al final es lo que pide la ley”. “De ahí a que realmente sean conscientes de cómo hay que trabajar en un aula”, añade, “creo que aún queda un camino”.

Para Rafael, la comunidad “es el día a día del centro”. Como su aula no tiene patio, el colegio se traslada al pueblo. Utilizan distintos espacios como entornos educativos e invitan a participar a familias, ayuntamiento, profesionales locales y, de forma destacada, a las personas mayores. En muchos casos, es el propio alumnado el que se desplaza para trabajar con ellas, una práctica que ya forma parte de la dinámica habitual.

Ese vínculo con el entorno se concreta también en la recuperación de celebraciones como la Botarga de San Sebastián o las danzas de palos, y en el uso de referentes locales dentro del aula, como los poemas y romances de Milagritos, una vecina del pueblo. Estos materiales se integran en distintas áreas, ya que considera que la memoria oral y la investigación etnográfica son herramientas clave para construir identidad y arraigo.

Rafael defiende la necesidad de estabilidad y compromiso docente, porque la permanencia favorece la relación con la comunidad y el seguimiento del alumnado. Lo resume en la satisfacción que encuentra en su trabajo. “Sabes lo que sienten cada día, y eso te sirve para ver los frutos de lo que les quiero enseñar. ¿Tiene algún sentido para ellos? ¿Hay un objetivo claro? Eso es lo que más te aporta”.

Entre sus propuestas destaca la necesidad de fortalecer redes de colaboración docente, al considerar que “se aprendería más si existiera la oportunidad de conocer otras escuelas, observar sus prácticas y trabajar en red, para después adaptar esas iniciativas al propio contexto, ya que dependemos en gran medida del entorno y una misma propuesta no funciona igual en todas las escuelas rurales”.

(*) Entrevista realizada durante las jornadas del Seminario Permanente de Escuela Rural y Comunidad celebradas a finales de abril en Tragacete (Cuenca), organizadas por la Cátedra Diputación de Cuenca-UCLM de Oportunidades frente al Reto Demográfico.

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