El vagar hace cucharas
Hay objetos que no nacieron para ser arte. Un cuerno tallado, una pieza de mimbre, un recipiente hecho con lo que había a mano. Durante años fueron útiles, cotidianos e incluso, en ocasiones, invisibles. Hasta que alguien los colocó en una vitrina, y, desde ese momento, empiezan a ser obras de arte. La pregunta que surge entonces es inevitable: ¿qué cambió? El objeto sigue siendo el mismo. Lo que cambia es la mirada. Las fronteras entre arte, artesanía y cultura popular no son fijas, sino históricamente cambiantes, y dependen menos del objeto en sí que del contexto social y del momento en que se mira.
El arte, como explicó Beatriz Sánchez Valdelvira, es ante todo una actividad social. Sus criterios evolucionan según las sociedades y los momentos históricos. Por eso, lo que en un tiempo fue invisible puede convertirse, siglos después, en patrimonio. “Los propios pastores que hacían arte pastoril no sabían que hacían arte; hemos tenido que ser las generaciones posteriores las que lo valoraran”, señala. También se produce el efecto contrario: hay otras manifestaciones que nuestra sociedad ha rechazado y desvinculado del mundo contemporáneo sin reconocer su valor.
La definición de un objeto en abstracto, reconoció Sánchez Valdelvira, es muy complicada. Todos esos elementos —el cuerno, el mimbre, la cuchara tallada— están en la misma órbita. Pero si valoramos más sus materiales, o el hecho de que su producción sea históricamente artesanal o tradicional, modificamos nuestro concepto sobre la pieza. Y ese cambio tiene consecuencias reales: cambia el precio, el lugar donde se expone, el respeto con que se trata.
Para ella, la clave está en el acto mismo de colocar el objeto en una vitrina: “Una pieza de cestería, por muy humilde que sea, algo de mimbre, por ejemplo, en el momento que la metemos en una vitrina y la musealizamos, muchas veces le estamos otorgando el carácter de objeto artístico o de obra de arte”.
Quién sabe si en apenas unas décadas algunos de nuestros objetos cotidianos acabarán en vitrinas como testimonio de una cultura ya olvidada. Algo así ocurre en los museos etnográficos y, especialmente, con el denominado arte pastoril.
Como explica Pedro Javier Cruz Sánchez, los objetos pastoriles muestran “una necesidad de contar con objetos cotidianos para sus quehaceres, pero también revelan otras formas de hacer, saberes ancestrales que han heredado de sus antepasados”. En algunos casos, estas piezas servían para recordar a los seres queridos cuando el pastor estaba lejos, en el campo: una mujer, una novia, un amo. Piezas muy elaboradas, dedicadas a quienes esperaban en casa mientras ellos recorrían los caminos con el ganado.
Los materiales con los que se hacían esos objetos variaban según la zona, porque los pastores utilizaban lo que tenían más a mano. En algunos sitios disponían de corcho, como en Extremadura o Ciudad Real. En otros usaban huesos de animales, aprovechando los restos de las ovejas muertas. En otros casos, cuernos de vacas o de toros que les daban los ganaderos. Cruz Sánchez apunta que “la diferencia no es tanto de materiales como de las representaciones que hacen ellos en estos objetos”. Ahí reside el verdadero universo simbólico de los pastores.
Porque esas representaciones no buscaban, habitualmente, contar historias lejanas, sino “reflejar lo que ven en su día a día o lo que les llama la atención”, explicó el antropólogo. Animales del campo, escenas de su propia vida con las ovejas, asuntos taurinos. Pero también motivos tomados de las iglesias, de los capiteles que quizá no sabían descifrar, pero que les atraían y reproducían, casi como un cuaderno de paso. También copiaban imágenes de libros que muchas veces ni siquiera podían leer. “Veían un motivo, un dibujo que les llamaba la atención y lo reflejaban en sus piezas”.
Arte pastoril: ¿humilde artesanía u objeto de museo?
Durante mucho tiempo, nadie miró esos objetos con una mirada artística, y en ocasiones se contemplaron con desdén. Hay piezas que pasaron desapercibidas y que la mirada contemporánea reconoce ahora como verdaderas esculturas: cuernas, colodras, vasos, algunos tipos de badajos o morteros que hoy podrían estar perfectamente en una galería de arte.
Una tensión que atraviesa siempre el arte popular. Lo que para un ojo puede parecer arte, para otro puede pasar completamente inadvertido. Lo que hoy consideramos artesanía humilde puede ser, con el paso del tiempo o el cambio de contexto, una obra de museo. Cruz Sánchez también pone el foco en que son piezas del pasado. “Son objetos muertos ahora mismo porque ya no se utilizan en la mayoría de los casos, lo que los convierte en piezas de museo o de coleccionista”.
Sin embargo, algo de ese pasado sigue activo en artistas que se inspiran en estas obras para sus propias creaciones. El arte pastoril es una fuente de “inspiración para otras creaciones”, porque hay en esos objetos algo que el arte contemporáneo muchas veces ha perdido: la relación directa con los materiales naturales, con lo orgánico, con lo hecho a mano y sin prisa.
Precisamente, en este punto es donde Beatriz Sánchez Valdelvira ve el potencial de recuperar estas tradiciones. Las artesanías, explica, ofrecen “formas de trabajar con elementos naturales, con elementos mucho más orgánicos”. Vivimos en un mundo de producción industrial muy rápida, de consumo acelerado, y la artesanía ofrece una alternativa: producciones muy limitadas, muy lentas, hechas para perdurar. Ahí reside la posibilidad creativa de recuperar esas formas de trabajar, vincularlas con nuevas formas de expresión y dotarlas de nuevos significados y usos.
Esa recuperación ya está ocurriendo en muchos lugares. En Segovia, artesanos vinculados al mundo de la lana están retomando la producción de paños y tejidos con fibras naturales que en el resto de la península se pierden o se estropean. En Nuez de Aliste se recuperan los paños tradicionales vinculados a la corriente mirandesa. También está ocurriendo algo parecido con Wooldreamers, en Mota del Cuervo, donde se ha apostado por una producción cien por cien vertical, de la oveja a la madeja, implicando a criadores locales, recuperando razas autóctonas en peligro de extinción y restaurando telares tradicionales. En Portillo, en la provincia de Valladolid, han surgido nuevas iniciativas de alfarería. Son pequeños hitos, reconoce Sánchez Valdelvira, pero apuntan a un cambio necesario como sociedad: “apostar por producciones de una calidad infinitamente superior a la de la producción industrial”.
El reto no es solo conservar. Es, sobre todo, saber mirar. Reconocer el valor de lo que tenemos delante antes de que desaparezca. Y eso requiere, como propone Beatriz Sánchez Valdelvira, “dudar de lo aprendido, de lo que hemos considerado inmutable, y entender que en los procesos históricos todo evoluciona”. Como filosofía de vida, añadió, hay que ser críticos y sostener al menos unos principios: “El respeto al medioambiente y a nuestra propia identidad como artistas, como artesanos, o como lo que queramos ser como sociedad”.
Quizá, en unos años, alguien observe uno de nuestros objetos como hoy miramos los del arte pastoril y trate de reconstruir cómo vivimos. Y quizá entonces seamos ya solo una mirada lejana de un tiempo casi olvidado, tanto como hoy nos parecen esos tiempos de los pastores trashumantes.
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